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Establishment amenazado en EE.UU.

gopdebate
29-01-2016
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(Columna de Tomás Múgica)

La sorpresiva vigencia de los candidatos extremistas en ambos partidos revela el malestar que atraviesa la sociedad.

Comienzan las primarias en Estados Unidos. El 1° de febrero se votará en Iowa y el 9 en New Hampshire. Es el inicio de un proceso de selección de candidatos que se extenderá hasta julio, cuando las convenciones nacionales de ambos partidos nominen a los candidatos para las presidenciales de noviembre. En el medio, cada uno de los partidos elegirá sus delegados a nivel estatal a través de diversos métodos como los caucuses o asambleas y las elecciones primarias en sentido estricto (esto es, votaciones según el método tradicional). Es un proceso largo, complejo, caro y agotador para los candidatos y la opinión pública.

El primer round es en Iowa, un estado del medio oeste blanco, rural y conservador. El segundo en New Hampshire, en el noreste, también blanco pero liberal (lo que aquí llamaríamos progresista). En ambos casos, se trata de estados pequeños y poco representativos de la diversidad de la sociedad norteamericana. Pero el triunfo en estas dos primeras pruebas tiene valor simbólico y contribuye a generar una percepción de fortaleza sobre los ganadores.

La primaria republicana tiene?por ahora? doce candidatos, aunque sólo tres aparecen con posibilidades: el magnate Donald Trump; Ted Cruz, senador por Texas y, a considerable distancia, Marco Rubio, senador por Florida. De acuerdo a un promedio de las principales encuestas (en adelante, RCP), a nivel nacional Trump lidera la carrera republicana con 36,2% de intención de voto, seguido por Cruz con 19,3 % y Rubio con 11%. Ben Carson, un prestigioso neurocirujano negro sin experiencia política, marcha cuarto con 7,8%, aunque sus perspectivas de crecimiento son menores que las de Rubio. Jeb Bush, uno de los favoritos al comienzo de la carrera, apenas alcanza el 5%.

Pero la tendencia más destacada de la carrera republicana no es tanto la fragmentación ?que tenderá a desaparecer a medida que avancen las primarias? sino el ascenso de dos candidatos considerados como una amenaza por el establishment partidario: Trump y Cruz.

Trump, se sabe, es un excéntrico millonario con escasa experiencia en política. Su campaña está basada en posturas radicalizadas contra los musulmanes (que iguala a terroristas), los inmigrantes ilegales (especialmente los hispanos) y China, a quienes culpa por la pérdida de empleos en Estados Unidos y, por supuesto, el gobierno federal, que malgasta los recursos generados por el trabajo duro de los norteamericanos comunes. Sus propuestas, extremas en el contenido y expresadas de una manera políticamente incorrecta, van desde construir un muro en la frontera con México y hasta prohibir temporariamente la entrada de musulmanes al país.

Con un estilo menos ridículo que Trump, Cruz, antiguo colaborador de la campaña de George W. Bush, muestra impecables credenciales para representar a la más rancia derecha republicana. Ha hecho de su oposición a la reforma de salud del presidente Barack Obama una de sus principales banderas; se opone a cualquier regularización de los indocumentados (a pesar de ser él mismo hijo de un inmigrante cubano y de haber nacido en Canadá), los matrimonios del mismo sexo y el aborto; y defiende el derecho a portar armas.

En ambos casos, su base de apoyo son los blancos de clase media y trabajadora, temerosos frente a las transformaciones que están volviendo a EE.UU. un país distinto al que conocieron y al que ellos creen que debería parecerse. El avance de la diversidad racial, que implica un peso decreciente de los blancos; el retroceso del cristianismo y la emergencia de una agenda más liberal en materia de valores; el impacto de la globalización económica, que supone la pérdida de empleos industriales y la amenaza de ataques terroristas configuran un panorama amenazante para esos grupos. Esos sectores, tradicionales votantes del Partido Republicano, están frustrados con la dirección de su partido y reclaman respuestas contundentes frente a esas amenazas. Aunque simplistas y en muchos casos imposibles de poner en práctica, Trump y Cruz ofrecen ese tipo de respuestas.

El tercero en discordia es Marco Rubio, otro hijo de inmigrantes cubanos. Rubio aparece como el candidato moderado, más afín a los votantes centristas del GOP, aunque la virulencia de sus adversarios lo obliga a inclinarse más a la derecha. Es la gran ?y posiblemente la única? esperanza de la dirigencia republicana, que entiende que Trump y Cruz pueden gustar a las bases, pero enfrentarán dificultades para ganar la elección presidencial.

La primera batalla aparece disputada: en Iowa, Trump encabeza las encuestas ?muy volátiles por cierto?aunque por poco margen. Según RCP obtendría 33,4% contra 27,5% de Cruz y 12 % de Rubio. En New Hampshire, Trump lidera más cómodamente: 32,45% contra 12,8% de Cruz y 10,7% de Rubio. Allí, la principal disputa es por el segundo lugar. Un segundo puesto podría servir a Rubio como catalizador para obtener los apoyos políticos y económicos indispensables para consolidarse en la carrera.

¿Qué pasa en el campo demócrata? Hillary Clinton sigue siendo la favorita, aunque su desafiante, el senador por Vermont Bernie Sanders, que expresa a la izquierda del Partido Demócrata, viene creciendo. A nivel nacional, según RCP, Hillary posee una intención de voto del 52%, mientras que Sanders alcanza el 37,4%. En Iowa, Sanders buscará dar la sorpresa. Según las encuestas, hay empate (46% de Hillary frente a 45,4% de Sanders). En New Hampshire, tiene grandes chances de ganar (53,3% frente al 38,7% de Clinton). Lo que sigue probablemente sea más difícil para él.

Sanders es un outsider del partido ?sólo se afilió el año pasado? aunque no de la política. Antes de ser senador, fue alcalde de Burlington y luego representante por el Estado de Vermont durante dieciséis años. A sus setenta y cuatro años entusiasma a los jóvenes con un discurso centrado en la marcada desigualdad de ingresos que afecta a la sociedad americana, sus ataques a Wall Street y sus cuestionamientos radicales al modelo económico norteamericano. Clinton, en contraste, propone una agenda más modesta y gradualista, presentándose como una candidata experimentada que puede consolidar los aspectos positivos del legado de Obama ?como la reforma sanitaria y la recuperación económica? y atacar la desigualdad, pero aceptando los límites que el sistema político y económico impone. Aunque sin expresarlo abiertamente, Obama se inclina por ella, ya que la ve como la candidata más experimentada y con mayores posibilidades de derrotar a los republicanos.

Más allá de cual sea el resultado de las primarias, resulta claro que los candidatos que cuestionan al establishment de ambos partidos ?es decir, a los sectores dominantes de la sociedad norteamericana- muestran una fortaleza que la mayoría de los analistas creían que no tendrían a esta altura. Su vigencia en el escenario electoral es expresión de un malestar más profundo de la sociedad americana, un malestar al cual el próximo gobierno deberá ofrecer algunas respuestas.

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