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El espejo del vicepresidente Teisaire

24-04-2012
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En su afán por borrar el “efecto Cobos”, Boudou interpreta un libreto que evoca mal al peronismo de los '50.

Mucho se ha escrito sobre las funciones del vicepresidente en la historia política argentina y sobre sus desventuras en la historia del peronismo en particular. Más que complementar y fortalecer la fórmula presidencial, a la usanza estadounidense, en nuestro país el vicepresidente ha tendido a servir, muchas más veces, para amortiguar y neutralizar los condicionamientos y presiones sobre el Presidente por parte de las fuerzas que integrarían su coalición política de respaldo.

El Presidente, como supremo elector, tendría de tal modo que escoger no a quien surgiera como figura más votada o con mayor representación territorial sino a aquella figura que no le hiciera sombra, se alineara mejor bajo su ala y le aportara una llegada a sectores ajenos a su núcleo central de apoyo. Una rápida recorrida por la historia de las fórmulas peronistas así permite evidenciarlo: un viejo radical cismático, Hortensio Quijano; un almirante herético, Alberto Teisaire, y su propia esposa Isabel acompañando a Perón en sus tres presidencias; un conservador popular ya anciano, Vicente Solano Lima, como compañero del también ex conservador Héctor Cámpora en 1973; el chaqueño verticalista Deolindo Bittel junto a Italo Luder en la fórmula del '83 y luego las piezas maestras del riojano Carlos Menem para reinar sobre el peronismo durante dos presidencias, Eduardo Duhalde en el '89 y Carlos Ruckauf en el '95. Así podemos seguir: el cantante y político tucumano Palito Ortega acompañando a Duhalde a la derrota en el '99; el motonauta y secretario de Turismo Daniel Scioli entrando junto a Néstor Kirchner en el 2003 y luego, ya sabemos, la etapa de la transversalidad y la convergencia con el radical mendocino Julio Cobos hasta llegar al “independiente” Amado Boudou ungido por Cristina como esperanza blanca y fiel escudero en 2011.

Perón buscaría siempre una figura “tapón”, que le permitiera mantener los delicados equilibrios entre las ramas política y sindical del movimiento. Así fue desde los orígenes del partido peronista, montado sobre el laborismo y agregándole ex radicales y conservadores. En los casos de los últimos treinta años funcionó más la lógica de las alianzas territoriales: candidato metropolitano elige acompañante provincial; candidato provincial elige acompañante metropolitano o bonaerense. Más cerca en el tiempo, los antecedentes de la fallida experiencia con Cobos, hicieron que Cristina buscara un segundo incondicional que le evitara desengaños y sinsabores, y el joven economista de formación neoliberal que mostrara ser un eficiente ministro de Economía le aportaría además la frescura de la novedad y la vehemencia pretenciosa de su imagen canchera. Un candidato perfecto, por otro lado, para contraponerle a Mauricio Macri y disputarle el electorado metropolitano más sensible a la política frívola, el realityshow, la pantalla televisiva y el Twitter.

Seis meses después, la gestión del vicepresidente se juega en los Tribunales por las sospechas de tráfico de influencias y negociaciones incompatibles con la función pública. No se sabe aún qué pudo más, si la lealtad o la ambición, pero lo cierto es que Boudou ha resuelto fugar hacia adelante atando todo examen sobre su comportamiento al relato de la lucha contra las mafias. No conforme con insistir en una bizarra versión que ubica a Magnetto, Clarín y La Nación como arietes de una conspiración antinacional, antipopular y antidemocrática, el vicepresidente sumó a esta lista de enemigos al Poder Judicial y los jueces federales que “osan” investigar denuncias de corrupción en el Gobierno.

Boudou llega así a la fase shakespeareana de su lugar en la historia: ser, y con ello aumentar su capacidad de daño sobre la Presidenta, o no ser, esto es, transformarse en otro fusible en el momento en que su actuación empieza a arrastrar o afectar la investidura presidencial. La parábola de este vicepresidente, encumbrado a la cima por el voto popular y el dedo de la Presidenta, hace recordar a la de Teisaire, único en la historia surgido de una elección directa para cubrir sólo ese cargo.

Cuando muere Quijano, Perón convoca a comicios vicepresidenciales en 1954 y Teisaire es elegido por un abrumador caudal de votos. Se había transformado en el más fervoroso defensor de Perón, con flamígeras diatribas contra la oposición que llegaron a atizar los fuegos del enfrentamiento con la Iglesia en el peor momento de su segunda presidencia. “Se está con los peronistas o contra los peronistas”, solía decir. Nadie le pedía al ex contralmirante esas manifestaciones de lealtad: para mostrarle al líder y a sus adversarios internos pruebas de su fe incondicional, el hombre se veía compelido a redoblar la carga de su artillería verbal. Destino truncado el de estos vicepresidentes que llegan ungidos de un apoyo popular que no les pertenece, sino como acompañantes secundarios y amortiguadores del Príncipe republicano, Líder carismático, Jefa de la Nación, o Presidente “de todos los argentinos”, según se prefiera, cuando se ven tentados por la fruta prohibida que les promete convertirse en miembros de la Familia Real o elegidos para comandar una epopeya.

La historia de cómo terminaron Teisaire y el Presidente al que decía defender “hasta las últimas consecuencias” es conocida y nada tiene que ver, por fortuna, con el presente; pero vale la pena recordar que aquel fervor peronista trocó en un increíble “arrepentimiento” tras la caída de Perón, a quien su ex aliado más fiel acusaría de ser el causante de todos los males del país con tal de salvar su pellejo o, acaso, al reconocer que unos y otros lo habían dejado solo.

(De la edición impresa)