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El relanzamiento

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21-12-2020
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Por Julio Burdman

El Gobierno recién iba por su tercer mes, cruzando los dedos con la renegociación de la deuda, el gabinete ni siquiera había llenado los organigramas del funcionariado. Los flamantes ministros de Alberto Fernández todavía estaban acomodando los portarretratos con las fotos de los chicos y las mascotas en sus despachos. Y entonces se declaró una pandemia mundial. Asediado antes de empezar por los vencimientos y el estancamiento económico de larga duración, el presidente ahora enfrentaba una calamidad inesperada y de la que no tenía culpa concluyente. La pandemia traía muerte, dolor, colapso sanitario, más estancamiento, y algo de oportunidad política. Creyó en el comité de infectólogos que lo asesoraba, y se posicionó sin dudar: la salud antes que todo. La cuarentena estricta, que prometía resultados a costa de sacrificios y solo requería de una decisión firme y salvadora, en forma de decreto, se veía como una constructora de liderazgos churchillianos.

Los primeros meses, el escenario político estuvo dominado por la ilusión de que la Argentina estaba haciendo mejor las cosas que otros países. Salvar vidas parecía el sentido general del Gobierno. Una presidencia de pandemia. Pero entrado el segundo semestre, se puso en evidencia que la Argentina no era una excepción. Teníamos resultados similares al resto de América latina, sino peores, y nuestra cuarentena intensa no había hecho diferencia alguna. La evaluación social del desempeño del gobierno dejó de valorar el liderazgo pandémico. Mientras tanto, la inercia de nuestros problemas continuaba. Todos los países habían experimentado una caída sustancial del nivel de actividad, pero la pérdida de reservas, la inflación y la devaluación eran problemas de Argentina. La pandemia, en resumidas cuentas, había dejado de ser una identidad política de Alberto Fernández. El Gobierno estaba frente al espejo.

En ese contexto, la vicepresidenta habló de los funcionarios que no funcionan. La frase admite interpretaciones varias, y una de ellas es el apoyo al presidente. Porque estamos en contexto en que un apoyo puede traducirse en una atribución de responsabilidades. Imaginemos, si no, un escenario en el que las fuentes del poder duro peronista -Cristina Kirchner, los gobernadores, los intendentes de la tercera sección, los jefes sindicales- depositan todo su apoyo y confianza en Alberto para sacar a la Argentina de la crisis sanitaria y financiera de la Argentina: se parecería demasiado a las mesas de final que el presidente toma en la Facultad de Derecho de la UBA, solo que en este caso el alumno sería él.

Pero no. El mensaje fue: hay que hacer foco en el funcionariado. Dado que 2020 fue un año excepcional, entonces el gobierno de Fernández no terminó de empezar. Fue un año de administración de crisis, y quienes “ad-ministran” son los ministros. No fue un año verdaderamente presidencial. Y en esa administración, no todos fueron iguales. Funcionarios que no funcionan significa que hay que hacer un balance del funesto 2020 que vivimos todos, y comenzar a poner calificaciones. En economía se alcanzó la meta prevista, la deuda se renegoció, y aunque los mercados siguen cerrados y el riesgo país supera los 1400 puntos básicos, todavía queda mucho por hacer. Desarrollo Productivo y Trabajo lograron desplegar una serie de instrumentos y herramientas para compensar la depresión, acuerdos de precios, estímulos antidespidos; fueron los ministerios de la emergencia económica doméstica. Jefatura de Gabinete, Interior y Desarrollo Social fueron las carteras de los puentes con los poderes locales y los actores sociales, y que contribuyeron a mantener la unidad dentro del sistema político y hacia dentro de la propia coalición. Defensa puso todos sus recursos para el combate del virus -Fuerzas Armadas alimentando en zonas de hambre, ensayos clínicos en el Hospital Militar, producción de insumos y barbijos en las fábricas propias- y un ministro que defiende en los medios al presidente, a veces sin permiso. Y hay otros más que, a los ojos de la Rosada, cumplieron las metas. Pero la educación presencial estuvo cerrada todo el año, la seguridad tuvo problemas crónicos de coordinación con las propias provincias amigas, faltó buena información sobre la situación sanitaria y en otros asuntos sensibles, sobraron temas mal agendados. La protección de la figura presidencial requiere, en este caso, jugar piezas.

En la Argentina del Siglo XXI, tocar a los ministros estuvo desaconsejado por un modelo político-comunicacional que pone toda la centralidad en el presidente y convierte, por defecto, a todo el resto en el rol de colaborador de confianza. Pero ese modelo, que tiene la virtud de nutrir el liderazgo personal del presidente, también lo expone al pago de costos excesivos. En este caso, tal vez se necesita un poco de sabiduría del Siglo XX. Hoy el presidente debe ser preservado. Por eso, la vicepresidenta y lideresa del Frente de Todos le sugirió públicamente a Alberto Fernández que relance su gobierno haciendo un cambio de gabinete.

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