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El ombligo del monotributista

Federico Recagno 28-06-2021
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Por Federico Recagno (*)

El mundo del monotributo es heterogéneo. Los trabajadores/as están inscriptos, cada uno, en las actividades más variadas. Varones y mujeres son músicos, psicólogos, dibujantes, plomeros, etcétera.En Argentina tenemos, a datos de junio, unos 4.000.000 de monotributistas y 53% de ellos tiene deudas con la AFIP, es decir, más de 2.000.000 de trabajadores.

El monotributo se crea en julio de 1998, a instancias de Carlos Menem, como una herramienta frágil para emparchar el sistema tributario. Sirvió, entonces, para que el Estado contrate sin locación de obra y sin relación de dependencia. Del campo de lo público se extendió rápidamente al empleo privado.Hoy, el monotributo, además de, en muchos casos, ser una relación de dependencia encubierta es, también, un segundo ingreso para muchos trabajadores.

Dos de cada tres monotributistas están en las categorías más bajas y no guardan relación sus topes de ingresos con el costo de la canasta familiar.El universo del monotributista ha sido, desde su creación, un espacio descuidado e invisible. No tienen quién los defienda, no poseen sindicatos y su propia heterogeneidad los pone en situación de debilidad frente a los empleadores y frente al gobierno, a lo que se suma la notoria escasez de trabajo.

Pero los monotributistas están registrados y, en Argentina, esta registración los convierte en un blanco identificable a la hora de la caza de la AFIP. Una presa fácil entre tanto trabajo en negro.

El trabajador/a, con el empleo en retirada, ve que no le es posible entrar a la formalidad. Algunos empleadores aprovechan la situación para beneficiarse contratando barato, mientras la pequeña empresa percibe que no le queda otro modo más que contratar en negro por la inercia de la pandemia. En medio de esta situación laboral alarmante, el gobierno aplica una medida para los monotributistas forzándolos a pagar, sin aviso, deudas por la actualización de los primeros cinco meses del año, de modo retroactivo.

Esta decisión ya tiene marcha atrás, pero se especula si la idea original fue un “veamos si pasa” o, directamente, no se consideró la situación desesperada de los monotributistas. Me inclino por esta segunda hipótesis, ya que los compartimentos cada vez más cerrados, e incomunicados entre sí, de la actual administración, van de error en error. La solución al yerro es el proyecto de ley llamado “Alivio Fiscal Monotributo”. Ese nombre daría para la broma, si no fuera que hablamos de empleo en un territorio laboral arrasado. Es un vaso sin agua en el desierto.

En materia impositiva laboral hay una suerte de intento de generar un “síndrome de Estocolmo”. Este síndrome es un trastorno temporal en el que el secuestrado simpatiza con su secuestrador y se identifica con él. En términos laborales consiste en que el trabajador crea que sobre su salario y/o sobre su monotributo te “perdonan” en parte el impuesto a las ganancias o el retroactivo del monotributo como una concesión, como si la inflación acumulada no existiera.

El trabajo decente es respetar la humanidad del empleado/a, más cuando se incrementa, hora tras hora, la precariedad laboral y por ende la vulnerabilidad del trabajador.

Los sindicatos, diversas ramas, no toman plena conciencia de que su mundo posible de representados disminuye de la mano de la desocupación y la influencia de la tecnología en cada puesto y actividad. Los trabajadores, casi obligados, van derivando hacia empleos “por fuera” de las empresas, con los nuevos riesgos que conllevan para el propio operario en materia de seguridad social. Mientras tanto, la espiral concéntrica hacia lo escaso sigue ganando el escenario laboral.

Los actores, sea gobierno, como empleadores y sindicatos, debemos salir del ensordecimiento, la ceguera, la afonía y la parálisis, para generar diálogo y hechos. Tanto mirar el propio ombligo corremos el riesgo de no percatarnos de lo que ocurre con el estómago ajeno.

(*) Secretario General Organización Trabajadores Radicales (OTR CABA) y Fundación Alem

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