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Empate técnico

02-07-2013
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(Columna de María Esperanza Casullo y Martín Rodríguez)

Hay un oficialismo disciplinado y una oposición que no pudo ofrecer algo a la altura épica del antikirchnerismo

Nuestra experiencia generacional (sub-40) nos explica que el peronismo garantiza representación política en todo tiempo y espacio. Ergo, es más un subsistema político que un partido o movimiento. De manera que aventurar escenarios políticos conlleva esa dificultad: son más intensos los extremos reales que se tensionan dentro del peronismo que la relación entre el peronismo y el antiperonismo. O, para decirlo de otra manera, el subsistema peronista tiene en sí su clausura, y las diferencias binarias de derechaizquierda o centralistafederal se producen en su interior y no con el afuera.

La oposición al peronismo, sin embargo, no tienen este carácter de subsistema: sus partes (llamémosle partidos, liderazgos o espacios) no parecen articularse entre sí en relación los unos con los otros sino que todos ellos se organizan en función de su posicionamiento y su distancia del kirchnerismo. El cierre de inscripción de alianzas volvió a confirmar estas posiciones relativas, que mayormente se entienden en su relación con el subsistema peronista. El campo opositor, finalmente, no tiene clausura en sí, en relación a un centro propio, ya sea programático o personalista. Es centrífugo, no centrípeto.

En principio, y a pesar de este análisis, la realidad parece indicar que se vive políticamente un empate técnico entre el oficialismo duro y disciplinado pero al que no le salen apuestas políticas virtuosas y una oposición que hasta ahora no pudo ofrecer algo a la altura épica del antikirchnerismo intenso. Las movilizaciones urbanas de los últimos meses demostraron una energía social fuerte de rechazo al Gobierno tanto como una impotencia política a la hora de su canalización. Siquiera construyeron un liderazgo televisivo o virtual, más que la sombra de las redes y de algunas articulaciones políticas puntuales. Se trata, también, de una realidad política trabada e incapaz de producir una perspectiva entre un oficialismo sin recambio y una oposición sin líder.

Entonces, tenemos un escenario de empate entre un subsistema que parece haber perdido cierta energía, que vuelve a sentir el golpe trágico de sus déficit políticos (con el choque de trenes en Castelar) pero conserva cohesión, y un campo, más desarticulado, que fue energizado por los cacerolazos recientes más el boom del periodismo de denuncia pero aún sin estructura definida. Hoy por hoy, este empate entre organización y energía parece sólido.

A FUTURO

¿Cómo podría quebrarse? En principio, de dos maneras.

La primera sería la vía institucional, es decir, que las fuerzas opositoras pudieran ponerse de acuerdo en un conjunto de reglas de competencia interna que le permitieran llegar a una oferta electoral legitimada por todas. Este fue el camino elegido por la UCR, la CC y el FAP en la ciudad de Buenos Aires; todas estas fuerzas participarán de las PASO. De alguna manera, resulta paradójico que esta salida “virtuosa” , procedimental y programática a la centrifugación perpetua de la oposición sea resultado de una ley de primarias que inventó el Gobierno, que no fue resultado de una demanda de ningún partido, y que pasó el Congreso con votos mayoritariamente oficialistas, frente a las críticas de algunos sectores que hoy se aprestan a usarla. Si se consolidara, de aquí a 2015, el liderazgo de la figura nacida de estas PASO del progresismo, estaríamos en condiciones de afirmar que fueron las reglas y no los hombres los que permitieron este salto de unidad.

La segunda vía sería la emergencia de un liderazgo. Un liderazgo personal fuerte ayudaría a cambiar esta dinámica: estableciendo un punto de referencia al interior del mundo opositor.

Hay dos nombres en ese sentido que sobresalen y que paradójicamente provienen de las filas oficialistas: Scioli y Massa, dos figuras bonaerenses, de ADN similar y “naturalmente peronistas” . Tan naturalmente peronistas como lo fueron los Kirchner, y sin embargo, tan diametralmente distintos; el suyo es un peronismo sin culpas generacionales, posnoventista, armado sobre la metáfora del teflón más que la de la resistencia. Dos nativos del poder que sobrellevaron las caídas y las ilusiones kirchneristas ofreciendo sus propios capitales electorales sin haber sido adherentes eufóricos, y priorizando siempre sus propios juegos. Con un ideal imposible: se puede representar a todos. La biología indica que es la hora de esa generación. Massa, sobre todo, demostró tener algo que no tuvo ni tendrá Macri: el reflejo peronista que lleva, en momentos clave, a mirar a los aliados a los ojos y decir “acá se hace esto porque yo lo digo” . De buenas a primeras, Massa se tiró a la pileta con una lista en la que confluyen tirios y troyanos (una periodista de Clarín con un público ¿cautivo? de cinco millones de jubilados junto a un industrial abanderado del proteccionismo, peronistas territoriales y algún sindicalista, más Fabián Gianola), y sin demasiadas consignas, salvo una: la unidad y la paz. Más que las formas desgastadas del antikirchnerismo, parece adelantar las claves de un poskirchnerismo. El candidato, por estas horas muy laudado por La Nación y Clarín, considera hacer pie en la idea de que “no somos un país dividido” , con una idea de gobernabilidad por afuera del escenario de disputa política. Massa, al menos, supone la hipótesis real de esta segunda opción.

¿Qué pasa si en octubre todos ganan? ¿Si el FpV gana a nivel nacional, el PRO gana en la Capital, UNEN sale segundo en la CABA y Massa gana en provincia de Buenos Aires? ¿Es posible un escenario en donde la calle se crispa más y más mientras la política se tranquiliza más y más? ¿O será entonces que “las cacerolas” , esperanzadas con una transición expresada en las urnas, se tranquilizarán? Se dice en estos días que el peronismo siempre guarda la carta de sus desempates. Por ahora, las posibilidades de esa tercera vía descansan en las figuras de Massa o Scioli, que hasta ayer se mostraban cautos y anclados al cálculo matemático de sus jugadas. Massa decidió dar el salto, Scioli parece acomodarse a capitalizar los frutos de su lealtad en extremo. Por ahora son la única opción que amenaza romper el empate de la política de acá a 2015.

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