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El debate sobre la cadena nacional

20-08-2012
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Muchos presidentes del mundo, CFK incluída, consideran que los principales medios de comunicación tergiversan sus discursos.

La Presidenta utiliza la cadena nacional más que sus predecesores, y la oposición quiere limitarla. Los considerandos del proyecto de ley de la diputada Laura Alonso (Pro-CABA) para eliminar la figura de la cadena nacional del sistema de radio y televisión, dicen que ésta pasó a ser una “pieza de museo”, habida cuenta de la multiplicación de los canales y medios de información que brinda el mundo actual. Y advierte que el uso reiterado de la cadena podría llegar a convertirse en un mecanismo de censura u obstrucción de la prensa, si se aplica para tapar la transmisión de un determinado programa periodístico. En el texto del anteproyecto, imagina un escenario en el cual el Gobierno transmite en cadena nacional cada vez que el programa de Jorge Lanata sale al aire.

No parece el mejor argumento, ya que en realidad la superproliferación de medios de información es lo que en realidad justifica la vigencia de la cadena nacional. Entre tanta oferta, la información gubernamental se pierde, y esto diluye la comunicación entre gobernantes y ciudadanos. Si pensamos en la Argentina de principios de los ochenta, con sólo cuatro o cinco canales de televisión -estatales todos ellos- que transmitían durante doce horas diarias y una docena de radios AM, cuando aún no existían la televisión por cable, la Internet, la telefonía celular ni las FM, la información convergía más fácilmente.

Y por eso mismo, un uso excesivo del recurso de la cadena pudo haber resultado abrumador para una audiencia con pocas opciones. Como ocurrió durante la guerra de Malvinas. En 2012, las cadenas nacionales kirchneristas afectan a la oferta comunicacional como una picadura de mosquito en un elefante. No casualmente, los gobernantes de todo el mundo que sufren por la dificultad para comunicarse con una audiencia saturada de deportes, tiras de ficción y cantantes por un sueño, comenzaron a desarrollar sus propios instrumentos de comunicación para garantizar la difusión de sus mensajes.

Los parlamentos de varios países, como Canadá y los Estados Unidos, poseen sus propios canales de televisión para transmitir sesiones y reuniones de comisión. Y pocas son las oficinas de representantes políticos sin un “prensa” , cuya misión es lograr repercusión en los medios para su jefe. Varios presidentes, no sólo Hugo Chávez, tienen sus propios programas de radio y televisión. A esto debemos sumar que muchos presidentes del mundo, CFK incluída, consideran que los principales medios de comunicación tergiversan sus discursos.

Todo ello abona lo anterior, e inscribe a la cadena nacional argentina en una tendencia que afecta a buena parte de las democracias del mundo. Pero hay otro aspecto en esta cuestión que no hay que pasar por alto, y es la relación que tiene la Presidenta con las cámaras, que es el verdadero disparador del uso de la cadena nacional. En su libro sobre la comunicación de los líderes políticos, que estudia una docena de casos desde Ghandi hasta Khomeini, pasando por Mandela y Jonathan Charteris-Black concluye en forma muy simple: históricamente, los líderes que más acudieron a la televisión... son los que salen bien por televisión.

Y del club de los presidentes argentinos, CFK es la mejor oradora televisiva desde 1983. Sólo es comparable su desempeño con el de otro gran orador, como lo fue Raúl Alfonsín. Aunque éste, que se destacó como un brillante expositor ante los grandes auditorios de la campaña electoral, fue más solemne en su relación con las cámaras y no supo encontrar un tono para infundir optimismo hacia el votante que lo escrutaba desde el living de la casa. Menem, en cambio, fue un buen intimista que manejó la “comunicación amistosa” , pero rehuyó a la retórica presidencial, que no era su fuerte. Kirchner prefirió recrear los marcos del acto público y del mensaje con destinatario. CFK es la única que se lanzó de lleno a la oratoria televisiva. La interacción televisiva tiene otras características, ya que reproduce una relación bilateral con el receptor, sin la mediación del público-masa y es, a su vez, más exigente en formas de imagen y oratoria, que las lentes capturan con detalle.

El televidente es un evaluador del político ante las cámaras, dotado de una perspectiva de la que carecen los auditorios. Lo que hace la Presidenta no es para cualquiera, ya que en las cadenas nacionales no hay red, ni asesor de imagen, ni garantías contra el riesgo de comunicar mal y lesionar su relación con el público.

Al cuestionar el medio de la cadena antes que los contenidos expuestos ?y los riesgos asumidos?, la oposición formalista vuelve a posicionarse erróneamente, ya que le concede a su adversaria que no hay fisuras en su comunicación con la gente.

(De la edición impresa)

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