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El delito juvenil, entre la subcultura de la transgresión y el mundo convencional

05-09-2014
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(Columna de Gabriel Kessler)

El libro de Matza pone en cuestión a las teorías explicativas del delito juvenil vigentes en su época, y todavía mantiene validez

“Delincuencia y deriva”, recientemente traducido al castellano por la editorial Siglo XXI Argentina, fue publicado en Estados Unidos en los años sesenta y representó una importante ruptura con las formas habituales de pensar el delito juvenil. David Matza en esta y otras obras, pone en cuestión a las teorías explicativas del delito juvenil vigentes en su época, gran parte de las cuales no perdieron influencia en el presente, como el funcionalismo, las teorías subculturales y las del control.

En primer lugar, refuta la hipótesis de la diferenciación de lo que llama la “criminología positivista”. En efecto, en lugar de la hipótesis de una adscripción a valores y principios antagónicos respecto de los convencionales, encuentra que quien comete infracciones puede adherir a los mismos valores, principios morales y preceptos que el resto de la sociedad.

Así, efectúa una primera operación incómoda para una criminología y una opinión pública preocupadas por mantener una distancia moral insalvable entre quienes quiebran la ley (o, mejor dicho, determinadas leyes) y quienes no. A decir verdad, tal como sostienen Downes y Rock [1], la ruptura es parcial: Matza no niega un aprendizaje ni la importancia del factor grupal, pero difiere en su concepción acerca de aquello que se aprende.

De allí en más se desarrolla uno de los mayores legados de su obra: las técnicas de neutralización. Para el autor, lo que se asimila en el grupo de pares es una serie de argumentaciones que permiten poner en suspenso la evaluación moral negativa de las acciones ilegales que pueden cometerse. Ellas no son una contracultura de oposición o contestataria sino que dichas técnicas están disponibles para ser aplicadas en ocasiones específicas, sin por eso refutar los principios generales. Una vez que son adquiridas,el individuo ve franqueada la posibilidad de cometer delitos.

Allí se produce la segunda ruptura respecto de las teorías criminológicas, en contra de lo que el autor llama su “determinismo estricto”. Más allá del peso que cada teoría le otorgue a distinta factores sociales o psicológicos, Matza critica la concepción implícita de una compulsión a la acción delictiva. Cuestiona estas teorías por sobredeterminar el delito, al concebir una socialización diferencial que moldearía un individuo comprometido de manera continua con acciones ilegales, ydemuestra que no es así: por un lado, contra la idea de una carrera delictiva que se incrementaría desde la juventud hasta la adultez, sostiene que a lo largo de la vida por lo general se desiste de las acciones ilegales.

Por el otro, nota que, aun en el período en que se delinque, en la mayoría de los casos los episodios son esporádicos y se alternan con acciones convencionales, como la concurrencia a la escuela o la vida familiar. Así, se desbarata la idea ?tan cara al pensamiento sobre el delito? de una alteridad radical entre quienes quiebran la ley y quienes no. Por lo demás, el recurso a las técnicas de neutralización no forzaría al individuo a quebrantar la ley, sino que le permitiría ingresar a un estado que se denomina drift, “deriva”.

La deriva es una fase en la cual los jóvenes pueden quebrantar ciertas leyes en determinadas ocasiones y contextos pero sin estar condicionados a hacerlo, ni mucho menos a hacerlo todo el tiempo. Se trata de un estado que, como señala el autor, se aparta tanto del libre albedrío pleno como del determinismo estricto o “duro”. No es determinismo, como se dijo, porque no hay una coacción que fuerce a delinquir. Tampoco es un libre albedrío total, porque no cualquier individuo está emplazado en la deriva. Matza restablece las condiciones estructurales del ingreso a ese estado y señala que acontece sobre todo en determinadas franjas subalternas de la población juvenil.

Señalábamos que la ruptura con las teorías subculturales era parcial: Matza afirma que existe una subcultura del delito, pero que no consiste en una subcultura delictiva. Lejos de ser un juego de palabras, aquí radica otra de sus hipótesis más valiosas. Asevera que existe una subcultura del delito, pero que no se caracteriza por aquelloque la opone a la cultura convencional, sino más bien por lo que la acerca a esta. En efecto, esa cultura compartiría, a menudo en versión hiperbólica, elementos presentes de forma más o menos soterrada en la cultura hegemónica: cierta concepción de la masculinidad, la valoración del éxito y la ganancia rápida, una actitud ambigua de atracción y repulsión frente a la violencia, la reacción contra el aburrimiento de una vida austera y pautada.

Estas son algunas de las claves de lectura de un libro que es una rara avis en el campo de la sociología anglosajonade la transgresión. Lo es porque vuelve a situar el tema del delito, como lo hicieron los padres fundadores de la sociología, en el centro de la reflexión, librándose de una pesada carga: gran parte de la criminología asoció las acciones ilegales a sujetos, identidades y culturas radicalmente diferentes. Así, el concepto de técnicas de neutralización es útil para pensar la puesta en suspenso del juicio moral del que muchos individuos hacen gala para justificar acciones ilegales de todo tipo (desde fraudes y corrupción hasta distintos crímenes violentos); la apuesta por un determinismo débil o “blando” es adecuada para pensar las movilidades laterales entre trabajo, escuela y delito que encontramos en nuestro país cuando lejos de una “carrera delictiva” a tiempo completo, encontramos el tipo de alternancia entre acciones convencionales e ilegales que Matza bien definió con su idea de deriva.

De este modo, tanto el delito juvenil, el objeto del libro, como de otras acciones en conflicto con la ley, encuentran en “Delincuencia y deriva” una cantera de ideas y abordajes que siguen siendo novedosos.La incomodidad que este libro causó en las corrientes hegemónicas de la criminología fue proporcional al soplo de aire fresco que generó desde el momento de su publicación original y lo transformó de algún modo en un libro de culto y de gran utilidad para la investigación y reflexión no sólo sobre el delito juvenil sino también sobre otras cuestiones en las que se entrelazan estructura, subjetividad, normas y acción social.

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