jue 28 Oct

BUE 23°C

jue 28 Oct

BUE 23°C

El “formato Dilma” de sucesión

07-09-2012
Compartir

(Columna de opinión de Nicolás Tereschuk, co-editor de artepolitica.com)

La transición de Lula a Dilma en Brasil puede ser otra variante para que el kirchnerismo tramite su sucesión.

Medios de comunicación, acérrimos dirigentes opositores a Cristina Kirchner y un sector de sus propios partidarios han empezado a hablar de una nueva reelección presidencial en la Argentina. Explorar esa posibilidad requiere de distintos análisis que abarquen el mapa del Congreso, el electorado, los pactos y tensiones entre la dirigencia política así como la topografía de una sociedad que muestra no pocas fragmentaciones. ¿Es posible pensar en otro formato de “sucesión” presidencial? ¿Sería posible un escenario en el que, de llegar con un importante nivel de respaldo social hacia 2014, la Presidenta pudiera “transferir” parte de esa popularidad a un eventual sucesor? Dicho de otra manera, ¿es posible el “formato Dilma” de sucesión presidencial?

“La reforma constituyente es urgente porque el kirchnerismo no tiene otro candidato que Cristina Fernández de Kirchner”, advirtió pocos días atrás la intelectual oficialista María Pía López, integrante de la agrupación Carta Abierta. Si se considera a otros dirigentes peronistas como enfrentados a las políticas del kirchnerismo y se toman como válidas la mayoría de las encuestas actuales, la afirmación parece inapelable. Pero no es la única estrategia que tiene frente a sí el oficialismo.

¿Es imposible considerar que otro dirigente afín a la Presidenta pueda convertirse en un exitoso candidato presidencial? Vale la pena recordar algunos de los elementos de lo ocurrido dos años atrás en Brasil para evaluar si puede ser comparable con algún esquema cierto de sucesión política en la Argentina. En marzo de 2008, más de dos años antes de ser consagrada como candidata presidencial, un sondeo de Folha de São Paulo mostraba a Dilma Rousseff con 3% de intención de voto, mientras que quien sería su contendiente, José Serra, sumaba 38%. Recién a mediados de 2010, la postulante del Partido de los Trabajadores (PT), superó a su competidor en intención de voto.

La fragilidad de Dilma como posible candidata oficialista, a pesar de ser por entonces la funcionaria de mayor rango en el gobierno de Lula, formaba parte del sentido común interno y externo. Cualquiera que la busque puede leer en la entrada de Wikipedia sobre Rousseff una nota de la revista británica The Economist que para abril de 2008 lo expresaba con claridad: “Ella no es aún una candidata viable para la elección de 2010. Es poco conocida fuera de los círculos atentos a la política”. La revista le reconocía un “pasado interesante” y una mezcla de “carisma personal y firmeza”, a lo que sumaba a su perfil técnico. No le daba, de todos modos, posibilidades como candidata exitosa para el PT.

Había, además, otro elemento en juego: Rousseff no había participado nunca de una elección nacional. De secretaria de Hacienda en Porto Alegre había pasado por un ministerio estadual, luego por uno nacional y, más tarde, a ser jefa de la Casa Civil ?similar a jefe de Gabinete? de Lula. Una gran carrera políticotécnico- administrativa, aunque sin paso por las urnas. Serra parecía la contracara: se trataba de un probado dirigente nacional y con amplio nivel de conocimiento en el electorado “presidencial” brasileño. El constante ascenso de Dilma en las encuestas desde que fue consagrada candidata por el PT en junio de 2010 pareció basarse en tres elementos, según un interesante trabajo de la investigadora Erica Anita Baptista Silva, de la Universidad Federal de Minas Gerais:

-Por un lado, el elemento “personalista” determinado por el fuerte apoyo de Lula Da Silva a su sucesora, en base al alto nivel de adhesión del ex presidente.

-A eso se sumó, también, en paralelo, una fuerte identificación de Dilma como representante del PT en la elección. El “sentimiento petista” salió a relucir, sobre todo en la segunda vuelta con Serra, ante una serie de ataques y un recrudecimiento de la campaña negativa por parte de la oposición. Este elemento es para destacar, si se tiene en cuenta que la actual presidenta brasileña no es una “petista” de toda la vida, sino más bien reciente.

-Un mensaje centrado en la “gratitud” por los avances logrados durante los dos primeros mandatos de Lula y una amenaza de “retroceso” con respecto a esas políticas.

Algunas cuestiones extra en aquella “transferencia de carisma” fueron el hecho de que la de 2010 fue la primera campaña presidencial que el PT encaró sin Lula como candidato, en el marco de un conjunto de situaciones en las que primó la voluntad del saliente presidente y la de la estructura del partido.

¿Sería posible para el kirchnerismo esta modalidad de “transferencia de poder”? ¿Qué posibilidades tendría de desarrollar este tipo de estrategia cuando, a diferencia de Brasil, no se cumplirán en 2015 ocho años del mismo signo político sino doce? ¿Es posible para Cristina Kirchner encarar un traspaso de mando que la ubique como “gran electora” pero que, a la vez, la deje a futuro fuera de los resortes directos del poder? ¿Y qué hay de una “primera vez” del kirchnerismo sin el apellido Kirchner en la boleta principal?

Otra diferencia a tener en cuenta es la vigencia en la Argentina de las internas abiertas, obligatorias y simultáneas, esquema que en Brasil Rousseff no tuvo que sortear ya que sólo debió atravesar una aprobación partidaria, en el marco de una estructura rendida a los pies de su líder histórico.

A más de tres años de las elecciones presidenciales ya se barajan alternativas de sucesión, por lo que seguramente habrá que acostumbrarse a idas y vueltas, globos de ensayo, amagos y operaciones mediáticas en torno a 2015. Pero comenzar por ver lo ocurrido políticamente en los países de la región, en el contexto de una América Latina que atraviesa distintas modalidades de cambio económico, puede resultar pertinente.

En esta nota