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El voto electrónico en Venezuela: una obra en tres actos

13-05-2013
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(Columna de Julia Pomares, directora del Programa de Política y Gestión de Gobierno de CIPPEC)

El debate sobre la calidad de los procesos electorales no debería centrarse en el sistema de votación

Obra en tres actos. Lugar donde transcurre la acción: Venezuela. Primer acto (noviembre de 1998): se implementa por primera vez un sistema de escaneo óptico de boletas que busca desterrar el fraude. Eran épocas en las que las actas de escrutinio se denominaban actas “mata votos”. El sistema tuvo problemas de implementación y la autoridad electoral decidió cambiarlo por otro.

Segundo acto (octubre de 2004): se implementa un nuevo sistema automatizado del voto. Esta vez es un sistema digital donde el votante interactúa con una pantalla táctil y la máquina imprime un comprobante en papel que el votante deposita en una urna. A partir de la elección de 2006, el sistema de votación venezolano se convierte en el sistema más auditado del mundo. Más de la mitad de las mesas de votación son seleccionadas, de forma aleatoria, para la misma noche de la elección contrastar el resultado de la máquina con el comprobante de papel que cada elector deposita en una urna luego de emitir su sufragio. Con este sistema, tanto el oficialismo como la oposición ganan y pierden elecciones en los años sucesivos.

Tercer y, por ahora último, acto (abril de 2013): Nicolás Maduro gana la elección presidencial por márgenes muy ajustados y tras denuncias de fraude, la autoridad electoral ?una vez proclamado el ganador de los comicios y asumido en su cargo? autoriza la auditoría del 100% de las máquinas de votación.

¿Cómo se llama la obra? “Aprendamos de la experiencia venezolana a la hora de endiosar o abominar al voto electrónico”.

Enseñanza 1. En una elección, la confianza de la gente en el sistema de votación es importante como la seguridad de ese sistema. En otras palabras, no sirven las soluciones técnicas para los problemas políticos. Esta frase, acuñada por Eduardo Pasalacqua, no podría ser más pertinente para el caso venezolano. Su sistema de votación se convirtió en el más auditado y en el más automatizado del mundo (y probablemente en el más caro también). La automatización abarca desde la inscripción de candidaturas hasta la identificación del votante el día de la elección con mecanismos de reconocimiento de huellas dactilares. Al mismo tiempo que en Venezuela fue deteriorándose la imagen del Consejo Nacional Electoral como árbitro imparcial de la contienda electoral, tuvo lugar una espiral de demanda de mayor innovación tecnológica. Ni el mejor sistema de voto electrónico puede paliar la pérdida de credibilidad en el árbitro.

Enseñanza 2. La legitimidad de la autoridad electoral se pone realmente en juego cuando el resultado electoral es muy reñido. Los problemas de pérdida de legitimidad de la autoridad electoral suelen pasar desapercibidos cuando el ganador lo hace cómodamente. Pero cuando la diferencia es muy pequeña (y no anticipada por las encuestas de opinión, como en la reciente elección), la legitimidad de la autoridad electoral se ve cuestionada.

Enseñanza 3. Si la mayor fortaleza del proceso electoral venezolano es la precisión de su sistema de votación, la mayor debilidad hoy reside en que las condiciones de la competencia son muy inequitativas. La ausencia completa de regulación del uso de los recursos estatales para proselitismo (por ejemplo, el uso de las cadenas nacionales) como la falta de financiamiento estatal de los partidos políticos generó un escenario donde tanto los recursos de los que dispone el Estado (nacional, y provinciales también) como los del sector privado no tienen ningún límite ni control. La autoridad electoral (cuatro de cuyos cinco miembros son afines al oficialismo nacional) es percibida como responsable de una cancha cada vez más inclinada.

Nada de esto tiene que ver con el sistema de votación. Pero tan errado como creer que es la solución a todos los problemas, es creer que es el responsable de todos los males. En América Latina, el debate sobre la calidad de los procesos electorales debería dejar de centrarse exclusivamente en el sistema de votación y visibilizar que la mejor jornada electoral no puede compensar la falta de un árbitro imparcial.

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