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El dilema de Moyano

18-02-2012
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(Columna de María Esperanza Casullo)

No queda claro cuál es el “éxito” al que Moyano apunta. Paritarias, el Partido Justicialista y 2015.

Según indican los eventos de las últimas semanas (o meses, si contamos desde su ausencia al acto de asunción al segundo Gobierno de Cristina Fernández Kirchner) Hugo Moyano, el secretario general de la CGT y dirigente histórico del sindicato de choferes de camiones, ha resuelto avanzar en un camino de confrontación abierta con el Gobierno kirchnerista. No interesa, a fines de esta nota, los motivos de esta confrontación, sino evaluar sus posibilidades de éxito. Tampoco entraremos a analizar si quien "rompió" fue Moyano o Cristina Fernández; seguramente, ambos dirían que la responsabilidad la tuvo el otro. Lo que importa es evaluar las chances de éxito de una trayectoria de enfrentamiento aún mayor por parte de la CGT.

Para decirlo sintéticamente, las chances de Hugo Moyano de prevalecer en el enfrentamiento con la Presidenta son relativamente escasas. Vale aquí una aclaración: hay que diferenciar entre las metas de los diversos sindicatos que conforman el movimiento sindical, y las metas personales del secretario general. Justamente, este es un dato novedoso de este escenario: pareciera existir alguna distancia entre los objetivos específicamente sindicales, y los objetivos políticos personales de Hugo Moyano.

La primera dificultad al intentar imaginar cuál sería el escenario posible más favorable al dirigente camionero en un enfrentamiento abierto con el Gobierno es que no queda claro cuál es el "éxito" al que Moyano apunta. ¿A obtener aumentos del 25 al 30 por ciento en las paritarias? ¿A ganar poder dentro del justicialismo, desbancando a las actuales autoridades? ¿A posicionarse para el 2015?

Pueden distinguirse diferentes niveles de demanda distintos. Los tres están o han estado presentes en las reivindicaciones del líder sindicalista en los últimos tiempos. El primer nivel tiene que ver con temas estrictamente sindicales (las paritarias "sin techo", la elevación del piso del impuesto a las ganancias, la defensa del control sindical de las obras sociales, etc.) y, por lo tanto, es inmediatamente comprensible y hasta legítimo en tanto demanda. Sin embargo, una cuestión que vuelve más confuso el posicionamiento de Moyano es que en su discurso este primer nivel se mezcla con otros dos tipos de demandas: uno referido a la disputa interna dentro del Partido Justicialista (su insatisfacción con los lugares que obtuvo el sindicalismo en las listas de diputados y su renuncia a la vicepresidencia del justicialismo) y otro que indica de manera oblicua a problemas en su relación personal con la Presidenta.

Ninguno de estos tres racimos de demandas son ilegítimos en sí mismos. Sin embargo, su misma coexistencia hace difícil articular un sólo discurso coherente. Resulta muy difícil entonces determinar concretamente cuál es el objetivo concreto de la disputa. En concreto, en el posicionamiento discursivo aparece, a primera vista, una falta de proporción entre los niveles de agresividad del discurso y la gravedad aparente de los temas estrictamente sindicales. El Gobierno ha dicho repetidamente que no va a acotar las paritarias a una cifra determinada, y los aumentos pactados hasta ahora son importantes. En cuanto a los otros dos temas (ganancias y obras sociales), existen también márgenes de negociación. No queda claro, entonces, la razón de la escalada.

En cuanto a la cuestión del posicionamiento interno del sindicalismo en el justicialismo, estos reclamos pueden ser legítimos, sin embargo, no son, strictu sensu, reclamos sindicales. También tienen el problema de ser inespecíficos: las listas, bien o mal, ya fueron cerradas y los diputados están sentados en sus bancas. La renuncia a la vicepresidencia del PJ no deja de ser testimonial. Sin mencionar que su mismo asunción fue vista con malos ojos por el PJ territorial bonaerense.

Es decir, los tres niveles de demandas no son fáciles de articular porque, en un punto,

se contradicen entre sí. Ni el sindicalismo es igual al peronismo, ni mucho menos igual a una parte importante del electorado en general. ¿Qué es, en concreto, lo que Moyano desea conseguir de este enfrentamiento? No resulta fácil dar una respuesta a esta pregunta. Lo cual nos lleva a otra dificultad. Si algo debe saber un observador mínimamente atento de la política argentina desde 2001 hasta hoy es que para tener éxito en una disputa política que vaya más allá de un problema sectorial puntual contra un gobierno con un grado mínimo de popularidad (como el de una Presidenta votada por el 54%), es que es absolutamente imprescindible poder interpelar y lograr la solidaridad de un sector, si no mayoritario, al menos sí más amplio de la opinión

pública. Esta fue la clave, por ejemplo, del éxito de las cámaras empresariales agropecuarias, que en 2008 lograron instalar de manera exitosa la apelación universalista "el campo somos todos" y escaparon de una posición estrictamente sectorial. También supieron articular una apelación más general los sindicatos docentes que armaron la Carpa Blanca como manera de romper con una imagen excesivamente agresiva de protesta sindical.

Para plantear una oposición frontal al Gobierno de la presidenta Fernández de

Kirchner, que cuenta hoy con la fortaleza de su victoria electoral reciente, Moyano debería articular una posición que vaya, por lo menos desde lo discursivo, más allá de reclamos sectoriales, por más legítimos que estos sean. O sea, si realmente Moyano quiere la posibilidad real de «un presidente de los trabajadores » deberá en algún momento dejar de hablar como un sindicalista, y comenzar a hablar como un político (tal y cual lo hizo Lula, entre otros).

Por supuesto, el problema es que, al menos hoy, y dado el contexto de enfrentamiento, Moyano debería dejar de hablar sólo para “los trabajadores”, o inclusive “los peronistas”, para comenzar a hablar como un político claramente opositor. Esto, a su vez, sería equivalente a romper con una parte importante de sus propias bases que, como él mismo lo admitió, votaron mayoritariamente a Cristina en las últimas elecciones presidenciales.

Este problema no lo tenía la dirigencia empresaria rural, ya que representaban sectores sociales en donde el kirchnerismo era ya de por sí una opción minoritaria. El dilema es que, si apunta a apelar a otros sectores sociales y políticos, que no son ni sindicales ni peronistas, podría perder apoyo entre las bases del movimiento obrero. Nadie puede negar que, a lo largo de toda su trayectoria, Hugo Moyano se ha revelado como un dirigente y un político hábil y decidido, que no dudó en realizar apuestas de alto riesgo, como la fundación del MTA durante los noventa. Sus acciones en los últimos meses, sin embargo, parecen estar caracterizadas por un grado mayor de ambigüedad.

La finalización de las paritarias dará la pauta de si el curso de enfrentamiento es real, o su amenaza es un gesto en el complicado kabuki de las negociaciones tripartitas. De ser lo primero, sin embargo, se estará entrando en un proceso de final abierto y donde, repetimos, resulta difícil comprender de antemano cuál es el objetivo buscado por el líder camionero.

(De la edición impresa)

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