El centro sigue siendo la estrategia dominante

 

Por Julio Burdman

 

Chile, Colombia, Perú, Brasil, Ecuador: en la región prolifera la fragmentación política y la turbulencia social. Y esto se explica, en parte,  por el contexto económico y sanitario de la pandemia. Los fenómenos de la anti política y el escepticismo, asociados a una fatiga del confinamiento prolongado, se sienten tanto en la vida pública como en la privada. Y sin embargo, todo lo anterior no necesariamente se traduce en oportunidades políticas para una radicalización de tipo bolsonarista. No en Argentina, al menos: aquí, para ganar las elecciones la estrategia dominante sigue siendo el giro al centro. La apuesta por los extremos es una mala interpretación del clima de época, y puede afectar negativamente a quienes la intenten.

«Girar al centro» no implica una definición ideológica precisa. Se refiere, básicamente, a la búsqueda del votante de la vereda de enfrente. Es lo contrario a la polarización, que llega a su punto más álgido cuando un candidato no solo se enfrenta con su adversario, sino que también lo hace extensivo a los votantes de dicho adversario. Esto puede parecer absurdo, porque estamos acostumbrados a creer que el político inteligente es el que busca seducir a todos los votantes al mismo tiempo. Pero hay momentos en que la estrategia de la confrontación funciona. Por ejemplo, cuando tengo enfrente a un candidato con alta imagen negativa: para lograr una mayoría de votos, conviene ir con todo contra el líder odiado, aún cuando ello implique ganarme el repudio de su minoría de seguidores. También sirve cuando compito contra dos adversarios en forma simultánea: endurecer mi discurso puede servirme para subirme al ring, donde finalmente solo habrá espacio para dos. Sin embargo, esas situaciones no se parecen a Argentina que viene. Hay dos polos, Frente de Todos y Juntos por el Cambio, que no dejan lugar para que surjan terceros relevantes. Y además, en dichos polos hoy abundan figuras sin alta imagen negativa. Dos novedades de 2021.

Sobre la ausencia de terceras opciones, es un hecho que se verifica en las encuestas: la intención de voto se divide entre las dos coaliciones principales, y el resto de las opciones, aunque sigue ahí, pierde espacio frente a esta realidad bipolar. Allí parece prevalecer la acción constructiva de los dirigentes, que parecen haber entendido que no hay lugar fuera del conglomerado, y que el costo de romper es mayor. Probablemente, hay una cuota no menor de aprendizaje. Los respectivos líderes de las minorías intensas, Cristina Kirchner y Mauricio Macri, están manteniendo una actitud constructiva respecto de la unidad de las coaliciones. Hay internas y competencias, por supuesto, pero se dirimen puertas adentro.

Y sobre la ausencia de grandes rechazos, podemos atribuirlo al poco tiempo que llevan los actuales gobernantes en sus cargos, o al contexto pandémico, o a otra razón, pero lo cierto es que es así. La sociedad no está demasiado feliz con los que gobiernan, porque la realidad es frustrante, pero tampoco los odia. Una virtud que han sabido cosechar los ejecutivos de la pandemia -Alberto Fernández, Horacio Rodríguez Larreta, Axel Kicillof, Omar Perotti, Santiago Cafiero, Martín Guzmán, etcétera.- es que los votantes tienen mejores o peores evaluaciones de sus desempeños, pero una parte importante cree que ellos hacen lo mejor que pueden. Eso no pasaba en tiempos de la grieta dura, cuando los crispados  estaban convencidos de que el objeto de sus rechazos, llámese Mauricio o Cristina, estaba decidido a perjudicarlos. Los de hoy no son odiados, y esa es su fortaleza. No obstante, la memoria plástica de la grieta está al acecho, y una actitud provocativa puede poner al provocador en la mira de los odiadores. Un negocio publicitario útil para los buscadores de notoriedad, pero contraproducente para los que ya la tienen. Y hoy, a los que ya están, que son muchos, no les sirve eso. La era de la política pos 2001 cumple 20 años y sus protagonistas ya son conocidos en todo el país.

Hay que sumar a eso la cuestión de la pospandemia, que es la obsesión de quienes necesitan ver el futuro. Todos avizoran tiempos difíciles, con alta pobreza y demandas insatisfechas, pero con negocios y oportunidades. En las crisis aparecen los vendedores de ilusiones y fantasías -nadie representa mejor a este cliché que un terraplanista antivacunas- y también se buscan los liderazgos de reconstrucción. Alguien que garantice una sólida mayoría electoral y algún tipo de horizonte por delante. Habrá lotes de votos para los oportunistas, y también esperanzas sociales -y empresariales- para los proveedores de sustentabilidad.

En la Argentina de 2021 y 2023, todo eso se traduce en una posibilidad concreta: que las dos grandes coaliciones, descontando ya la lealtad de sus núcleos duros inamovibles, terminen disputando votos que podrían ir hacia cualquiera de las dos. Si ese será el escenario, entonces los liderazgos polarizantes serán necesarios hacia dentro de cada espacio, para mantenerlos unidos, pero probablemente no servirán para encabezar boletas electorales.

 

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