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¿Cerca de la revolución?

25-01-2012
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(Columna del politólogo Nicolás Tereschuk)

Más allá de sus orígenes partidarios, muchos dirigentes de la oposición critican por izquierda algunas medidas del Gobierno.

El nuevo escenario abierto tras el contundente triunfo electoral de la presidenta Cristina Kirchner genera una serie de interrogantes sobre cómo se darán de aquí en más los conflictos en la arena pública. Aun si tenemos en cuenta que nunca podríamos estar ante puras novedades, es cierto que los viejos mapas para leer la dinámica política parecen haber dejado de servir. Ocurre que la presidenta Kirchner no sólo

puede mostrar un caudal de votos récord a su favor, sino que también una enorme diferencia la separa en términos nacionales del resto de la dirigencia. Esto hace que, por momentos, el lugar que ocupa la Jefa de Estado en el sistema político se parezca más al que tienen muchos gobernadores e intendentes en sus territorios, que al de los presidentes del actual período democrático.

Sin pensar todavía en el contenido que podría tener el programa de gobierno de un segundo mandato de Cristina, podría plantearse, a modo de hipótesis, que esa situación de por sí ubica al proyecto político de la Jefa de Estado ante un cambio, frente a una posición que antes no ocupaba. Si miramos hacia el pasado inmediato, parece claro que el kirchnerismo puso sobre la mesa una agenda más audaz ?que algunos sectores afines al Gobierno nacional estarían dispuestos a identificar como más “de izquierda”? en momentos en los que vio amenazado su poder. Más allá de algunas acciones resonantes previas, el conjunto de medidas que desplegó el Gobierno

entre 2008 y 2009, ya en una modalidad de “minoría intensa” terminaron de definir una determinada identidad política.

La pregunta que surge es en qué medida la nueva mayoría kirchnerista de 2011 ?que como todo éxito electoral es contingente, pero no por ello menos real? no ubica al oficialismo ante una doble realidad. Por un lado, podría pensarse que el caudal de votos le da a la Casa Rosada le otorga mayor poder para “profundizar el modelo” en un sentido similar al de las audaces medidas de los años recientes. Por otra parte, habría que analizar si el electorado de prácticamente todos los distritos del país, que avalaron a la Presidenta, está pensando en ese estilo, en esa impronta de gestión. ¿Puede un jefe de Estado ir siempre “por delante” de su electorado? ¿Cuando un gobernador o un intendente se impone por un margen de más de 30 puntos porcentuales a sus adversarios políticos, la ciudadanía le está requiriendo un “programa radical”? ¿Es posible encontrar un “programa radical” en las expectativas de amplias mayorías?

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Son preguntas abiertas, para las que el kirchenrismo deberá ir hilvanando respuestas posibles. Sobre todo cuando este oficialismo ya ha dejado la impronta de novedad política con la que surgió tras la crisis de 2001 y muestra con claridad a quien lo quiera ver que términos como “gobernabilidad”, “estabilidad” y “responsabilidad política” no le son ajenos. Si se toma como válido este escenario ¿es posible decir que el Gobierno ensaya un “giro a la derecha”, como se escribió en forma apresurada luego de las elecciones? Más bien lo que parece ocurrir es que la Casa Rosada elige ubicarse ?o ha sido ubicada por el electorado? “por encima” del resto de los actores políticos. No parece una diferencia poco sustancial. No es lo mismo girar “a la derecha” que estar “por arriba” del resto, si es que se pudiera imaginar categorías ideológicas poco convencionales.

De todos modos, y si la imagen de una Casa Rosada instalada “por sobre” los demás fuera acertada, ¿qué posibilidades tiene el kirchnerismo de seguir afirmando que a la izquierda suya está “la pared”? Es probable, por tanto, que la mayoría de los actores políticos de la oposición, sin elecciones a la brevedad, sin la necesidad de presentar un programa de gobierno demasiado coherente en este momento, opten por intentar

marcar falencias del kirchnerismo “por izquierda”, independientemente de sus propios orígenes políticos.

Cuando vamos al contenido de las políticas y a las palabras de Cristina Kirchner, el panorama va quedando más claro. En el discurso previo al inicio de su licencia médica, la Jefa de Estado afirmó que le pide “colaboración” a los sectores que “han logrado mejorar su posición” en los últimos años sean estos asalariados o empresarios. Así, por el lado de los asalariados se registran tensiones a ser resueltas con el Gobierno en todo lo que tiene que ver con las negociaciones salariales de 2012 y también en cuanto

posicionamiento de los sindicatos como actores dispuestos a disputar poder político y económico.

Del lado de los empresarios, son conocidas las quejas de distintos sectores por las medidas de control adoptadas por el Gobierno tanto en el mercado de cambios como sobre los mecanismos vinculados al comercio exterior. Cuando la Presidenta puso en marcha la idea de la necesidad de una “sintonía fina” en el país, el mayor impacto se produjo del lado de la CGT. Los mensajes dirigidos a evitar una “extorsión” sindical apuntaban a algunos actores, encabezados por Hugo Moyano. Las afirmaciones de la Presidenta se registraban además en momentos en que entidades empresarias, como la UIA, optaban por una estrategia que parecía más bien reconocer antes que a cuestionar la autoridad política de la mandataria.

Sin embargo, con el inicio formal del nuevo mandato de Cristina quedó claro que el Estado no parece dispuesto a delegar resortes de poder en el sector privado y que, si de mantener la estabilidad de las variables económicas se trata, está dispuesto a cometer “herejías” como imponer mayores controles en la City porteña o en la Aduana. ¿Giro a la izquierda? ¿Giro a la derecha? Nuevamente, la idea de ubicarse “por encima” de los demás actores sociales y factores de poder no parece descabellada, al menos como imagen para dar cuenta de la realidad política.

Sumado a esto, no será fácil tampoco señalar a Cristina como carente de pergaminos peronistas a la hora de plantear sus propuestas a la sociedad. La Jefa de Estado viene de afirmar en su cierre de campaña que su responsabilidad es “articular los intereses de 40 millones de argentinos”, aunque al mismo tiempo, advirtió que “siempre” estará “del lado del combate a la desigualdad, en la defensa de los sectores más vulnerables y la integración social”. Actuar en función de los “40 millones” aunque sin ser “neutral” no es tanto una paradoja sino una mirada propia del lugar que ocupa la política para el ADN peronista. No hay que olvidar que la Presidenta suele referir a la idea de un reparto de recursos entre asalariados y empresarios que se corte en un preciso “fifty-fifty”, una cifra que parecería arbitraria o impropia tanto para un observador de izquierda, como para uno de derecha.

La idea de la conciliación de clases, muy arraigada en el discurso de Juan Domingo Perón, asoma así como un enfoque adecuado para interpretar la visión que expresa la Presidenta. ¿Cómo se plasmará en forma concreta esta visión durante un año que ya ha requerido del Gobierno decisiones en el terreno económico ante un ritmo de menor crecimiento y una menor holgura fiscal? Habrá que ver si con el inicio de sesiones ordinarias del Congreso comienzan a despejarse las incógnitas o los tiempos de la Casa Rosada marcan otro ritmo.

(Publicada originalmente en la edición impresa)

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