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¿Elecciones modelo '46, '51, '73 u '83?

09-05-2011
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(Artículo publicado en la edición Nº30)

La avidez de “tiempos excepcionales” irá en alza de ahora al 23 de octubre

Mientras las figuras de dos viejos dirigentes de origen conservador a los que Perón designó para integrar la fórmula justicialista en las elecciones de 1973 ?Héctor Cámpora y Vicente Solano Lima? han sido desempolvadas de los arcones de la Historia como portaestandartes de agrupaciones juveniles kirchneristas, algunos círculos influyentes y referentes de la oposición volvieron a mentar en las últimas semanas una Unión Democrática como estrategia para enfrentar al Gobierno en las

próximas elecciones.

Vale la pena preguntarse ¿en qué espejo de la Historia se están mirando los actores centrales de esta competencia electoral? ¿A qué juego están jugando sus principales estrategas? Existe, por un lado, una colusión implícita entre la estrategia oficialista de polarización y su par antagónico y simétrico, el esfuerzo de operadores de la oposición

por lograr un armado frentista sobre el que montar una competencia verosímil. A ambos sirve el modelo de elección 1946, aquella en la que compitieron las fórmulas Perón-Quijano, por el laborismo y Tamborini- Mosca, por la Unión Democrática.

Aunque estemos muy lejos de cualquier parecido con aquella época. El kirchnerismo “nacional y popular” busca tener enfrente a todas las fuerzas que no han entendido a estos últimos ocho años de gobierno como un verdadero proceso de cambio portador de un modelo de país “de crecimiento con inclusión social”. Si este abanico de

sectores incrédulos o refractarios se reúne en un solo polo, tanto mejor.

Por su lado, quienes abogan por una nueva UD plantean que la república y la democracia están en riesgo con la continuidad de este Gobierno por un período más y, a males mayores, remedios mayores. Quienes preparan un nuevo 17 de octubre ('45) seguido de un 24 de febrero ('46), sueñan con que finalmente el kirchnerismo tenga su acto fundacional superador del peronismo, como éste lo fue en aquel momento

del laborismo.

Resuelven así su carácter neoaluvional y movimientista dando marco de contención a la amplia y heterogénea coalición electoral dispuesta a acompañar la continuidad en el poder. La búsqueda de un nuevo '46 encubre en realidad mayores semejanzas a las elecciones de 1951, en tanto se trata de una continuidad en el poder antes que una

llegada inaugural. El modelo '51 de reelección presidencial trae otras simbologías y parecidos de familia.

Ahí estamos viendo a la Presidenta con talante “evitista” invocando a “El” en sus discursos, en una curiosa inversión de género del vínculo triangular establecido por Perón con Evita y el pueblo peronista, que estuvo tan presente en la campaña reeleccionista del '51, durante la convalecencia y muerte de la “abanderada de

los humildes”. Hay algunas otras resonancias con aquella elección que le dio al caudillo un segundo mandato por amplia mayoría: él también corrió sólo, con la oposición raleada de apoyos y desorientada en los rumbos.

Pero también existe una gran diferencia: se terminaría pronto, en aquel entonces, el “viento de cola” del superávit y se enfrentaba un adverso contexto económico

externo. Existen otras alternativas más cercanas para mirar esta séptima elección presidencial desde el retorno de la democracia. Por caso, disponible aparece un

prototipo “modelo 1983”, desempolvado por la candidatura de Ricardo Alfonsín, con un sesgo más constructivista que antagonista y acaso por necesidad, con más futuro que pasado.

Pero debe construir una coalición electoral superadora para levantar vuelo: todavía

no la tiene y va quedando poco tiempo. Ni siquiera tiene aún asegurado el piso histórico del voto radical, varias veces perforado por debajo en la última década.

Pesa en contra también la experiencia de la Alianza en el '99, una victoria que se sigue masticando como la derrota en que finalmente terminó, a poco de andar, derrapando hacia el 2001.

Está claro que el modelo '83 corre otra carrera muy distinta: no es una dictadura sangrienta y derrotada la que se tiene detrás ni un justicialismo impresentable

el que se tiene enfrente, sino un Gobierno democrático que termina su mandato en posición de fortaleza, con las asignaturas pendientes y flaquezas muy bien

disimuladas y bajo control. El problema de fondo sigue siendo el mismo: la ausencia de un verdadero sistema de partidos, sin el cual la perspectiva de una posible

alternancia en el poder entre dos grandes coaliciones representativas de valores e intereses contrapuestos resulta más impracticable.

De tal modo, el juego democrático carece de cauces establecidos y gira en el vacío, dependiendo de alquimias, providencialismos, maquinarias electorales al mejor postor y arreglos entre referentes y caciques territoriales. La normalidad de esta Argentina electoral que producirá durante este año la renovación de gobiernos y legisladores sin crisis económicas ni crisis institucionales graves asomando en el horizonte, trae consigo sin embargo las ansiedades que piden renovar los tiempos excepcionales y pretensiones refundacionales.

Las elecciones de 2003 y 2007 serán finalmente las que terminen moldeando los contornos de esta elección 2011. Con el gran desafío de sortear un 2001 que siempre

amenaza a la vuelta de la esquina y flotará, una década más tarde, aunque apenas sea como recuerdo cercano. Ello depende, principalmente, de que se logre desdramatizar

la significación de estos comicios y desvincular la suerte de Cristina Kirchner, o de quien lleve el oficialismo como candidato si ella decidiera no presentarse, de la suerte del sistema.

Estaremos invirtiendo en futuro si logramos votar este año pensando en el 2015. Y eludir la trampa de quienes pretenden hacer de estas elecciones una razón de Estado o una encrucijada fundamental y definitoria de nuestra Historia. Ni tanto, ni tan poco.