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2º Paso: el arte de cooperar y competir

20-05-2015
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El escenario electoral se configura como una construcción de geometrías variables y juegos de doble nivel.

Se las vio en figurillas Ernesto Sanz para responder el domingo 26/4 a la noche si su alegría por los resultados de las PASO porteñas se debía al holgado triunfo del PRO o a la excelente elección de Martín Lousteau, y para explicar donde se situaba el radicalismo, aliado con el PRO a nivel nacional y en una coalición opositora en la Ciudad gobernada por Mauricio Macri, aunque el emblema partidario no apareciera formalmente en ninguna boleta. Elisa Carrió lo hizo más fácil: sumó a los dos principales competidores en un mismo conjunto y celebró que “el 70% de los porteños votó por la República”. Al fin y al cabo, las elecciones porteñas son la primera demostración de fuerza de la oposición que pretende ganar las presidenciales de octubre.

A Sanz y Carrió les convenía que el candidato ungido por Macri a la sucesión del gobierno de la CABA, Horacio Rodríguez Larreta, ganara esa interna, a pesar de que ambos estuvieran más cerca ?en el corazón y en las ideas? de su competidora Gabriela Michetti. Un triunfo de Michetti hubiera representado una desautorización para el precandidato presidencial con quien sellaron el acuerdo. A la vez, a Sanz y Carrió les convino también que Lousteau despuntara en el escenario como principal competidor en la elección capitalina. Como se fueron dando las cosas, el desafío de Lousteau al no acompañar la alianza nacional UCR-PRO termina perfilando el mejor escenario para los radicales acuerdistas, ya que construye una competencia cooperativa sin que ambas partes queden desdibujadas en sus contornos. Es simple, y a la vez complejo; los votos cosechados por el PRO entre Larreta y Michetti, y ECO, entre Lousteau , Ocaña y Borthagaray, son las base electoral natural de las PASO presidenciales de agosto; compiten en la CABA y cooperan en el nivel nacional, pese a que la principal tributaria de los votos de Lousteau y Ocaña a nivel nacional sea al mismo tiempo Margarita Stolbizer, referente de la centroizquierda que nada quiere saber de cualquier acercamiento al PRO.

Pero ahí no termina el complejo entramado de juegos combinados. Porque esa cooperación que acordaron a regañadientes y solo incentivados por un aún distante premio mayor el PRO y la UCR tiene un carácter hasta ahora coyuntural y un único propósito: hacer posible una competencia agregativa. Es decir, una elección con candidatos competitivos que atraigan potenciales nuevos votantes y que en cada nivel de la pirámide ?presidente, legisladores, gobernadores, intendentes? se complementen y no se superpongan. Está claro por qué Sanz acordó con Macri; muchos candidatos provinciales y municipales precisaban de esa locomotora para enganchar sus vagones. Pero ahora, después de haber convencido a la Convención partidaria de ir juntos con Macri y su partido, Sanz debe hacer un movimiento contrario y recordar que él va a competir con Macri por esa candidatura, y está claro que sus votos no están ni en la base electoral del PRO ni en la de los votantes radicales que ya vienen votando por Mauricio en los últimos años.

Lo mismo ocurre con el acuerdo entre Sergio Massa y José Manuel de la Sota con el sello UNA (Unión por una Nueva Argentina), en los hechos un pacto preelectoral del Frente Renovador bonaerense y el peronismo cordobés, espacio del peronismo disidente con aspiración de proyectarse en una convocatoria más amplia y buscando terciar entre los dos grandes polos de gravitación que representan el FPV y la oposición PRO-UCR.

Así viene barajado este juego de combinaciones y geometrías variables, en el que quienes compiten en un plano cooperan en el otro, y donde en un tablero deben polarizar en el otro les convenga contemporizar, ya que los competidores de hoy pueden ser los aliados de mañana y viceversa. Este juego contiene la productividad política y la incertidumbre que sucede en todo escenario en el que ninguno de los actores es capaz de predecir o controlar los resultados de sus acciones. Así también, tiene varias preguntas difíciles de responder. Es que en este juego existen electorados que se complementan y otros que se superponen o intersectan y otros que se excluyen. Está por verse cuál de estas configuraciones prevalecerá en el imaginario padrón de las PASO presidenciales correspondiente a las listas del PRO, la UCR y la CC. Está claro que hay votantes radicales que difícilmente voten a Macri y muchos más votantes del PRO que no votarían a Sanz si, por esas alteraciones del destino, fuera éste último el ganador de esa contienda en agosto.

Desde fuera de esa asociación por conveniencia, Lousteau explicó desde dónde libra su batalla política en la Ciudad echando mano a un ejemplo comparado para explicar sus diferencias insalvables con el PRO: “Nosotros somos el PSOE, ellos son el PP”. Algún acuerdista radicalrepublicano sagaz podría responder a esa comparación que en España, ambos partidos reúnen al grueso del electorado, y que allá no existe ni el peronismo ni el kirchnerismo ocupando entre 30 y 50 % del espectro. Acaso sea lo que el propio Lousteau diga después de las elecciones porteñas en julio; pero hasta entonces su objetivo es lograr una segunda vuelta para disputarle al PRO la jefatura de Gobierno. Nuevamente, lo que vale para la CABA no se homologa en la Nación.

En semejante escenario, aumenta la incidencia del ¨factor liderazgo¨ en los resultados de la competencia. Esto es, de lo que los líderes y candidatos digan y muestren. Son ellos los encargados de armar coaliciones, “poner en fase los tableros locales, provinciales y nacional”. De cooperar y competir, de polarizar y contemporizar acertando en identificar cuándo, dónde, con quiénes y sobre qué acuerdan y confrontan. Los votos no vienen solos ni se traccionan de un tablero al otro por mero arrastre o efecto cascada.

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