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Salteadores Nocturnos

El viaje a Europa de 1933 y el credo democrático de Arturo Illia 

Pasó dos días preso en un calabozo de Berlín por negarse a saludar a una patrulla de las SS. En una tribuna política estuvo a metros de Adolf Hitler y presenció los actos de Benito Mussolini. Pero también palpó de cerca las monumentales democracias de los países nórdicos.

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21-09-2021
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Por Agustín Barletti (*)

Pasó dos días preso en un calabozo de Berlín por negarse a saludar a una patrulla de las SS. En una tribuna política estuvo a metros de Adolf Hitler y presenció los actos de Benito Mussolini. Pero también palpó de cerca las monumentales democracias de los países nórdicos.

La unidad histórica entre el credo democrático de Arturo Illia y la conducta leal y firme con que lo practicó tiene un origen definido: su estancia en Europa entre agosto de 1933 y diciembre de 1934.

Invitado por Jorge Hansen, un dinamarqués al que trató clínicamente y salvó de morir de difteria, partió en el vapor “Oceanía” con destino a Génova, para permanecer casi un mes en Roma. En la Italia fascista que conoció Arturo, Mussolini venía de ganar una parodia de elecciones con lista única y 99,85% de votos a favor.

Arturo se acercó varias veces a la plaza Víctor Manuel III a escuchar los discursos de Mussolini y constató hasta qué punto las multitudes eran manipuladas por la propaganda, el cepo a la oposición y el relato único.

En una carta enviada a sus padres, expresaba las primeras sensaciones de su periplo europeo.

“No hago este viaje por simple placer. Me encuentro un poco cansado pues he hecho siempre una vida sumamente activa y me doy cuenta que es imprescindible para seguir adelante un pequeño paréntesis a la lucha diaria que a la vez signifique asimilar nuevas ideas y conocimientos para mi profesión y cultura general. Considero necesaria esta inyección de nuevas cosas para proseguir en mejores condiciones mi futura lucha. Créanme que este es el único motivo de mi viaje”, escribió.

De Roma, Illia viajó a Suiza con escala previa en San Pietro, Lombardía, donde nació Martín Illia, su padre. Luego, navegando por el Rin, ingresó a la oscura Alemania gobernada por Hitler.

En Berlín, Illia tomó contacto con Ricardo Walter Oscar Darré, un argentino que se desempañaba como ministro de Agricultura de Hitler y al que la literatura aun le debe una novela histórica. Hitler, que era el canciller del anciano presidente Paul von Hindenburg, gobernaba el país con mano de hierro, y por esos días lanzaba su programa de gobierno en un acto multitudinario. De la mano de Darré, logró acceder al palco, a metros del fogoso orador.

A inicios de los '80, en una de las tantas charlas que mantuve con Illia, me relató sus impresiones de aquél momento: “Lo tenía, a escasos metros, gesticulando con sus cortos brazos, las venas hinchadas por el fervor, los ojos chispeantes, el tronco contorsionado y poseído por los efluvios de la demagogia”.

?¿Sabés por qué una gran nación con una ancestral cultura como la alemana se desvió tanto en su manera de vivir? Fue por la propaganda y por el cerrojo a la prensa. Había que caminar por las calles de Berlín para comprobar que no se podía publicar un diario que no fuese partidario del gobierno, ni era posible opinar nada en su contra. Vi un pueblo con temor, sometido y enfermo por carencia de democracia y libertad.

Así me reseñó el gran demócrata.

Unos días después, mientras tomaba una cerveza en un bar, ingresó una partida de las SS al son de sus canciones triunfales. Todos los parroquianos reflejaron como espejos el saludo a brazo erguido con excepción del rebelde Illia. Fue el embajador argentino en Alemania quien logró su excarcelación argumentando la “falta de conocimiento de las costumbres alemanas” por parte de Illia.

El viajero emprendió marcha a Dinamarca. Pasó un año en Copenhague, aprovechó para recorrer Suecia y Noruega, y comprobó el progreso y la paz que esos pueblos habían obtenido a instancias de sus sistemas democráticos.

?En Copenhague fui una tarde a andar a caballo y en uno de los senderos me encontré con un jinete que iba solo. Cabalgamos juntos un buen rato y desde el comienzo me impresionó su sólida cultura y finos modales. Luego supe que se trataba de Cristián X, el rey de Dinamarca, quien con total sencillez republicana, se movía sin custodia ?solía relatar.

De Dinamarca cruzó a Londres donde palpó el ambiente de preocupación por las noticias que llegaban desde Alemania e Italia que presagiaban el inevitable conflicto bélico.

La última escala de su periplo lo llevó a París, una ciudad que no quería advertir el peligro latente que representaban sus vecinos nazis. Durante un mes recorrió las calles de la Ciudad Luz donde también lució sus dotes de bailarían de tango en los cabarets de Montmartre y Montparnasse. El tango vivía su apogeo y saber bailarlo era un plus a la hora de cautivar corazones femeninos.

(*) Autor de la novela histórica “Salteadores Nocturnos” sobre la vida de Arturo Illia.

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