Me tomó algunos días pensar esta columna, actualizarme con lecturas y discutir ideas con colegas, pero cuando la consideraba lista, irrumpió DeepSeek. La Inteligencia Artificial (IA) está acelerando los tiempos de todo, nos lleva a ajustarnos a la coyuntura actual.
¿Cómo convive esto con la democracia, con sus beneficios, pero también sus riesgos?
Beneficios
Hasta ahora, la tecnología ha sido una aliada de la democracia representativa. Un ejemplo que siempre me gusta traer es el de la Comisión Electoral de India en 2024, cuando reportó que 642 millones de personas participaron en las elecciones generales de ese país. Casi 1.000 millones estaban habilitadas a votar, ¡1.000 millones! Para que este volumen de participación pudiera convertirse en realidad, fueron fundamentales diferentes avances tecnológicos como la digitalización de los registros de electores, los procesos de voto y recuento.
En esta línea, la IA es una herramienta que permite seguir acrecentando la participación ciudadana a gran escala, así como llevarla a un plano más diario. Es decir, con la IA podríamos tener procesos electorales cada vez más inclusivos, y a su vez seguir mejorando otros mecanismos de gestión, acceso a derechos y democracia participativa. Esto ya está pasando en el mundo: sin ir más lejos, en Buenos Aires contamos con la app BaColaborativa y con Boti, una herramienta que incorporó el Gobierno de la Ciudad desde 2019 para utilizar WhatsApp como canal de contacto con los vecinos.
El año pasado Boti sumó tecnologías de inteligencia artificial generativa para tener conversaciones sobre turismo, como primera prueba piloto, con respuestas personalizadas.

Además, tanto la Inteligencia Artificial como las redes sociales permitieron amplificar la conversación pública, generando nuevos canales de información más horizontales y colaborativos. Hoy en día todos podemos generar contenido, apoyarnos en la IA para su producción, difusión, adaptación a diferentes formatos e incluso para volverlos más accesibles. Este artículo, incluso, se lo hice leer a Copilot y Chatgpt, que encontraron errores, me sugirieron modificaciones y nuevas fuentes.
Riesgos
Pero esta facilidad para la divulgación de contenido aplica tanto a la información como a la desinformación. Lo que sigue siendo lento es el proceso para refutar estos hechos. En una campaña electoral de plazos acotados la desmentida de una fake news puede llegar aun después de la votación.
La IA generativa puede crear contenido de forma autónoma: imágenes, audios que imitan voces, videos e incluso narrativas falsas con una apariencia más que realista. No solo produce, sino que también lo distribuye y amplifica. A esto se le suma que los medios de comunicación tradicionales se hacen eco de lo que sucede en la esfera digital, permitiendo que un determinado contenido permee y en consecuencia incremente su capacidad de incidir en la opinión pública.
Cuando ese contenido apela a la desinformación, el costo es mayor: no solo genera probablemente confusión en la sociedad, sino además un debilitamiento de la confianza en las instituciones.
Esto puede darse con objetivos políticos, otras veces comerciales. Los modelos de IA de algunas redes sociales han demostrado que priorizan información sensacionalista porque genera más engagement. Las personas no eligen qué ver, es el algoritmo el que recomienda, a sabiendas de que la indignación nos moviliza más.
El escritor israelí Yuval Harari ya lo dice: la democracia muere no solo cuando no se puede hablar, sino también cuando la gente no quiere o no puede escuchar. Si la tecnología facilita burbujas de sesgo o discursos de odio, la conversación democrática se vuelve inexistente.
Democracia siempre
En conclusión, si concordamos que tanto la IA como el uso de datos permiten perfiles detallados de la ciudadanía basados en sus preferencias económicas, políticas y culturales; así como el "demoscraping", o la difusión de mensajes segmentados, todo esto puede contribuir a influir en el comportamiento electoral. Pero al final de cada mandato son las personas las que evalúan su conformidad o descontento con el desempeño de una gestión. Por eso sigue siendo tan importante tener elecciones libres, competitivas y periódicas.
Si bien es probable que las máquinas tomen cada vez más decisiones, eso no quita nuestra capacidad de evaluarlas y participar activamente para incidir en estas decisiones, examinarlas y corregirlas.

¿Algunas recomendaciones? Avanzar en la formación de habilidades digitales ciudadanas, multiplicar las fuentes de información y coincidir en ciertas reglas básicas: la libertad de expresión es para los humanos, no para los algoritmos.
Este 2025 tenemos la gran oportunidad de comprometernos a tener una Campaña Electoral Responsable. Como pudimos ver en los ejemplos de arriba, la tecnología es la misma, pero se puede usar de manera diferente.
El punto es generar un marco común para la acción, mantener el orden social y la confianza en nuestras instituciones. En última instancia, la democracia debe ser un espacio para el debate abierto, el respeto a la pluralidad y la toma de decisiones fundamentadas. La IA tiene todo el potencial para convivir y potenciar las democracias en su gen conversacional y complejo.
Populismo y autoritarismo simplifican la realidad, silencian. Si le preguntás a DeepSeek (el chat de IA chino que sacudió recientemente el mercado) sobre el régimen de gobierno en China, el robot iniciará una respuesta, que luego borrará para decir que no puede contestarte: esto también puede ser una demostración de que la democracia puede convivir mejor con la Inteligencia Artificial.