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Con Inglaterra no hay nada que hablar

02-03-2012
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La Argentina debe explorar nuevos caminos si quiere lograr avances para sus intereses en el tema Malvinas.

La Argentina no acepta menos que la soberanía y Gran Bretaña discute todo menos la soberanía. Es un diálogo de sordos, y sin embargo todos hablan. ¿Son locos? No, son racionales: le hablan a sus públicos domésticos, no a su interlocutor extranjero. Pedir negociaciones constituye una pose y no un objetivo. La diplomacia bilateral es un mecanismo para resolver conflictos sin intermediación. ¿Pero alguien se imagina que funcione en un asalto o una final de fútbol? Los jueces y los árbitros se inventaron para terciar en conflictos irresolubles para las partes. Porque éstas no son imparciales ni, muchas veces, competentes para aplicar el derecho. La Argentina y Gran Bretaña no tienen nada que hablar porque ninguno tiene disposición para conceder.

Las vías restantes son, entonces, dos: la unilateral y la trilateral. La primera se ensayó en 1982 con apoyo popular pero funcionó sólo durante dos meses; la segunda es la única que falta explorar. Arbitraje o muerte, deberían clamar los nacionalistas con cerebro ?pase el oxímoron? .

El antecedente más reciente no es malo para la Argentina. La mediación papal en el conflicto del Beagle le otorgó a Chile las tres islas en disputa, pero preservó el principio bioceánico y le garantizó a la Argentina la proyección marítima. Para quien considera que la soberanía reside en el territorio y no en el pueblo, y que además es absoluta e indivisible, la entrega de un peñasco es una herejía. Para quien, en cambio, no defiende la esencia del ser nacional sino los más prosaicos intereses nacionales, el acuerdo fue ventajoso porque aseguró la paz sin entregar la plataforma continental ni los recursos de aguas profundas.

Mutatis mutandis, el núcleo de la cuestión Malvinas serían hoy las tres P: petróleo, pesca y proyección sobre la Antártida. La tierra y las ovejas se pueden discutir dentro de 99 años, como ilustra con paciencia china la experiencia de Hong Kong. Pero en el fondo, lo que importa de Malvinas es lo que ocurre en el territorio argentino ?diría el ministro Puricelli?. Por un lado, el reclamo tiene base constitucional y constituye algo cercano a una política de Estado. Por el otro, es difícil encontrar un tema más propenso a la manipulación política.

De esa estrecha hondonada no escapa una declaración reciente de diecisiete intelectuales que, adjudicándose objetividad, desmenuzan argumentos razonables con estilo provocativo. Pero el estilo mella al contenido, haciéndole un flaco favor a la causa defendida. Hay observadores que diagnostican en los firmantes el “síndrome de Tokatlian”, que es como un profesor de la UBA llama cariñosamente a la tentación compulsiva de salir en dos diarios por día, todos los días. Lo destacado del reclamo argentino es el racismo que lo subyace. De hecho, los argentinos son dueños de su país porque mataron indios, mientras que los británicos ocupan las Malvinas porque echaron blancos.

Además, diría un progresista, si la tierra debe ser del que la trabaja, con la misma razón debe serlo de quien la habita. Pero entre nacionalismo y progresismo, enseña la Historia, las relaciones siempre fueron distantes. Entre tanta escaramuza, hay dos méritos del Gobierno que son innegables: aprovechar el momento de debilidad británica y regionalizar con éxito el reclamo. El infortunio del adversario combina la recesión económica con la crisis de la Unión Europea y la desactivación de todos los portaviones de la Marina Real, mientras la regionalización incluye el apoyo concreto de los vecinos que no prestan sus puertos a los barcos con oveja flameando en el mástil.

Pero apoyar la posición argentina tiene costos, que pueden acumularse y explotar mañana para el lado errado. ¿Mañana? Léase la declaración reciente del presidente de la delegación paraguaya en el Parlamento del Mercosur: “Al expresar su solidaridad con el hermano pueblo argentino, la delegación paraguaya tampoco olvida que tras la genocida guerra contra la Triple Alianza, la Argentina de entonces pactó con el imperio del Brasil la infamia del desmembramiento del territorio paraguayo”. Y sigue Gonzalo Núñez: “En los tiempos presentes, el gobierno de Buenos Aires, que reclama solidaridad y apoyo de nuestros gobiernos, torpedea incesante, inmisericorde y sistemáticamente el comercio paraguayo de exportación, utilizando tácticas y disposiciones típicamente colonialistas que nos trae a la memoria las imposiciones de siglos pasados”. Esta expresión de hermandad latinoamericana se encuentra disponible en el portal de la institución que representa a los pueblos del bloque. Las injusticias tienen dos lados, y conviene recordar que no siempre estamos del lado que pensamos.

(De la edición impresa)