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Derribando las barreras de la “jaula mitológica”

16-11-2012
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“Los argentinos sufrimos una manía: la de fabricar mitos y vivir entre ellos”, sostiene el autor del libro.

Alejandro Grimson es antropólogo. No debe extrañar, por ello, que su nuevo libro (“Mitomanías argentinas. Cómo hablamos de nosotros mismos”. Siglo XXI, 2012) haya surgido a partir de una observación de campo: “(?) Una de las cosas más sorprendentes de conocer a otras sociedades fue que no encontré ninguna en la cual las personas hablaran tan mal de su propio país como en la Argentina. Y tan cotidianamente”. Una sensación de desprecio que, paradójicamente, “a veces la trocamos por la 'argentinidad al palo' y somos los mejores del mundo”, dice Grimson. “(?) Entre la soberbia y el desprecio, casi no encontramos matices”.

Tomando como punto de partida esta observación, el autor (decano del Instituto de Altos Estudios Sociales de la UNSaM), plantea y analiza los principales mitos de la Argentina con el objeto de tener una visión más realista y desapasionada. “Somos fanáticos”, dice Grimson, “o sea, pésimos jueces” y agrega: “Para construir otra cultura política necesitamos desmitificar”. Así, el libro va enhebrando las distintas categorías mitológicas.

Arranca, acertadamente, con los “mitos patrioteros”, aquellos a los que recurrimos para sentirnos mejores que nuestros vecinos o de lo que realmente somos. A saber: “La Argentina es un país europeo” o “Uruguay es una provincia argentina”. A continuación, acaso para revelar cierta impronta esquizoide de nuestra mitología, Grimson se refiere a los “mitos decadentistas” que, según su visión, encontraron, a partir de Malvinas y la desindustrialización neoliberal, un terreno más fértil para echar raíces. Nos movemos entre extremos y escogiendo los fragmentos de la Historia que más nos convengan para afirmar o rechazar tal o cual mito. Así, continúa el autor, “logramos ahuyentar cualquier reflexión compleja sobre nuestra propia situación y permanecemos encerrados en la jaula mitológica”. Este capítulo lo componen temas ya clásicos del imaginario argentino: “Todo tiempo pasado fue mejor”, “la Argentina estaba predestinada a la grandeza; debería haber sido Canadá o Australia”, “hay que refundar el país sobre nuevas bases” o los más contemporáneos “debemos seguir el modelo chileno”, “mirá Brasil: ellos sí tienen políticas de Estado” o “los políticos argentinos deberían hacer un pacto de La Moncloa” .

Otro mito que busca desterrar el autor es el que emparienta el nacionalismo con el autoritarismo: “Lo nacional es nazional”, escribe, haciendo un juego de palabras con el nazismo. Esta idea, muy arraigada entre nosotros, se hizo carne durante la última dictadura, opina Grimson. En el libro, de más de 200 páginas, le siguen los “mitos racistas”, como “en la Argentina no hay racismo (porque no hay negros)” o los “mitos de la unidad cultural en la Argentina”, mediante los cuales se imponen ciertos aspectos o prácticas a un conjunto diverso, como “el tango es la música nacional” o “los argentinos somos un pueblo politizado”. Otra de las barreras que componen la “jaula mitológica” son aquellos “mitos sobre la capital versus el interior”, por ejemplo, “Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires” o “los porteños gobiernan el país”. Para Grimson “provincializar Buenos Aires, asumir que los fenómenos porteños son tan locales como los de cualquier otra zona, es una condición necesaria para situar en otros términos el debate el debate acerca de la igualdad de todos los habitantes del país”.

Desligarse de las responsabilidades es otra costumbre argentina. Pero, en vez de asumir esa conducta, se crean mitos. “El corrupto es el otro” o “la sociedad argentina es una víctima inocente de la corrupción”. Esta exportación de la culpa impide “un debate acerca de qué hacemos nosotros, los argentinos, para reiterar ciertos aspectos profundamente negativos de nuestros hábitos”. Con citas, referencias a investigaciones y conocimiento de causa, Grimson va derribando (o complejizando) cada uno de los mitos que se han hecho carne en nuestro inconsciente colectivo (o, al menos, en el de muchos compatriotas).

Los mitos, muchas veces, arropan ideologías y preferencias de sectores minoritarios y poderosos. Eso plantea Grimson cuando describe los “mitos del Estado bobo” que engloba, entre otros, a “el Estado no puede administrar empresas eficientemente” o “lo privado funciona, lo público está descuidado”. “En este país, el único gil que paga los impuestos soy yo”. Muchas veces hemos escuchado esta frase. Afortunadamente, más de una persona paga sus impuestos. De algunos de ellos, como el IVA, es imposible escapar. También es cierto que la evasión impositiva es alta y que, como un círculo vicioso, contribuye a perpetuar dicha elusión, dice Grimson en el capítulo dedicado a las cuestiones tributarias.

El peronismo, es obvio, no podía estar ausente de este compendio introductorio a la mitología argentina. Los mitos relacionados con el movimiento originariamente conducido por Juan Domingo Perón fluyen desde una dicotomía madre: la muy conocida peronismo- antiperonismo. ¿Perón era un tirano fascista? Parte de la mitología construida a su alrededor, arguye Grimson, se debe al eurocentrismo de muchos argentinos. “Es difícil explicar la fiesta que uno no comparte”, escribe el autor para, precisamente, explicar la fuente de los mitos despectivos sobre el peronismo y sus seguidores.

Si el lector cree que hasta aquí llegó el compendio de mitos, estará equivocado. El libro continúa con los mitos sobre los sindicatos y las luchas sociales, el granero del mundo, el poder de los medios y el falso igualitarismo del “todos somos clase media”. En el epílogo, Grimson aboga por “limitar el poder de los mitos que nos limitan” y avanzar por un camino que nos permita “saber quiénes somos, donde estamos y cuáles son las opciones que tenemos para construir una sociedad profundamente democrática e igualitarias”. Este libro, sin dudas, es un buen primer paso.

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