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“Ahora, son los líderes los que definen a sus partidos”

05-03-2013
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Según Sergio Fabbrini, los “príncipes democráticos” les quitaron a los partidos políticos su antigua centralidad. ¿Por qué se produjo este cambio y qué desafíos le genera a la democracia?

El politólogo italiano Sergio Fabbrini, director de la Escuela de Gobierno de la Universidad Luiss Guido Carli, de Roma y profesor visitante de varias casas de estudio, retomó el concepto de “príncipe” introducido por su coterráneo Niccolò Machiavelli hace cinco siglos. “Fue el primero en considerar que había que estudiar al príncipe. Había que estudiar cómo construía su poder”, dice Fabbrini en referencia al pensador del Renacimiento. “El poder puede ser estudiado y criticado y yo tomé el desafío de Maquiavelo y lo llevé a la actualidad” , agrega. En diálogo con el estadista analiza las características y los riesgos de los príncipes, y princesas, del Siglo XXI.

Su libro “El ascenso del Príncipe Democrático” (Fondo de Cultura Económica, 2009) tuvo un impacto considerable en el país. ¿Cuáles imagina que han sido las cuestiones que allí menciona las que más atención suscitaron en los lectores?

Me alegra saber que mi libro tuvo semejante impacto en el debate político argentino. Aprovecho para agradecer la perspicacia del profesor Juan Carlos Torre, quien creyó que el libro era oportuno para el debate que se estaba dando en América Latina y contribuyó a que FCE lo editara e imprimiera. Con respecto al libro en sí, diría que su mensaje es claro: la política democrática contemporánea está crecientemente caracterizada por líderes políticos, en vez de partido políticos. Un cambio grande, dramático diría, ocurrió en todas las democracias: la era dorada de los partidos se acabó y surgió una nueva época que tiene a los líderes como centro. Esto no implica que los partidos hayan muerto o sean inútiles. Significa, en cambio, que los partidos son definidos por sus líderes, y no al revés. Los partidos fueron los actores políticos principales durante el Siglo XX; ahora, los actores principales son los líderes mismos. Son ellos los que definen a sus partidos.

¿Cómo explica esta transición?

Es una transformación histórica que se debe a cambios estructurales. El primero que mencionaría es el rol indisputable que ha adquirido la televisión y, más en general, los medios visuales en las campañas electorales y en la movilización política. Desde los '80, estamos viviendo en teledemocracias. La televisión se ha convertido en un medio crucial para representar el conflicto político. Y en la televisión importan los líderes, y no los partidos. Mirando hacia el futuro, podemos especular con que Internet cambiará esta situación, al hacer que la circulación de información sea menos personalizada y centralizada. Sin embargo, hasta ahora está claro que la televisión ha reemplazado a los partidos como el principal vehículo para la difusión de información política. Otro motivo es que las sociedades han sufrido cambios estructurales. La modernización, la globalización y la posindustrialización han barrido las tradicionales divisiones culturales y de clase. Vivimos en un contexto en el que son cada vez más difusas las fronteras entre las clases sociales. Con partidos políticos que, a diferencia del pasado, no pueden reclamar que representan a una clase específica, depende de los líderes crear su propia coalición. Más que representar una coalición, los líderes la definen. Esto, por supuesto, deja un mayor espacio para el populismo en la política y la oferta electoral. Otro motivo que mencionaría es la internacionalización de la política. El rol y la visibilidad de los líderes políticos ahora son mucho mayores. Cada vez más, decisiones políticas con amplio efecto son tomadas en cumbres como el G-20 o en organismos regionales, como el Mercosur, en donde los líderes son los actores centrales. Por estos motivos, creo que el ascenso del príncipe democrático es una tendencia estructural, y no coyuntural. Una vez que lo reconozcamos, será posible evaluarlo y encontrar soluciones a los nuevos problemas que genera.

El Congreso, dice en su libro, es la institución que debe compensar el poder del príncipe democrático. ¿Por qué y cuál es el riesgo de tener presidentes fuertes y congresos débiles?

El dramático incremento del rol de los líderes en la política electoral ha generado una poderosa presión para la personalización de la política gubernamental también. Una vez que el líder ganó la elección en base a su personalidad, le sigue, casi naturalmente, el reclamo a personalizar su propio gobierno y gestión. Esto ha sido particularmente así en los regímenes presidenciales, pero también en los parlamentarios. En este último caso, podemos mencionar el ejemplo de Silvio Berlusconi en Italia o el de Tony Blair en el Reino Unido. En ambos casos, más allá de sus diferentes ideologías y estilos políticos, ellos definieron la política de sus gobiernos mientras estuvieron en el poder. En los regímenes parlamentarios, el contrapeso principal al líder debe provenir de la oposición. Si esta es fuerte, entonces el líder estará limitado a moverse según las reglas y procedimientos del sistema. Cuando la oposición es débil, esos límites desaparecen. Esa fue la diferencia entre Italia y el Reino Unido: Blair fue reemplazado por Gordon Brown a causa de una decisión del partido motivada en la creencia de que su liderazgo había debilitado las probabilidades del partido para ganar la próxima elección. Como sabemos, el reemplazo no funcionó como se esperaba. En Italia, en cambio, Berlusconi siguió en el poder a pesar de su conducta inaceptable porque la oposición era débil y su partido era, y sigue siendo, de su propieda. Fue la crisis del euro, junto a la presión de las instituciones de la Unión Europea (UE), las que alejaron a Berlusconi del poder.

¿Y qué ocurre en los regímenes presidenciales?

En esos casos, hay una gran diferencia institucional. A causa de la separación entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo, no puede haber una dinámica oficialismo versus oposición. En esos regímenes, como el argentino, el contrapeso al Presidente debe venir de la institución del Congreso, y no de los partidos políticos de la oposición, al menos que la oposición tenga mayoría legislativa. Si el Congreso, representando un interés distinto al del Ejecutivo, no puede o no quiere desafiar al Presidente, éste estará librado a comportarse sin contrapesos. En términos técnicos, aparece el riesgo de que el régimen pase de ser “presidencial” a “presidencialista”.

También es cierto que en muchos casos los presidentes gozan de elevados índices de popularidad y con el Congreso, en cambio, ocurre lo contrario. ¿Cómo se hace para transferir poder desde presidentes populares a congresos impopulares?

Ese es un punto muy importante. Las élites de los países deberían preguntarse por que los miembros del Congreso son tan impopulares. Si esa institución no cuenta con legitimidad democrática, se activan las condiciones para que se desarrollen políticas populistas en torno al Presidente. El populismo presidencial es un riesgo de las democracias constitucionales. La fortaleza del Congreso, y la legitimidad de sus integrantes, es la condición para mantener al Presidente dentro de un marco democrático. El Presidente se vuelve populista cuando ninguna institución puede cuestionar sus promesas, controlar su comportamiento o supervisar sus elecciones. ¿Cómo se explica, si no, que el Poder Ejecutivo en la Argentina haya engañado al FMI, y al país, difundiendo estadísticas económicas falsas? Si el Congreso hubiera tenido un rol más importante en esa denuncia, su popularidad seguramente hubiera aumentado. Una propuesta para mejorar la reputación del Congreso es que desarrolle su propio interés institucional, que invierta en sus capacidades técnicas, que mantenga su separación funcional del Ejecutivo y que, tal como dice hacer el Presidente, hable en representación del pueblo.

Le dedicó mucho interés a los medios de comunicación. ¿Por qué es tan importante evitar los monopolios mediáticos? ¿Hay, desde esa óptica, una diferencia entre los monopolios públicos y los privados?

Si la televisión y los medios visuales son cruciales para los resultados electorales y el control del gobierno, deben ser consideradas instituciones constitucionales, y no simplemente sociales. En una democracia, el poder nunca debe estar concentrado. Sólo fragmentando el poder es posible controlarlo. No interesa si es público o privado ese poder. Es un riesgo en ambos casos. El poder mediático no debe estar a la disposición del Presidente ni en contra de el. Como es un poder constitucional, los medios deben ofrecer información plural al pueblo y a los electores. Así como la competencia entre políticos define a la democracia, los actores mediáticos deben competir entre sí. Recomiendo fuertemente introducir una enmienda constitucional que asegura la competencia en el mercado de la opinión pública y, si es necesario, establecer un umbral a partir del cual la propiedad del sector mediático, tanto en manos pública como privadas, se vuelva inconstitucional.

¿Es probable y deseable que los partidos vuelvan tener un rol importante como en el pasado?

Sí, es muy deseable. La política electoral e institucional son actividades muy complejas. En un era globalizada, se precisan habilidades técnicas y políticas que los líderes, individualmente, no pueden ofrecer. Ningún individuo, como tal, puede esperar manejar un país. La política electoral y gubernamental precisa de un trabajo mancomunado, colaboración entre políticos y expertos, y diferentes especializaciones, desde las campañas políticas hasta las políticas públicas. Por eso, hay espacio para los partidos en tanto grupos colectivos. Sin embargo, los partidos no deberían ser como en el pasado. Deberían convertirse en organizaciones más livianas, apuntando a conseguir objetivos políticos o de políticas específicos. El tipo de partido que quedó vetusto es aquel que genera su propia oligarquía interna y que sólo vela por los intereses del partido en tanto aparato. Deberían cambiar su mentalidad y sus recursos humanos. Las sociedades cambiaron, ¿por qué no lo hicieron los partidos? El futuro está en sus propias manos.

En su última visita a América Latina, realizó una distinción entre los “príncipes democráticos” y los “príncipes populistas”. ¿Cuál es la diferencia y en qué categoría incluiría a Cristina Fernández de Kirchner?

El príncipe democrático es un líder capaz de conjugar un liderazgo popular y de gestionar un gobierno. Puede prometer sólo aquello que puede conseguir y mantener. En cambio, el líder populista es quien piensa que su gestión es un producto colateral de su propia popularidad. Los líderes populistas conciben a los ciudadanos como niños a los cuales se les puede vender cualquier cosa. Son una amenaza para la democracia. Cuando llegan al poder, destruyen la democracia constitucional. Diría que el populismo ha impedido que países como la Argentina se conviertan en democracias estables y duraderas. Las democracias, debemos recordar, son regímenes muy frágiles. Precisa de líderes que hablen con los ciudadanos como con sus familiares: diciendo la verdad, explicando los problemas, informando acerca de las dificultades y enseñándoles a autogobernarse. Por eso, en el libro planteo que si bien la personalidad o las características de los líderes son importantes, más importante aún es contar con buenas instituciones que incentiven la emergencia de buenos líderes. Por eso, antes que responder cómo es Cristina Fernández de Kirchner, preguntaría cómo funciona la democracia en la Argentina.

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