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Estudios sobre la protesta social en América Latina

13-07-2012
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Un recorrido por los escenarios de las tensiones pasadas y futuras en el continente tras el “resurgir” de la política.

En la última década, varios países de América Latina asistieron a un resurgimiento de la capacidad transformadora de la política. Desde distintas orientaciones políticas, y con diferentes matices en cada uno de los países, se buscó incrementar la capacidad de respuesta del sistema político ante las demandas que comenzaron a surgir de parte de ciudadanos cada vez más críticos de su realidad, más conscientes de sus derechos y con mayor propensión a participar. Esta reirrupción de actores sociales nuevos, o de aquellos que habían quedado opacados durante la década precedente, trajo consigo nuevas tensiones sobre la institucionalidad democrática, que no siempre contaba con las instituciones y las herramientas para canalizarlas de una manera pacífica y/o con resultados satisfactorios para los demandantes.

Es en ese marco que en la “La protesta social en América Latina” (Editorial Siglo Veintiuno), Fernando Calderón coordina el Proyecto de Análisis Político y Escenarios Prospectivos (PAEP) del PNUD para brindar un marco de estudio y análisis de la complejidad del heterogéneo mundo de las nuevas demandas y reclamos de una ciudadanía emergente en el continente, y sobre los actores que pueden emerger en los próximos años. La protesta, analiza el coordinador, es una expresión que demanda mejores condiciones de vida, que reclama visibilidad para una etnia o para un grupo social, o que postula cambiar algunas reglas.

La obra explora básicamente las potencialidades de la política democrática para gestionar la conflictividad social. Los distintos enfoques parten de un análisis cualitativo y cuantitativo de los conflictos en el continente, con el argumento base de que la protesta “es parte integral de la ecuación democrática latinoamericana”. No se intenta hacer una revisión de la protesta para promoverla, explica Calderón, así como tampoco negar su existencia ni su potencial transformador en cuanto válvula de escape de silencios tensionados que otorga pautas hacia mejores conducciones.

La protesta social, según definen, es un contundente “no” a la situación actual, es la palabra que expresa varias voces, es la expresión del conflicto. La protesta es un grito y gente movilizada. En la protesta, la gente demanda algo. Todo conflicto no necesariamente es una protesta, pero toda protesta supone un conflicto en el cual la gente actúa, presenta Calderón, “aunque no toda protesta implica movilización, el nivel más elevado de una protesta es un movimiento social”. Las dificultades que asedian a la economía mundial son múltiples y están interconectadas, motivo por el cual algunos efectos de crisis podrían trascender al campo social y al político-institucional. Por esto, y por su capacidad para transformar y profundizar la democracia, deberíamos comprender de manera profunda los conflictos sociales, proponen los autores, que plantean: “La democracia es, en esencia, un orden conflictivo. El conflicto social es un dato de la realidad social latinoamericana y es parte de la ecuación política de los procesos de cambio en democracia que hoy viven varios países de la región”.

Las páginas reunidas en el volumen hacen visible la pedagogía sobre el conflicto, así como a los actores sociales que enseñan aprendiendo, agencian y dejan su espacio de confort para ejercer ciudadanía desde las calles. Para hacerlo parten de un monitoreo diario de la información de 54 medios gráficos de 17 países de la región. Allí contabilizaron 2.318 conflictos, en los que el gran demandado fue, el Estado y sus instituciones (80% de los casos). Con esa heterogeneidad, sin embargo, exploran varios puntos en común en cada uno de ellos: se desarrolla en un contexto caracterizado por la existencia de poder muy concentradas y de una desigualdad crónica, fuertemente cuestionadas por la ciudadanía; es compleja y se presenta cada vez más fragmentada, en algunos casos muy numerosa y alcanza gran intensidad; tiende cada vez más a separarse en los medios de comunicación de masas, tanto en los tradicionales como en las nuevas redes de comunicación; aparece una amplia participación social en los conflictos, mientras que las capacidades estatales ?las principales demandadas? son débiles y no tienen la suficiente capacidad para gestionar los conflictos dentro de los marcos democráticos.

La obra presenta un recorrido por la historia del conflicto en América Latina para luego presentar una serie de tendencias generales de la conflictividad social en la región. Así, distinguen entre los conflictos “por la reproducción social”, los “institucionales y de gestión estatal”, los “culturales” y los nuevos, “en la red”. Tras ese análisis, fija una serie de “escenarios de conflictividad social” hasta el 2015, echando luz sobre aquellas tensiones aún latentes que pueden salir a la luz de las luchas sociales en las democracias contemporáneas. En ese apartado, ubican a la Argentina entre los países con “climas sociales relativamente positivos y una importante capacidad de procesamiento de conflictos”. Junto al país ubican allí a Costa Rica, Brasil y Uruguay en un contexto en el que, aunque con matices, “en el mediano plazo estos países tenderían a no moverse de los marcos de su escenario y muestran tendencias hacia un mejoramiento del clima social y un mejor constructivismo político”.

Tras ese pormenorizado recorrido, plantea el libro que “el horizonte deseable, la situación ideal es aquella en la que existen, a la vez, conflictos sociales y capacidades institucionales y políticas para procesarlos”. Lo contrario, afirman, es un Estado incapaz de asumir los desafíos que plantean los conflictos sociales.

(De la edición impresa)

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