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El futuro del Gobierno se juega en La Matanza

21-09-2016
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El mejor enemigo de Cambiemos es el kirchnerismo y el peor adversario es Sergio Massa porque reúne votos no peronistas.

Si Macri quiere completar su mandato tiene que ganar las elecciones intermedias, y las elecciones intermedias se ganan o se pierden en la provincia de Buenos Aires”. El analista chupa hasta el ruido y deja el mate en el escritorio. “No me creas a mí ?sigue?. Preguntale a De la Rúa o a los que estuvieron con Alfonsín”.

Es la enésima vez que la provincia aparece como madre de todas las batallas. ¿Es verdad que los presidentes caen cuando la pierden? Si así fuera, ¿puede este presidente ganarla?

En abril de 1931 se realizaron elecciones para gobernador bonaerense. Confiada, la dictadura de Uriburu las había convocado para generar un efecto dominó en el interior. Pero el radicalismo tenía otros planes y se alzó con la victoria. Fue el certificado de defunción para el gobierno. La anulación inmediata no logró evitar la caída del gabinete y, poco después, del presidente.

Algo similar ocurrió con las elecciones bonaerenses de marzo de 1962. La victoria del peronista Andrés Framini llevó a la anulación del resultado, según exigieron los mandos militares. Aún así, Frondizi terminó removido del cargo.

En ambos ejemplos estaba en juego la gobernación. En 2017, en cambio, sólo se disputan cargos legislativos. Se trata de una elección intermedia en una democracia madura. Además de distribuir menos poder institucional, es normal que el voto se fragmente más que en una elección ejecutiva. ¿Será correcto, entonces, darle tanta importancia? Examinemos la evidencia.

El cuadro adjunto muestra los porcentajes para diputados nacionales obtenidos por las tres primeras fuerzas en todas las elecciones intermedias desde 1983. Del análisis derivan las siguientes conclusiones:

1) No existe ventaja del oficialismo. Los presidentes en ejercicio ganaron cuatro elecciones y perdieron cinco; los gobernadores ganaron cinco y perdieron cuatro. Historia pareja anticipa futuro incierto. A pesar del temor que generaban el aparato de Menem y Duhalde primero y el de los Kirchner después, ambos sufrieron derrotas cruciales. Dos de ellas condicionaron las carreras de sus líderes: Duhalde acabó por perder la elección presidencial en 1999 y Cristina no logró imponer a su sucesor en 2015. En 2017 también se corre sin caballo del comisario.

2) Sólo una vez la segunda fuerza superó el 40% de los votos; en ninguna otra oportunidad alcanzó el 35%. Como en un espejo, el ganador nunca bajó del 35% y en todas las elecciones (menos dos) superó el 40%. En síntesis: salvo circunstancias atípicas, la próxima elección se gana con el 35% (por ser el piso del vencedor y el techo del desafiante). Este porcentaje es pan comido para un peronismo unido.

3) Las terceras fuerzas son irrelevantes en términos de construcción política pero pueden definir el resultado si dividen al peronismo, el espacio electoral más poblado de la provincia. Sin embargo, el peronismo podría ganar aún dividido si un fragmento fuera suficientemente grande. La estrategia de Cambiemos es equilibrar los pedazos, de modo que el FPV y el Frente Renovador no se unifiquen pero tampoco se saquen ventaja. Sería letal que la estrategia nacional y la provincial colisionasen en la definición de socios y adversarios.

El mejor enemigo de Cambiemos es el kirchnerismo. La candidatura de Scioli o de Cristina lo benefician.

El peor adversario de Cambiemos es Sergio Massa. Primero, porque aparece con proyección de futuro. Segundo, porque es el único capaz de unificar al peronismo. Tercero, porque pesca votos en el espacio no peronista, que es donde yace la reserva natural de Cambiemos.

El kirchnerismo podría dispersarse si Cristina no se presenta y Randazzo no juega. Además, si los caudillos territoriales se sienten atacados por el gobierno, tenderán a agruparse. Massa los atraería porque ofrece un paraguas electoral y un escudo legislativo en La Plata.

Si este análisis es correcto, el proyecto oficialista de dividir La Matanza fue un error o una trampa. Espantar al peronismo es empujarlo hacia la unidad.

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