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Corporaciones y cristinismo

13-12-2011
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(Columna del politólogo Ezequiel Avila)

La Presidenta parece confirmar en sus últimos discursos que el período 2011-2015 estará marcado por el corporativismo.

El sustantivo corporación, y sus derivados, no cuenta con demasiados adjetivos positivos que lo acompañen en el discurso político y periodístico de estos días. No obstante, desde una mirada teórica, es válido plantearse los alcances del concepto y analizar la coyuntura política a partir del corporativismo como un locus institucional desde el cual se estructuran los sistemas de poder en la Argentina de hoy. Cuando las grandes líneas que operan como vectores de un nuevo período político, económico y social se resuelven entre corporaciones de representación de intereses empresariales y laborales, cuyas relaciones son administradas por el Poder Ejecutivo Nacional, estamos frente a un sistema corporativo; lo cual se vincula con una situación en la que los partidos políticos están debilitados como organismos canalizadores de las demandas de la sociedad e inmersos en una ruptura del pacto de representación.

UIA, CGT y CFK son las siglas más mencionadas cuando se habla de política y economía. Es entendible en ellas tres se resumen los intereses, esperanzas, temores y deseos de la mayoría de los argentinos, sean o no industriales, trabajen o no, hayan votado o no por Cristina Kirchner. Lo que acontece en el Congreso, los reacomodamientos en los partidos opositores y los cambios en el Gabinete son detalles de color, escenas de reparto de la novela que trata sobre la vida y obra de precios, salarios, ganancias y empleo. Las señales que está dando la Presidenta parecen confirmar que el cristinismo 2011-2015 será una etapa marcada por el corporativismo.

De esta afirmación surgen dos preguntas: 1) ¿Cuáles son las señales?, y2) ¿Qué implicancias tendrá una Argentina corporativista? Respecto a lo primero, Cristina Kirchner ha mencionado en sus últimas apariciones públicas que los tres sectores fundamentales de la economía son los empresarios, los trabajadores y el gobierno. Para describir cómo debería ser ese vínculo de aquí en más utilizó palabras y frases como: armonización, integración, articulación de intereses, análisis fino de cada actividad, reorientación, eficiencia y racionalidad. Por su parte, al desestimar la posibilidad de que el proyecto de reparto de ganancias entre trabajadores se discuta en el Congreso, reivindicó las mesas de acuerdos y negociaciones entre representantes

empresariales y sindicales que han sido el sostén del modelo que propugna.

Pero más allá de estas recientes alusiones a un pacto entre el capital y el trabajo, bastaría con analizar los modos bajo los cuales el kirchnerismo ha resuelto gran parte de los dilemas económicos para darnos cuenta de que una de sus particularidades ha sido el acuerdo corporativo. Tal vez esté allí uno de sus rasgos más peronistas, puesto que el corporativismo, como idea, no es otra cosa que un rechazo a las premisas teóricas liberales y marxistas. En su lugar, coloca la armonía de clase, la unidad orgánica y la fuerte intervención estatal como piedras basales del orden social y político. Las negociaciones en reuniones paritarias entre los sindicatos y las entidades empresariales, la búsqueda de acuerdos sobre precios y salarios, la discusión sobre pactos sociales en los que se resuelvan sensibles temas como legislación laboral, obras sociales, alícuotas impositivas y demás, son algunos de los factores concretos que nos hablan de la Argentina corporativa.

Pero el corporativismo no sólo obedece a una concepción organicista de la sociedad que el kirchnerismo habría venido a resucitar del primer peronismo y su comunidad organizada; se trata además de una necesidad y de un análisis que observa la realidad política huérfana de liderazgos por parte de los partidos opositores. Algunos dirán que el kirchnerismo, con su concepción corporativa, así lo ha dispuesto. Otros dirán que lo primero es la crisis de partidos y luego el resto. Lo cierto es que el Gobierno, en cierta medida, actúa como si el sistema de partidos políticos fuese incapaz de representar intereses esenciales de la sociedad. Como afirma la socióloga Carlota Sole, cuando esto sucede “se precisan mecanismos de mediación y representación funcionales, de tipo corporativo, según los intereses de los distintos grupos”.

Al respecto, el teórico Claus Offe ha considerado que las estructuras corporativas pueden ser una solución para situaciones en que los métodos paramétricos de control

político son insuficientes y que en estos casos las estructuras políticas parademocráticas sirven para contener el conflicto. Planteado de esta manera, parecería que para el Gobierno el destino de la próxima administración se debatirá entre el corporativismo o la barbarie. El primero proporcionaría el ancla de gobernabilidad que no brinda un sistema ensimismado en los resortes que ha dejado la crisis del 2001. Los partidos de la oposición sufren de una parálisis que los ha conminado a silenciar sus voces. Aquí es cuando aparecen las corporaciones, principalmente las que aglutinan a representantes de las industrias, de empresas de la construcción, sindicalistas, actores del ruralismo, entre otros.

Sobre las implicancias de una Argentina corporativista, vale apuntar que esto dependerá de si se dará o no una recuperación de los partidos políticos y de cuán fuerte y sustentable sea tal revitalización. Pero sobre todo, estará vinculado con qué tipo de corporativismo exprese el nuevo mandato de Cristina Kirchner. Debería desengañarse, en un sistema corporativista, quien crea ser la columna vertebral de un modelo. Si hay algo que caracteriza a este formato de ejercicio del poder es que la columna es el Estado y que los sistemas de apoyo pueden ir mutando, de acuerdo a las circunstancias. Decir que el cristinismo será más de derecha o más privatista que el kirchnerismo sólo porque la Presidenta ha hecho públicos algunos signos favorables a parte del empresariado no sólo es prematuro sino también erróneo. Ni la Unión Industrial es todo el sector privado argentino ni Hugo Moyano encarna a toda la fuerza laboral.

¿Cuál será el tipo de corporativismo que buscará generar Cristina Kirchner? ¿Será uno de tipo social o de tipo estatal? El primero se caracterizaría por una convivencia y no sólo coexistencia entre corporaciones y partidos políticos, por una profundización de la libertad sindical, por una mayor transparencia en las negociaciones entre cúpulas del trabajo y del capital y por una más activa presencia del Congreso. El segundo tipo establecería una mayor concentración de poder, burocratización y centralización de los recursos institucionales y económicos. El gran desafío para el Gobierno será lograr

que el corporativismo no sólo sirva como apuntalamiento para la gobernabilidad sino

que además no sea un obstáculo para la reconstrucción del sistema de partidos y que la convivencia entre ambos no sea una quimera. La experiencia indica que ambos, en dosis equilibradas, son imprescindibles para el fortalecimiento de la democracia.

(De la edición impresa)

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