La homilía del arzobispo García Cuerva frente a Javier Milei, durante el Te Deum del 25 de mayo, sintetiza con bastante precisión el conflicto político que atraviesa hoy la Argentina.
La posición de la Iglesia visibiliza tensiones reales: la agresividad del debate público, el sufrimiento de los sectores vulnerables y la naturalización de que una parte de la sociedad “quede afuera”. Milei no contraatacó públicamente. Pero más allá de su justicia, el reclamo corre el riesgo de chocar contra oídos sordos y diluirse en el remolino de la tan cacareada “batalla cultural”.
Porque la discusión no es solamente entre Iglesia y Gobierno, ni apenas entre sensibilidad social y ajuste económico. Es una pelea ideológica de fondo, unida a una disputa por quién tiene autoridad moral para decir lo que dice.
Capas visibles
La crítica de García Cuerva tiene dos elementos bien visibles. El primero apunta a la incivilidad. Cuando habla del “terrorismo de redes”, de las descalificaciones sistemáticas y de la violencia verbal como clima de época, no denuncia solo malos modales. Señala una forma de ejercicio del poder.
El oficialismo libertario entiende la agresividad como método. Para provocar, ordenar a los propios, marcar enemigos y transformar al adversario en alguien no solo equivocado, sino indigno.
En esa línea, García Cuerva denuncia la polarización y sus efectos, porque convierte el desacuerdo en enemistad moral. El consenso pasa a ser sospechoso, la moderación parece cobardía y el matiz se vuelve traición.
La segunda capa de la crítica es económica y social. La Iglesia pone sobre la mesa el impacto concreto del ajuste: jubilados, pobres, trabajadores precarizados y familias que no llegan a fin de mes.
Ese reclamo también es real. Existe una distancia enorme entre el lenguaje frío del equilibrio fiscal y la experiencia cotidiana de quienes pagan los costos. Esto emerge de distintos estudios de opinión pública. Y aunque por momentos parezca que Milei lo niega, en el fondo busca resignificar ese sufrimiento como el precio inevitable de una decadencia anterior.
El fondo ideológico
Por detrás aparece el verdadero conflicto: el choque entre dos cosmovisiones. Milei tiene razón: la batalla es cultural. Y la guerra, es ideológica.
Por un lado, la tradición comunitaria de la Iglesia, la del Fratelli Tutti: nadie se salva solo. La amistad social es condición de la vida común, y la comunidad no puede desentenderse de los últimos.
Por otro lado, el individualismo radical del discurso libertario: libertad como autonomía frente al Estado y mercado como ordenador privilegiado de la vida social.
El conflicto no es solo por los resultados económicos o los modales. Es por una antropología política: una idea de persona, de comunidad, de Estado, de libertad y de responsabilidad.
En esta batalla, la incivilidad discursiva y la polarización cumplen una función: reducir la empatía hacia quienes padecen los costos. “Parásitos”, “gerentes de la pobreza” o “enemigos del cambio” merecerían sufrir como parte de un proceso de purificación del sistema. El insulto prepara el terreno moral para la exclusión.
Y el conflicto sigue escalando.
Síntoma, no origen
Pero Milei no inventó este conflicto. Lo heredó, lo interpretó y lo llevó al extremo. Es síntoma antes que causa original.
En buena parte, la sociedad argentina no eligió este camino por gusto, sino por cansancio. Frente al fracaso económico. Frente a la percepción de una dirigencia que prometía justicia social mientras administraba privilegios. Frente a gobiernos que hablaban de derechos mientras las condiciones materiales se deterioraban.
También hubo polarización, degradación institucional y violencia simbólica antes de Milei. El actual escenario se monta sobre una sociedad frustrada y descreída.
La homilía del Te Deum también apuntó a la ostentación, el despilfarro y la indiferencia frente al sufrimiento social. Y hace bien en hacerlo. Negarlo por quién lo dice sería una falacia ad hominem.
Pero la política no es un ejercicio de lógica formal. En política no alcanza con tener razón: también hay que tener autoridad para decir.
Y esa autoridad no se construye solo con argumentos, sino con coherencia.
El problema de muchas críticas al Gobierno no es su contenido, sino su credibilidad. Cuando quienes convivieron con privilegios hablan de austeridad, la sociedad desconfía. Cuando quienes abusaron de su superioridad moral denuncian la violencia discursiva, el reclamo pierde fuerza.
Y la batalla cultural se sigue definiendo ahí. No se gana solo con mejores consignas, sino con credibilidad. Y eso depende menos de la pureza doctrinaria que de la coherencia percibida.
Claro que esa regla también alcanza a Milei. Y ahí, donde estaba su fortaleza, puede empezar su principal amenaza.
No se puede predicar libertad individual y naturalizar el hostigamiento desde el Estado. No se puede denunciar la casta y construir nuevos privilegios alrededor del propio círculo. No se puede pedir sacrificio social mientras se celebra el despilfarro.
Quizás ahí esté el verdadero punto de quiebre futuro del mileísmo: no en que se demuestre que el ajuste duele —eso ya lo sabe la sociedad—, sino en que empiece a percibirse que quienes prometieron terminar con la hipocresía también construyen su propia forma de contradicción.
Por eso, quien pretenda disputar la batalla cultural a Javier Milei no lo hará solo con buenos modales o consignas de sensibilidad social.
Tendrá que demostrar que es capaz de sostener con el cuerpo la coherencia que predica con la palabra.