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Discursos luego de las primarias

18-08-2011
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(Columna de la politóloga María Esperanza Casullo)

En sus primeros mensajes, los candidatos adelantaron algunos lineamientos de sus estrategias para octubre pero también dejaron en evidencia sus falencias.

Las elecciones primarias abiertas simultáneas y obligatorias han dejado a nivel nacional una clara vencedora (la presidenta Cristina Fernández de Kirchner) y tres candidatos (Ricardo Alfonsín, Eduardo Duhalde y Hermes Binner) a gran distancia de la primera y en relativa paridad entre ellos. Analizar los discursos que cada uno de ellos dio en la noche del domingo 14 puede dar valiosas pistas sobre sus elecciones

estratégicas para octubre.

El discurso de la Presidenta no mostró muchas sorpresas y consolidó un giro discursivo que se hizo perceptible luego de la inesperada muerte de Néstor Kirchner. Lejos de la confrontación, hizo hincapié en el amor como fuerza de su triunfo. La apelación al amor fue sorprendentemente directa (“este es un triunfo del amor” , remarcó Cristina) pero también sutil, corporizada en las constantes referencias a valores afectivos positivos, personales y directos como la confianza, la unidad, la humildad y el compañerismo (“soy una compañera”, dijo.) La fuerte articulación

afectiva es propia de los discursos populistas, y se reforzó con la invocación a la presencia casi fantasmática del ex presidente Néstor Kirchner (“hoy nos está mirando”) y la presencia en el escenario de su hija Florencia.

La frase que usó Cristina para pedirle a su hija que la acompañe (“quedate conmigo”) es tal vez la frase más interesante de su discurso. Desde la muerte de Néstor Kirchner, en sus apariciones públicas Cristina elige hablar en segunda persona del plural; se dirige a un “ustedes” indeterminado y resalta que “no puede sola,” pide que le aporten “fuerza”. El subtexto del discurso de Cristina Férnadez de Kirchner es claro: busca construir un lazo afectivo personal con el votante, sin un anclaje partidario o ideológico fuerte. La potencia de esta apelación afectiva ha quedado de manifiesto con la amplitud de la victoria; por lo tanto, no es de esperar grandes cambios de aquí a la elección de octubre.

Asimismo, resultó de gran interés escuchar los discursos de Alfonsín, Duhalde y Binner luego de saberse que quedarían los tres en relativa paridad. Para un candidato, el gran desafío en el pasaje de una primaria a una elección general es siempre cómo pivotar de manera no forzada desde un discurso que necesariamente está dirigido al interior de su propia fuerza partidaria a un discurso dirigido a seducir al campo más amplio de potenciales votantes de la general. Visto desde este punto de vista, ninguno

de los tres discursos pareció especialmente decisivo.

Alfonsín eligió relativizar la importancia de las primaras y enfatizar un ángulo optimista (“la bandera negra ?quiso decir “a cuadros”? se baja recién en octubre”.) Se agregaron a esto algunas apelaciones bastante generales a posibles sectores de su coalición (“los emprendedores y los trabajadores”). Sin embargo, el discurso de Alfonsín resaltó, por su misma ausencia, lo que es tal vez la mayor falla de su comunicación política: la incapacidad de ofrecer un relato verosímil que enmarque, dé sentido y explique su alianza con Francisco de Narváez. Esta ausencia es llamativa, ya que esa alianza debería, por su audacia, ser el puntal de su campaña.

Sin embargo, Alfonsín dijo poco y nada sobre su relación con De Nárvaez. Así, su discurso quedó extrañamente desperfilado: no enfatizó los temas socialprogresistas más caros a su tradición, no eligió un discurso más populista de derecha similar al de De Narváez, y tampoco ofreció una síntesis novedosa. Si Alfonsín quiere llegar a octubre sin una sangría de votos debe ofrecer algún relato atractivo sobre su alianza

con De Narávez, si no, correrá el riesgo de espantar al votante radical sin reemplazarlo con ningún otro sector.

El discurso de Binner demostró dos cosas: primero, que a pesar de salir cuarto el FAP imagina como posible seguir creciendo de aquí a octubre y, luego, que para hacerlo irá con decisión a captar a los votantes radicales desencantados con el experimento de la alianza Alfonsín/De Narváez. Para esto, Binner enfatizó el perfil socialdemócrata de su Frente (con una extensa a “los niños pobres”), mencionó a una figura emblemática para el corazón radical como lo es Arturo Illia e invocó el emblema radical de “que se quiebre pero no se doble”.

El discurso binnerista utilizó todos los temas del discurso liberal-progresista urbano más clásico, matizados por una apelación al federalismo. Fue también enfáticamente antipopulista, ya que no apeló a un lazo emotivo directo entre la persona del votante y la persona del candidato. Queda por verse, sin embargo, cuál es la amplitud real que tiene el espacio progresista no populista en el país; los malos resultados de Proyecto Sur en todos el país, el segundo lugar de Binner en su propia provincia y la mala performance de Margarita Stolbizer en la provincia de Buenos Aires plantean ciertas dudas sobre esta estrategia.

Una mención especial merece el discurso de Duhalde, que resultó sorprendente. Los buenos resultados que obtuvo su propuesta, que peleó un segundo lugar con Alfonsín hasta el final, hacían prever un discurso más abierto, general y conciliador, dada la necesidad de sumar votos de aquí a ocubre por fuera de su “núcleo duro” de peronistas antikirchneristas. Nada más alejado de lo que sucedió.

En su discurso, Duhalde pareció seguir más preocupado en impugnar al kirchnerismo que en impulsar al duhaldismo. Para empezar, Duhalde no mencionó ni una sola

orientación concreta para su posible gobierno. Luego, sus tres menciones a “Juan Domingo Perón y Eva Perón” dejaron muy claro que él le habla a un votante exclusivamente y ortodoxamente peronista.

Duhalde además eligió un discurso con una retórica excesivamente violenta y que pareció no haber sido sometida a ningún tipo de testeo. Por caso, un candidato que carga con la fama de alentar acciones conspirativas no debería decir “aspiro a recibir buenas noticias mientras ustedes están durmiendo” ni cerrar su discurso con la frase “le vamos a darle un susto al Gobierno”, ya que estas metáforas resaltan antes que anulan las connotaciones más negativas que ya existen sobre su persona.

Finalmente, hay que resaltar que Duhalde tuvo el dudoso honor de ser el primero en

romper una regla no escrita pero estricta de la política argentina desde 1983 a la fecha, al utilizar la palabra subversión. Al acusar al Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner de contener organizaciones subversivas y antinacionales Duhalde reforzó su apelación a un sector que tiene una visión tremendista del Gobierno, que lo analiza en función de categorías políticas que tienen cuarenta años de antigüedad y que vota, no en función de hacer avanzar una nueva visión de país, sino exclusivamente con el objetivo de dañar al oficialismo por cualquier medio.

Si bien es innegable que este discurso tuvo el mérito de hacer que quien fuera un emblema del voto de los sectores populares del conurbano se transformara en el

candidato más votado en las comunas de Recoleta, Barrio Norte y Barrio Parque de la ciudad de Buenos Aires, es dudoso que el mismo sea exitoso como fundamento de un partido a largo plazo.

(De la edición impresa)

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