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Estados alterados

El político, per se, no es un funcionario público y su alcance debe diferenciarse de un cuerpo estatal permanente, independiente y respetado, con la claridad establecida en la diferenciación de los roles de uno y otro.

Ser un político reconocido no habilita a ocupar un cargo que requiere una pericia y una trayectoria profesional
Ser un político reconocido no habilita a ocupar un cargo que requiere una pericia y una trayectoria profesional
Federico Recagno Federico Recagno 31-03-2022
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El Estado, como forma de organización política, soporta, de acuerdo a los oficialismos y las oposiciones de turno, diversos calificativos que pretenden darle una orientación valiosa según la conveniencia.

Así existirá el Estado presente o ausente, el Estado elefante o el mínimo, el Estado abierto o el críptico, el Estado soberano, el sometido, el eficiente, el inútil, el superpoblado, el tonto, el activo y seguimos.

Los trabajadores de los organismos de control (APOC) nos reunimos en congreso el pasado 17 de marzo, elaborando un documento que recoge la experiencia de variados informes y auditorías efectuados en el ejercicio de nuestras funciones. 

Vale el aporte porque es una mirada profesional que abarca los diferentes Estados, tanto nacional, como provinciales y municipales, además de vivirlo, como trabajadores, en carne y organismos propios.

En ese documento se puntualiza que el Estado es la herramienta de la que debe servirse la política para solucionar las dificultades repetidas y profundizadas de la sociedad, pero si ese Estado es percibido para pagar favores a empresarios improductivos o sueldos a la ineficiencia a cambio de votos, se aleja de su función.

Ser un político reconocido no habilita a ocupar un cargo que requiere una pericia y una trayectoria profesional. Cuantas más responsabilidades representa una función, la tarea debe recaer en gente preparada para su ejercicio.

Debe proyectarse una escuela de administración de la cosa pública para que los funcionarios sean de carrera, estables y capacitados. El político, per se, no es un funcionario público y su alcance debe diferenciarse de un cuerpo estatal permanente, independiente y respetado, con la claridad establecida en la diferenciación de los roles de uno y otro.

Cada vez que un político cubra una posición dentro de la administración que requiera una capacidad demostrada, específica y técnica, serán el Estado y la sociedad quienes paguen por la ineficiencia. En ese sentido debe pensarse la totalidad del aparato estatal en pos del bien común, no permitiendo los disparates como la “Unidad de Resiliencia Argentina”.  

Esto, que puede confundirse con una broma, no hace más que marcar la costumbre de las coaliciones de crear cargos que permitan retribuir a todos sus integrantes. No parecen importar las funciones sino el reparto proporcional de las cajas y los micrófonos dentro de los partidos que conforman un espacio.

El propósito del Estado debe ser parte del programa de cualquier partido o alianza con aspiraciones. Deben decirle a la sociedad de qué se trata y hacia dónde irá. El Estado es una herramienta útil para la política y no el territorio de los políticos.

Al comienzo señalamos los distintos adjetivos que acompañan la palabra “Estado”. Dejamos, a continuación, una opción múltiple para calificar “Estado”, a saber: crítico – anímico – distorsionado – botín – puro – contaminado – perfecto – de coma – de derecho – abusivo – otros.

Tal vez sea hora de un Estado inteligente, planificado, profesional, capacitado y respetado. 

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