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De nuevo, al Fondo

El Gobierno centró su mensaje electoral en una diatriba típica contra el FMI. El pequeño problema es que no es una entidad de caridad.

FMI aumento de deuda mundial
Luis Tonelli Luis Tonelli 21-12-2021
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El Gobierno centró su mensaje electoral en las elecciones pasadas en una diatriba típica contra el FMI. Mucho de sus críticas contra las recetas de ajuste de este organismo internacional cuando la economía está atravesando una crisis son valederas. El pequeño problema es que el Fondo no es una entidad de caridad. Ni siquiera es un conjunto de intelectuales bien pensantes. Es una entidad financiera, y como tal, si presta dinero sus funcionarios tienen que demostrar que siguieron el manual de todo banco para recuperar ese dinero. Y la primera premisa es que el deudor no siga “derrochando”.

En ese punto tiene razón López Murphy, Espert y Milei: el gasto público desorbitado implica una carga impositiva que la sufre una porción de la sociedad -la que los paga-, y especialmente los que menos tienen, dado el carácter regresivo del IVA. Y, ni que hablar de la inflación con la que el Gobierno licúa sus deudas y que también licúa los pocos pesos que los de abajo dedican básicamente a su subsistencia.

No es por casualidad que, en estas elecciones legislativas que pasaron, una gran porción del estereotipo del votante peronista, perteneciente a las clases más populares, planero y subsidiado del conurbano bonaerense no votó al oficialismo del Frente de Todos (pero tampoco a la oposición de Juntos, que no pudo dar marcha atrás en el mensaje gorila de sus halcones)  y votó a una miríada de partidos menores, entre ellos los nuevos liberales (aunque parezca mentira para algunos), o en blanco o no fue a votar.

El núcleo duro del voto del Frente de Todos es hoy una clase media baja empobrecida y frustrada, que necesita emocionalmente la idea de una conspiración contra este país que lo tiene todo, especialmente, a un pueblo sojuzgado por los intereses corporativos. 

En realidad, si me permiten la antigualla marxista, hoy la plusvalía no la pueden generar las clases más populares porque antes que producir, reciben, aunque solo migajas, ni tampoco el empleo estatal. Aquí hay una gigantesca máquina de imprimir papelitos, y hay una ávida carrera de los que pueden hacer de ellos por utilizarlos en la bicicleta financiera y llegado al punto, seguir la orden sempiterna de “verdes y afuera”. Lo que tienen que asegurarse los gobiernos es que esa demanda de dólares que genera el juego económico argentino pueda ser respondida. Porqué si no, chaupinela!

El núcleo duro del voto del Frente de Todos es hoy una clase media baja empobrecida y frustrada, que necesita emocionalmente la idea de una conspiración contra este país que lo tiene todo.

Esa es la situación peligrosa con la que orilla el peronismo en este verano y se sabe que es siempre caliente, políticamente hablando, el estío porteño. Sube la demanda estacionaria de dólares y los chubascos pueden engendrar tormentas cuando el Central no tiene demasiado poder de fuego (porque lo gasto todo, haciendo malabares, su presidente Miguel Pesce, para entregar los mandos del avión descolado de la economía argentina, al que precisamente tiene que conseguir esos fondos que faltan: el Dr. Guzman. 

Y cuando faltan los fondos, se está en el fondo, y se va al Fondo. Si la soja, pese a tener precios récord no alcanza para llenar las arcas del BCRA. Si la reducción de importaciones brutal, te paraliza la actividad, y la reactivación que se dio, y muy vigorosa, impacta muy diferencialmente en los sectores económicos argentinos. Si a inflación hoy mata al consumo y en eso tiene razón la vicepresidenta, eso le pega a los sectores más humildes. Claro que inyectar más dinero en esta situación no solo genera más inflación que revienta a los pobres sino que aumenta el peligro de una crisis sistémica. O sea, que se vaya todo al mismísimo diablo. Y con este panorama, ¿quién va a traer un solo mango? Y eso que algunas cosas en la Argentina están baratas, pero no tan baratas como quedarían si explota todo.

Lo cierto que a la incertidumbre porque la Argentina termina siendo siempre la Argentina (y todo consiste en comprar barato y vender caro) se le sumó la incertidumbre por la pandemia, por la forma de administrar la cuarentena, y también por el desopilante sistema de a-gobierno que es el vicepresidencialismo retórico. 

Una combinación del cajón derecho del escritorio del Presidente donde duermen el sueño de los justos los proyectos que no le gustan, y por el otro lado, ese megáfono atronador que es el twitter de la vicepresidenta, verdadera Trompeta de Jericó a la que hay sumarle sus epístolas evangélicas a los conurbanensis. 

El descansar confiados en la afirmación que los estallidos son eso que nada más a los radicales, evade el pensar que hoy el peronismo es el que tambalea ante el abismo de a crisis que se cierne, y no, como fue hasta el momento, que los “compañeros” iniciaban sus actividades gubernativas desde el piso de la licuación producida por la crisis (aunque Rodríguez Saá y Duhalde, aunque peronistas, también tuvieron que retirarse de la presidencia antes de lo que pensaban). 

Las crisis son el verdadero instrumento de gobierno argentino. Es que aquí en vez de una democracia que es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, supimos conseguir ante la ausencia del cratos, del poder para gobernarla, una demo-crisis, que es el gobierno de la crisis, por la crisis y para la crisis. El Gobierno va a lograr el quórum frente a la oposición, porque no puede ser Juntos por el Cambio el que le acerque un fósforo a la pira a la que el oficialismo le agrega todos los días un fardo de paja.

La demo-crisis es la forma de gobernar de los gobiernos impotentes ante una sociedad, sin embargo, aluvional y sin dirigencia. La maravilla del poder populista es que se vuelve un poder sin poder, ante la destrucción que hace de esas herramientas fundamentales para gobernar que son las instituciones.

Y por eso se va al Fondo y por eso vienen los del Fondo, con sus comunicados plenos de gerundios -que dan la falsa sensación de que avanzan pero hacia ningún lado. 

A la desconfianza mutua, los malentendidos en donde el Fondo piensa que somos más dóciles y racionales de lo que somos, y que nosotros pensamos que el Fondo finalmente adquiere un perfil más comprensivo y humanista, se le suma quizás otro ingrediente inquietante.

¿Estamos seguros de que el Gobierno quiere un acuerdo con el Fondo (y el Fondo un acuerdo con la Argentina)? No es que se quiera el default, pero si las instancias de la renegociación, porque la deliciosa diferencia entre el default técnico y el otro que se consigna en actas es meramente simbólica. Pero se sabe que en política lo simbólico es algo muy importante para poder ir llevándola, para seguir sobreviviendo sin gobernar y jugando con la ilusión que Dios es peronista (al menos, lo es su vicario en la Tierra).

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