El juego de espejos

(Columna de Sebastián Iñurrieta)

Con un Macri sciolizado, Scioli está peleando contra su espejo. ¿Cuál es su estrategia para el balotaje?

Habla de la búsqueda de consenso, propone diálogo y contacto republicano con todos los sectores. Pide olvidar las divisiones: volver a la Argentina del “y” y no de la “o”. Pese a las eternas intrigas kirchneristas, en la campaña se comprometió a mantener Aerolíneas Argentinas, YPF y la Asignación Universal por Hijo (AUH). Su pasado menemista no lo condena. Siempre atento con los medios, incluso con los que molestan a la Casa Rosada. Destaca su costado empresarial y su perfil ligado al deporte. Recién de grande reivindicó las banderas del peronismo.

Podría tratarse de Daniel Scioli. Pero no. Todo esto ahora es Mauricio Macri, el derrotado más ganador de la historia de las elecciones. Con el asesor ecuatoriano Jaime Durán Barba a la cabeza, el líder de PRO se alejó hasta de las coyunturales posturas legislativas de su propio partido, armado a su imagen y semejanza, al comprender que el cambio que reclamaba la sociedad era más de formas que de contenido. Apostó y ganó.

Macri despegó, con respecto a las PASO, al sciolizarse. En cambio, Scioli perdió al kirchnerizarse. Al punto que el debate interno hoy en la golpeada tropa naranja, que siquiera se toma el trabajo de resaltar que en lo formal vencieron por dos puntos, es cómo alejar a Cristina Fernández de Kirchner, de poca participación en una anaranjada campaña, salvo por sus cadenas nacionales. Aunque tiene poco margen para un acotado entramado discursivo. Preso de sus palabras, al criticar el giro dialéctico de su contrincante.

Como vicepresidente, frizado a los tres meses por Néstor Kirchner, y luego como gobernador bonaerense, con gestos, fotos, delegados mediáticos, Scioli siempre fue el menos kirchnerista de los kirchneristas. La oveja negra. Temido en la Quinta de Olivos por su tracción electoral, a fuerza de una inexplicable e inoxidable imagen en las encuestas, servía más como oficialista díscolo que como eventual opositor. “Ves la evolución de la valoración positiva de Cristina y es un subibaja y, en cambio, la de Scioli es el electrocardiograma de un muerto: siempre sostenida”, bromeaba antes de la debacle, con envidia, un camporistapara explicar una buena relación que aún parece inexplicable.

Con tal de ganar o ganar, Scioli era el mal menor. Pero en el último de los doce años de oficialismo, el gobernadorabandonó su propia senda, el equilibrio sciolista con el que sobrevivió una década ganada en la que no pocos funcionarios perdieron todo, políticamente hablando. Scioli se kirchnerizó para no ser un único postulante kirchnerista contradictorio. Logró la bendición presidencial. Gracias a defensas a pilares del modelo que los ultras le reclamaban desde siempre para considerarlo propio. Carlos Zannini llegó a la fórmula como garante. Como lo había sido antes Alberto Balestrini y Gabriel Mariotto en la provincia, garantes que terminaron sciolizados. Ahora, en teoría, no existía ese riesgo.

Con un núcleo duro insuficiente, ante la necesidad para captar votantes (propios, independientes, peronistas desencantados con la Casa Rosada), propuso un slogan que se fue diluyendo: “Continuidad con cambios”. En la guerra semántica, Macri propuso “Cambios con continuidad”. Y le fue mejor. “Ahora todos hablan de diálogo, voten al original”, se cansó de repetir en la recta final al 25-O. Sucede que la copia hoy es más fiel al original.

Envalentonado con las recientes victorias de los oficialismos regionales, de Brasil con la reelección de Dilma Rousseff (en segunda vuelta, detalle) al Uruguay del repitente Tabaré Vázquez, el ahora licenciado en comercialización confió en un nuevo viento de cola foráneo. Como el que empujó al neoliberalismo en los ‘90 y el del nuevo siglo, de proclamado tono más latinoamericano. Durante el 2015, la tendencia se replicó en las provincias en las funciones matiné del año, con pocas excepciones: Mendoza y Tierra del Fuego, que de aliada K quedó en manos del FpV.

Crédulo, el mismo kirchnerismo hizo gala del malestar con el elegido. De Carta Abierta a remeras con la leyenda “Zannini para la Victoria”. Enojados por la fe de los conversos. Los que ahora, sin conocer tanto la mitología naranja, le insistían a Scioli que sus muestras de independencia fueran menos elípticas que evitar el camporismo en su eventual Gabinete. Como el matancero Fernando Espinoza, que llegó a rogarle que anunciara el 17 de octubre los cambios en Ganancias, el impuesto más defendido por el ministro Axel Kicillof, y no esperara al último día de campaña. La idea no había surgido de Economía sino de la Anses de Diego Bossio y la AFIP de Ricardo Echegaray. “No quiero enojar a Cristina”, se excusaba el presidenciable, enervando a sus interlocutores.

“Voy a ser más Scioli que nunca”, prometió el mismo Scioli luego de la reunión de análisis de la catástrofe electoral. Fue un mensaje a su tropa, desorientada tras el discurso del bunker, pero también a la Casa Rosada. Pidió permiso. El que avisa no traiciona. Lo sentenció en radio después de reunirse con su nueva mesa chica, integrada por conversos como el entrerriano Sergio Urribarri, el salteño Juan Manuel Urtubey, Julián Domínguez y Bossio. “Daniel tiene mejor imagen que Macri”, evalúa su estratega electoral. Con la aclaración, la letra chica: “Es estado puro”, es decir, sin Aníbal Fernández, sin Cristina, sin La Cámpora, sin todo lo que trae consigo ser el candidato oficialista.

Con las heridas a flor de piel, culpan a Fernández por el corte de boleta que se llevó puestos a impensados caciques del conurbano. Los números que dejó el domingo en el propio territorio del ex motonauta muestran los rastros del huracán María Eugenia Vidal: Macri derrotó a Scioli en 83 distritos pero la electa mandataria derrotó al jefe de Gabinete cristinista en 111 de los 135. Sentenciar al quilmeño como “el mariscal de la derrota” es evitar apuntar contra quien hoy no se puede: la propia Presidenta.

La arrolladora victoria de Vidal bajó otros mitos alrededor del PRO del otro lado de la General Paz: que su propuesta no podría penetrar en los sectores populares del conurbano y que el electorado temería al fantasma de la ingobernabilidad sin un peronismo que gobernó la provincia durante 28 años.

La apuesta de Scioli para el balotaje sigue siendo el miedo: “Macri es el ajuste, es la devaluación, es el desempleo”. Ahora insiste que la final del 22 de noviembre“son dos visiones de país, dos caminos”. No es nueva la estrategia, ya la desplegó pos-PASO. Sin dilucidar aún si el 21% consolidado del Frente Renovador es más peronista díscolo que antikirchneristao viceversa, en su entornocreen que ahora puede calar hondo en un sector justicialista del espectro electoral: sin ser los favoritos, ahora es más verosímil un MacriPresidente. Un revival de Bradeno Perón, peronismo versus gorilismo.

La demonización de un Macri que, no obstante, promete mantener algunos pilares del modelo y que hasta inauguró una estatua del creador del PJ. Con un Macri sciolizado, Scioli está peleando contra su espejo.

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