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El kirchnerismo, “un peronismo en sí mismo”

07-07-2015
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La fórmula Scioli-Zannini congela la discusión sobre si el kirchnerismo subsume al peronismo o es una parte de éste

Es conocida la propensión del peronismo a constituirse como “un sistema político en sí mismo”, idea desarrollada por Juan Carlos Torre: un movimiento que tiende a internalizar en su seno a oficialismos y oposiciones, izquierdas y derechas, liberales y estatistas, leales y traidores. El kirchnerismo se debatió durante estos doce años entre su pretensión de ser la instancia superadora de ese peronismo “atrapa-todo” o, sencillamente, representarlo como versión actualizada de aquella característica movimientista e ideológicamente ecléctica. La primera tesitura tuvo dos etapas, una inicial, más institucionalista, que proponía una “normalización” del sistema de partidos en la que le tocaría al kirchnerismo el lugar del partido de centroizquierda en competencia con otro polo de centroderecha, y otra posterior, movimientista o hegemónica, en la que le cabría el papel del “tercer movimiento histórico”, una síntesis superadora de los movimientos nacionales y populares. La segunda tesitura interpretó al kirchnerismo como la expresión históricamente situada de lo que el peronismo representó en cada etapa, un fenómeno genuinamente peronista, es decir contenido en el interior de sus contornos, capaz de agregar otros sectores, en este caso provenientes de la izquierda.

Las PASO para las elecciones de este año suscitaron una dinámica novedosa en la que parecía que este debate podría zanjarse a través de la competencia electoral, la deliberación pública y la participación democrática. El discurso monolítico del kirchnerismo había empezado a mostrar los principios de un debate interno abierto a la sociedad, con precandidaturas que esbozaban distintos acentos, líneas y orientaciones. Era la consecuencia natural de la estrategia de Cristina: esmerilar a Daniel Scioli con varios precandidatos kirchneristas para condicionar su candidatura presidencial. Luego vino la sugerencia presidencial del “baño de humildad” que dejó solo en la carrera a Florencio Randazzo. Quedaba así reducida la preselección a las dos expresiones del poskirchnerismo: una más peronista y la otra más kirchnerista.

El acuerdo Cristina-Scioli, terminó con la competencia interna por la candidatura presidencial, forzando el retiro de Florencio Randazzo y consagrando la fórmula Scioli-Zannini, congela ese debate y la discusión sobre si el kirchnerismo terminará subsumiendo al peronismo o constituyendo una parte de éste. Y así como el peronismo puede ser casi un sistema de partidos en sí mismo, el kirchnerismo se traslapa sobre esa misma superficie para presentarse como “un peronismo en sí mismo”. Lo explicó así Carlos Raimundi, ex radical y referente de Nuevo Encuentro, diputado nacional por el Frente para la Victoria, estimando que la fórmula presidencial “sintetiza el espacio kirchnerista” ya que expresa, por una parte, el papel que tiene la estructura territorial más tradicional del PJ que se venía pronunciando por Scioli a través de algunos intendentes, gobernadores y dirigentes sindicales, y por otra parte, “la impronta de Néstor y Cristina que toma como columna al justicialismo pero que lo amplió con nuevas incorporaciones, más propias de este tramo del kirchnerismo, como lo es la transversalidad, la juventud y muchas organizaciones políticas y sociales”. Raimundi opinó además que esta fórmula “es tranquilizadora, en el sentido de que da la sensación de que ese hombre que siempre estuvo en disputa, tironeado (Daniel Scioli), lo inclina más hacia este lado aún cuando conserve su propio estilo, por lo que no se va a perder el rumbo general del proyecto”. Para Raimundi, la compañía de Carlos Zannini genera un reaseguro de continuidad, “ya que es quien mejor expresa todo este proyecto nacional y popular que seguimos defendiendo junto a millones de argentinos y del cual estamos enamorados”.

En su libro "El futuro del kirchnerismo", Eduardo Jozami recuerda una frase de Jorge Abelardo Ramos, en 1973, cuando el acceso de Perón a la presidencia resultaba indiscutible después de la renuncia de Héctor Cámpora: “Yo voto la fórmula Perón-Drácula”. El dirigente de la izquierda nacional quería significar que el candidato a vicepresidente sería elegido por Perón y que debía aceptarse a cualquiera porque en última instancia resultaba irrelevante. Recuerda luego lo que le costó al peronismo ?y al país? la consagración de Isabel Perón como vicepresidente y reconoce que “Perón no actuó en la elección de su sucesora como el gran estratega político que había sido”.

Jozami trae a colación aquel recuerdo para marcar las diferencias, “¿Acaso nos enfrentamos hoy con un riesgo similar?”, se pregunta, planteándose si Scioli no representará un fenómeno parecido. La respuesta que ensaya es demostrativa de fortalezas y debilidades; ahora es distinto, dirá, no porque hayan cambiado los métodos sino la relación de fuerzas: “Si la presidenta mantiene altos niveles de aceptación social y un indiscutido liderazgo en su movimiento, ¿Cómo explicar que impedida ella de ser nuevamente candidata quien aparece con mejores posibilidades es un dirigente que siempre estuvo lejos de identificarse con las más profundas realizaciones del decenio que encabezaron Néstor y Cristina?”. Cristina zanjó el problema cerrando el capítulo de la competencia interna e imponiendo sus candidatos. Como escribe Horacio Bustingorry, en la Agencia Paco Urondo: “El nunca descartable giro conservador de Scioli tendría un contrapeso desde el riñón del kirchnerismo más puro. La resistencia también se haría desde adentro..” (“Zannini y el kirchnerismo de resistencia”) Scioli debería convivir de aquí en más con el aliento de los guardianes del Proyecto en su nuca y la suprema conductora marcándole el paso. Scioli- Zannini: no se sabe quién cumplirá aquí, para sus votantes, el papel de Drácula.

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