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¿Camino a una consolidación bialiancista en Argentina?

Desde 2001 a 2015 no hubo tres elecciones nacionales consecutivas en los que alianzas políticas formales mantuvieran la identidad y el caudal de votos que representan el Frente de Todos (FdT) y Juntos en el período 2015-2021. Hay una explicación y son las PASO.

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Martín Robles Martín Robles 30-11-2021
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Desde 2001 a 2015 no hubo tres elecciones nacionales consecutivas en los que alianzas políticas formales mantuvieran la identidad y el caudal de votos que representan el Frente de Todos (FdT) y Juntos en el período 2015-2021. Si bien los nombres de las alianzas han cambiado, la composición de las mismas permanece bastante estable en cuanto a sus integrantes. 

La explicación que pareciera mejor ilustrar sobre este fenómeno sería que, justamente, los resultados electorales son producto de un diseño institucional que apuntó precisamente a ello: las PASO. Denostada en momentos de gestión o elección por candidatos y gobernantes como una encuesta cara. Tal como escribe Miguel de Luca, en realidad, las primarias han facilitado la consolidación de alianzas electorales coherentes y la contención de la fragmentación política. 

Curiosamente el espacio que más se ha beneficiado por la puesta en práctica de las PASO ha sido el de Juntos, pese a que ésta fue una herramienta ideada en el seno del Frente para la Victoria (fuerza continuada en la actualidad bajo el nombre de FdT). Sin ir más lejos, luego de la derrota de 2009, el entonces jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, fue el encargado de idear una norma para contener la fragmentación política. 

Una posible hipótesis de por qué las PASO sirvieron más a Juntos que al Frente de Todos puede ser que tenga que ver con la tradición partidaria de los dos principales partidos dentro de cada una de las alianzas. Por un lado, el radicalismo hizo de las internas un elemento central de su vida política (con lo positivo y negativo que esto acarrea). 

Como buena representación del único partido de estilo socialdemócrata a la europea en el país, considera que las primarias fortalecen y que el voto (en su versión clásica, de sus afiliados) fortalece al candidato. Por esta razón, replicar esta misma conducta de cara a la sociedad (primer experimento Sanz-Macri-Carrió en las presidenciales de 2015) no le resultó tan ajeno. 

Por el contrario, el partido que ideó las PASO, el antiguo Frente para la Victoria, fue el que raramente las implementó (sólo Julián Domínguez y Aníbal Fernández 2015) y, sin duda, ha sufrido como consecuencia. No es difícil imaginar que si la primaria entre Florencio Randazzo y Daniel Scioli para definir la candidatura presidencial hubiera tenido lugar en 2015, el frente oficialista podría haber resultado más competitivo puesto que el ala más kirchnerista se hubiera identificado con Randazzo mientras que la línea más peronista con Scioli. 

Una posible explicación puede ser la concepción más caudillista de la política al interior del PJ.  El líder en el PJ no se decide en interna abierta, lo decide el líder político, el “dueño” de los votos hasta que se demuestre lo contrario. Hasta que pierda una elección y esa facultad de guardián del voto popular quede cuestionado. 

A su vez, ya empieza a resonar la posibilidad de que las candidaturas del FdT de cara el 2023 se definan mediante las PASO. Si bien esto resultaría novedoso, podría tener un efecto electoral indeseado si no se combina con una renovación de las autoridades del kirchnerismo. Podría ocurrir, no es difícil de imaginar, que el candidato del kirchnerismo tenga la mayoría dentro de la alianza FdT desplazando a algún candidato más moderado. Si este fuera el caso esa candidatura sería menos competitiva a nivel nacional que la resultante de las PASO de Juntos. Es posible que las PASO no puedan suplir procesos internos de las alianzas como la renovación de dirigentes o el cambio de poder al interior de las coaliciones. 

Dentro del PRO, la primaria tampoco se encuentra tan arraigada como en la UCR (con algunas excepciones como la disputa entre Horacio Rodríguez Larreta y Gabriela Michetti para jefe de Gobierno en 2015), pero al menos han logrado darse cuenta, en el tubo de ensayo que representó CABA, lo importante de incorporar a Martín Lousteau, Ricardo López Murphy y Margarita Stolbitzer dentro de la alianza de Juntos. No es fácil y conlleva riesgos (Lousteau podría ganar en un futuro la interna con el candidato del PRO, así como Facundo Manes podría haberle ganado a Diego Santilli) pero arriesgarse a perder el liderazgo para mejorar significativamente las chances de que la alianza gane y, a la vez, representar al interior de la lista la diversidad del espacio es, de entrada, una decisión pragmática formidable. Cuán distinta hubiera sido la reciente elección si Lousteau, López Murphy o Stolbizer hubieran competido por su cuenta. 

Por otra parte, las PASO podrían ser, a la vez, una forma de contener el voto antisistema y conducirlo a una participación institucionalizada. Mucho se habla del fenómeno de Javier Milei, pero en esencia el voto antisistema también tiene su contracara en la izquierda. No es tanto el mérito de Milei de atraer el desencantado sino la falla de la izquierda en adoptar un discurso más menos ajeno al votante medio. 

Frente a que “la crisis la paguen los capitalistas”, el “voy a terminar con los corruptos” o “afuera la casta” resultan mucho más cercanos y tangibles para un mayor grupo de personas que comparte, con mucho votante de izquierda, el hartazgo por las alianzas gobernantes preexistentes. Estas expresiones antisistema parecen consolidarse como terceras fuerzas (sobre todo el FIT a nivel nacional) y, sin embargo, sigue estando vacante la representación de una agenda más progresista desde el punto de vista medioambiental. La agenda “verde” que suele ocupar un lugar de fuerza minoritaria, sigue siendo un espacio vacante que, al cortar transversalmente a los partidos, podría incluso plantear una línea de trabajo distinta a la propuesta tanto por las coaliciones mayoritarias como por las terceras fuerzas. 

Por otro lado, cabe destacar lo tremendamente beneficioso que la consolidación de dos alianzas que se disputan la hegemonía tiene para la política y la economía argentina. Si logramos tener un fenómeno de alternancia sostenida (JxC 2015, FdT 2019, ¿JxC 2023?, ¿FdT 2027?) al fin y al cabo vamos a estar más cerca de ser lo que desde 1930 nunca volvimos a ser: un país donde la elección de un partido no despierte dudas (fundadas) respecto de la gobernabilidad. En un país donde gane quien gane se asume el mandato se va a terminar es un país al que los mercados verán con menos recelo. 

Como contraejemplo podemos tener la alternancia, inducida por la imposibilidad de reelección, de la secuencia chilena Michelle Bachelet, Sebastián Piñera, Bachelet y Piñera que, por muy tumultuoso haya resultado el devenir político chileno, económicamente goza de una estabilidad envidiable que fue condición necesaria, aunque no suficiente, para reducir entre 2000 y 2021 más de 75% la cantidad de pobres en un proceso de crecimiento económico sostenido a lo largo de veinte años. 

Finalmente, la posibilidad real y palpable de alternancia mejora necesariamente la competitividad de las propuestas así como eleva la vara de la rendición de cuentas hacia el electorado. Queda la duda de si las PASO podrían ser mejoradas. Voy a ignorar el argumento del costo de las mismas. Si queremos ahorrar recursos bien podríamos cambiar el sistema de las generales por las de boleta única que no sólo reduciría costos operativos sino que mejoraría la transparencia y la competitividad inherente al proceso electivo. 

¿Existen mejoras posibles en el diseño de las PASO? Por ejemplo, ¿cómo se podrían generar incentivos para que los frentes que no participan de internas lo hagan? Es decir, ¿podríamos hacer que las PASO sean obligatorias y simultáneas solo para aquellos partidos y coaliciones que efectivamente disponen de internas entre candidatos? 

Con este mecanismo se podría evitar una consecuencia de las PASO (que se vio claramente en 2019 y la sensación de desgobierno que generó entre las primarias y las generales) como lo es el anticipo del resultado electoral. Si la diferencia es muy grande en contra del Gobierno puede generar condiciones de inestabilidad. A la vez, pregunto: ¿es necesariamente mala la situación que se dio en 2019 tras las PASO? Al fin y al cabo obligó al Gobierno a congelar la situación cambiara/económica hasta que se haya elegido a un nuevo presidente. Podría leerse ese preludio de derrota como una situación que incentiva la moderación entre las PASO y las generales y no la tentación de apretar el acelerador a costa de ganar como sea (sin pensar en el día después). 

Por otro lado la gran desventaja que presentaría esta modificación de la estructura actual de las PASO es que votantes que en la elección general no votarían por el espacio (digamos JxC) podrían participar de la interna (ya que el FdT no se presentaría al no haber competición por la definición de lista definitiva) distorsionando la representatividad de los candidatos ganadores al interior de la alianza y habilitando un voto “estratégico” que atente contra la integridad de la alianza. Algo así como lo eran las personas que en 2015 votaron por Aníbal Fernández, y no por María Eugenia Vidal, esperando que Fernández ganara la interna del FpV y luego en la general ese mismo votante se inclinará por Vidal cuando ésta esté compitiendo con un candidato menos competitivo (en este caso Fernández, en vez de Domínguez). 

A la luz de esta posibilidad, la alternativa contemplada traería más problemas que beneficios. En definitiva, el mejor incentivo para que las fuerzas políticas diriman efectivamente sus candidatura en primarias abiertas, simultáneas y obligatorias sería demostrar que este instrumento efectivamente genera opciones electorales mejores desde el punto de vista de la competitividad.


 El autor es consultor en Gestión Pública. Lic. Ciencia Política (UBA) y Ma. Gestión y Administración Pública (UCL)

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