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El Dragón y la sucesión

05-03-2012
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(Columna de opinión del investigador y sinólogo Sergio Cesarín -Conicet y Untref-)

La dinámica resolutiva del recambio dirigencial revela las aspiraciones de los líderes chinos por transmitir seguridad y previsibilidad.

En plena travesía por el año del Dragón de Fuego, China se en - cuentra inmersa en una transición hacia una nueva dirigencia política que regirá los destinos del país hasta el 2023. El Dragón es el símbolo de China, y una criatura mitológica adorada por quienes aspiran imitar sus virtudes, vigor y fortaleza pero también temida por aquellos que asimilan su figura con trágicos acontecimientos naturales y períodos de sobresalto e inestabilidad política. Cada vez que el Dragón se mueve, expresa la creencia popular, es posible que un conmovedor suceso enlute el alma china. Así sucedió, por ejemplo, en 1976 cuando se produjo la muerte de Mao Zedong y el terremoto de Tangshan arrasó miles de vidas, o cuando en 1988 las primeras manifestaciones callejeras precedieron la posterior movilización estudiantil con centro en Tiananmen, cruentamente reprimida en junio de 1989.

Sin embargo, para desalentar viejas creencias y atenuar el inquieto espíritu del Dragón, no es este el escenario que caracteriza la actual transición. Las respuestas residen en varios factores. En primer lugar, el cambio de mando ha sido preparado, acordado y consensuado para dar cabida a una “suave transición” que evite emular discordias y dudas como las que caracterizaron el ascenso de la “cuarta generación” de líderes políticos, hoy aún en el poder.

A diferencia del anterior, y aún cuando las diferencias de criterio y enfoques sobre el futuro de China persisten entre los nuevos dirigentes, la dinámica resolutiva (centralismo democrático) y secuencialidad del recambio dirigencial destacan las aspiraciones de los líderes chinos por transmitir seguridad y previsibilidad, tanto a nivel interno como hacia el exterior. En segundo lugar, si un rasgo destacado de la pasada transición fue su carácter “intergeneracional”, la actual se destaca por ser “intrageneracional” y un canal de apertura para el ascenso de jóvenes líderes provinciales que verían coronadas sus aspiraciones de ocupar puestos relevantes en el Estado, gobierno y partido a partir de 2013.

En tercer término, por sus alcances, la transición es amplia y profunda debido a que no sólo se han de renovar los más altos cargos de gobierno, sino también del Partido (PCCh), la Comisión Militar Central (CMC) y la estructura del máximo órgano de conducción política del país como es el Buró Político del Comité Central del Partido Comunista Chino con el reemplazo de nueve de sus once miembros. En cuarto lugar, la entrante dirigencia es una “síntesis” del consenso interno alcanzado en el seno del PCCh entre las dos principales corrientes internas de pensamiento: los denominados “príncipes o hijos de revolucionarios” (princelings) y los “cuadros puros” (tuanpai), reconocidos por carecer de credenciales familiares de peso y forjar su ascenso en la estructura de poder basados en propios méritos y eficiente gestión.

XI Y EL FUTURO

En este contexto, se inscribe la elección de quien ocupará el cargo de secretario general del PCCh desde octubre de 2012 y la presidencia del país a partir de marzo de 2013: el actual vicepresidente Xi Jingping. Xi, que ocupa además el sexto lugar entre las nueve posiciones del Buró Político y preside la Escuela Central del PCCh, es considerado un princeling (es hijo de Xi Zhongxun, uno de los héroes de la revolución china) y protegido del ex presidente Jiang Zemin (1993-2003). Con experiencia en la gestión de asuntos económicos en ciudades como Shanghai y la provincia de Zhejiang, sus méritos quedaron al descubierto cuando resolvió exitosamente la organización de los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008.

La figura de Xi también es reconocida en el exterior. Sus contactos con líderes europeos y la reciente visita al presidente Barack Obama en Estados Unidos, marcan la necesaria sintonía que ambos líderes deben prodigarse en tanto rigen los destinos de las dos más poderosas naciones del planeta. Cabe destacar también que el entrante Presidente es doctor en química y en ciencias políticas, lo cual es indicativo tanto del perfil “técnico” que lo asimila al resto de correligionarios formados en ciencias duras en distintas universidades del país o la ex URSS, así como de su interés por conocer lógicas y ecuaciones políticas que no suelen responder a la exactitud de los cálculos matemáticos y pueden ayudarle a superar conflictos y tensiones que atraviesa la China de hoy.

Como nota destacada sobre el balance interno de poder y alternancia en el gobierno, será acompañado en la vicepresidencia por el hoy vicepremier Li Kejiang, considerado un tuanpai y séptimo en orden de precedencia en el Buró Político del PCCh. El movimiento de ascenso de la nueva dirigencia hacia los máximos niveles de conducción incluiría también a otros jóvenes dirigentes como el secretario general del PCCh de la ciudad Chongqing, provincia de Sichuan, Bo Xilai (princeling), con un perfil más Estado intervencionista, y el secretario general del PCCh de la provincia de Guangdong, Wang Yang, partícipe de una línea más “liberal”.

En lo concreto, y siguiendo una rigurosa liturgia simbólica típica del legado confuciano, el proceso de recambio dirigencial comenzó en octubre de 2010 cuando Xi Jingping asumió la vicepresidencia de la estratégica Comisión Militar Central (CMC) que controla las poderosas fuerzas armadas chinas. Continuará en octubre de este año cuando en oportunidad de celebrase el XVIII Congreso del PCCh sea nombrado Secretario General y en lo procedimental culminará en marzo de 2013 cuando asuma la presidencia del país, cerrando así un “círculo” de control sobre los tres principales ámbitos de poder en China: la CMC, el partido y el gobierno.

Finalmente, la nueva dirigencia china asumirá con la atención puesta en desafíos que marcarán su agenda hasta comienzos de la venidera década. Lejos del ideal de “sociedad armoniosa” propuesto por el saliente mandatario Hu Jintao, entre los principales demandas se cuentan crecientes tensiones sociales producto de la mayor inequidad distributiva, ralentización del crecimiento económico (la consultora Nomura estima en 7,9% el crecimiento del PIB en 2012), inflación reprimida, denuncias sobre corrupción en cuadros partidarios, freno a las expropiaciones ilegales, aumento en los costos laborales, deterioro medioambiental, vestigios de una “burbuja inmobiliaria”, descontento juvenil traccionado por redes sociales consideradas oficialmente contestatarias del régimen, y creciente descontento popular por carencias en los sistemas de salud y seguridad social. La promoción de la democracia política, tal como ocurre desde el inicio mismo de las reformas en 1979, figura también en la plataforma del nuevo gobierno.

En consecuencia, es de esperar que tanto para mantener el delicado equilibrio político interno (tuanpai-princelings) como para atenuar demandas sociales insatisfechas, la nueva dirigencia china centrará sus esfuerzos en la promoción del crecimiento, en políticas redistributivas y en la reconstrucción del deshecho Estado de Bienestar.

(De la edición impresa)

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