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¿Hacia un nuevo kirchnerismo?

21-03-2012
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En el segundo mandato de Cristina el oficialismo reforzó la presencia de nuevos aliados, mientras otros perdieron peso en la coalición.

Desde que Daniel Scioli integró la fórmula presidencial de las elecciones de abril de 2003 para aportar votos de centro y el Gobierno que asumió el 25 de marzo de ese año retuvo a buena parte del gabinete duhaldista que heredaba, el kirchnerismo ha sido siempre una coalición con un núcleo “pingüino” y aliados de los más diversos orígenes que se fueron sumando en cada circunstancia.

La táctica de ir eligiendo aliados coyunturales de acuerdo a las necesidades de cada época marcó a fuego la gestión y, más que nada, el armado político del kirchnerismo durante la gestión de Néstor Kirchner. La estructura duhaldista heredada para ganar gobernabilidad y experiencia durante los primeros meses de gestión; la transversalidad y el acercamiento a la centroizquierda y los movimientos sociales de comienzos de 2004 para salir a conquistar a un electorado progresista que diera sustento para, un año después, romper con la mayoría del duhaldismo a nivel nacional; la búsqueda de una alianza con Clarín para “blindarse” ante la opinión pública y, al mismo tiempo, confrontar con La Nación para reforzar esa identidad progresista que buscaba adquirir y la búsqueda de una “burguesía nacional”, incluso en el sector financiero, para tener a mano a los hombres que ocuparían lugares clave en la economía.

Todos esos movimientos políticos se correspondieron con una estrategia de acumulación de poder y elección de aliados ?y enemigos? bien definida. Ahora bien, más allá de los cambios que hubo en esas políticas durante los primeros cuatro años de Cristina Fernández (de los cuales quizás los más relevantes hayan sido la ruptura de la alianza con Clarín y la aparición de La Cámpora), ahora comienza a perfilarse un nuevo esquema de poder puertas adentro del kirchnerismo. Las diferencias entre lo que se vio desde el 10 de diciembre pasado hasta ahora y lo que fue el primer mandato de CFK son cada vez más evidentes.

Nuevos y viejos actores que ganan lugar, antiguos socios que son ahora convertidos en blancos de todas las quejas o que perdieron casi todo el protagonismo de antaño. Con un nivel de concentración de la toma de decisiones que aparece entre los más altos de este ciclo político, no sólo ha habido cambios de nombres, sino que en muchos casos el perfil de los funcionarios ha variado. ¿Es esta la verdadera identidad del kirchnerismo? ¿Es una nueva etapa en la historia de su política de alianzas? El plantel actual de funcionarios es el de menor peso político propio desde 2003.

Como bien mostró Julio Burdman en una nota en este medio, pocos miembros del Gabinete compitieron alguna vez en un proceso electoral. En el juego de diferencias, entra también la cantidad de sillas que se ponen en Olivos para hablar de política. Ahora, son mucho más escasas, lo cual no es, per se, malo ni bueno, sino un síntoma del nuevo esquema decisional K.

Es que desde el día en que asumió Cristina Fernández la estructura de poder y su correspondiente armado político tenía un fin electoral definido: la alternancia Néstor-Cristina que la muerte del ex Presidente impidió. Desde ese 27 de octubre de 2010 hasta el 23 de octubre del año pasado, la estrategia de acumulación y construcción viró hacia la reelección de la Presidenta. Hoy, con cada vez menos señales de que avance la reforma constitucional que le permita un nuevo mandato, la pregunta es hacia dónde construirá el oficialismo y si las últimas acciones y movidas corresponden a un plan que apunte a la sucesión o a hechos políticos puntuales de la coyuntura.

A mediano plazo, ese es el principal problema político que enfrenta el kirchnerismo: la sucesión. Sin reelección presidencial, ni candidato fuerte a la vista, se trata de un problema de primer orden para una fuerza que no tiene entre sus hábitos la alternancia en el poder. Cierto es que, como desde hace más de dos años, y hasta las próximas elecciones legislativas, será la Presidenta la persona con mayor poder político personal. No hay dudas de que el poder institucional lo mantendrá hasta el 10 de diciembre de 2015, pero el recambio legislativo de mitad de término comenzará a definir el mapa de alianzas y aspirantes del oficialismo y oposición para sucederla. Y es difícil que, ante su alejamiento de la Presidencia, Cristina siga logrando aglutinar a la tropa peronista como lo hizo en 2011.

LOS NUEVOS Y VIEJOS ALIADOS

Una de las cosas claras es que el núcleo de poder decisional del kirchnerismo se ha reducido considerablemente. La construcción política ampliada que pregonaba Kirchner se ha ido cerrando. El esquema de anillos de poder que caracterizó a la etapa de 2003-2007, con Carlos Zannini, Julio de Vido y Alberto Fernández mantiene sólo al secretario Legal y Técnico como consejero escuchado sin el apellido Kirchner, en una mesa a la que sí se ha sumado Máximo.

Justamente el hijo de la Presidenta es el responsable de una de las ramas que más se ha engrosado en la coalición oficialista en el último tiempo. La Cámpora, la organización juvenil que comanda, ha ido ganando cada vez más peso en la preponderancia de la Presidenta, algo que se evidencia en una mirada a los hombres y mujeres que han ganado lugares en el organigrama K.

Cristina habló en más de una oportunidad de que su misión para este segundo mandato era tender “un puente generacional” para el que desde hace tiempo ha ido fogoneando a distintos jóvenes. Hoy por hoy, sin embargo, resulta difícil asignarles un lugar central o concebirlos como una estructura en la que la Presidenta pueda confiar el futuro del kirchnerismo. Es un sector que dio batalla contra el PJ ?al que se enfrentó en buena parte del país esgrimiendo aquello gramsciano de lo viejo y lo nuevo? y perdió en la única intendencia que disputaron mano a mano, en Mercedes.

Porque la entrada masiva de nuevos jugadores al Gobierno significó, lógicamente, la salida, o al menos la baja en la preponderancia presidencial, de muchos de los otros aliados que venían sosteniendo la coalición gobernante desde 2003.

Un buen ejercicio para una rápida lectura de la historia de las alianzas y balances K a través de los años es ver las distintas listas legislativas desde 2003 a 2011. Por ejemplo, en la provincia de Buenos Aires, el distrito más grande e importante del país, aparecen sucesivamente el duhaldismoperonismo de 2003 (con Chiche Duhalde, Eduardo y Graciela Camaño, Carlos Ruckauf y Alfredo Atanasof encabezándola); la ruptura hacia el progresismo y un primer atisbo de identidad propia de 2005 (con Alberto Balestrini, Cristina Alvarez Rodríguez, Jorge Taiana, Sergio Massa, y Diana Conti como los primeros cinco), la apertura de la Concertación Plural de 2007 ( con Felipe Solá, Daniel Katz, Gloria Bidegain, José María Díaz Bancalari y Florencio Randazzo en los primeros lugares más otros cinco radicales en los lugares con posibilidades de entrar), el repliegue de las testimoniales de 2009, en el año de la crisis internacional y el efecto pos 125 (con Kirchner, Scioli, Massa, Héctor Recalde y Nacha Guevara) y finalmente la irrupción juvenil de 2011, en detrimento de hombres del justicialismo tradicional y del sector sindical.

Para el tramo que le queda por recorrer como Presidenta, Cristina parece haber elegido sobre qué sector recostarse políticamente, en un contexto en el que son menos los funcionarios con caudal de votos propio en el oficialismo. “Ese es hoy nuestro principal problema, más allá de lo que pase o no en la renovación de 2013. Falta mucho, es cierto, pero si el 'puente generacional' tarda en generar una estructura fuerte que soporte una candidatura propia, la transición 2013-2015 va a disparar candidaturas en casi todo el peronismo”, analiza un hombre importante de la segunda línea del Gobierno.

Se sabe que “Scioli Presidente 2015” no es justamente un eslogan que Kirchner le hubiese encargado a Pepe Albistur. La reticencia en el oficialismo a dejar que sea el gobernador bonaerense el que continúe el ciclo iniciado en 2003 es alta, y a ello apuntó el diseño legislativo bonaerense del año pasado, que tiene rodeada la gestión sciolista con hombres que responden a la Casa Rosada.

Pero es en la relación con Scioli en la que deberá aparecer otra muestra de la “sintonía fina” que propone el Gobierno en lo económico. Porque un desgaste excesivo hacia la gestión del gobernador puede repercutir inmediatamente en la Casa Rosada. Pero además, hoy por hoy, Scioli es el segundo dirigente con mejor imagen nacional, en un diagnóstico en el que coinciden tanto consultoras cercanas al oficialismo como Ibarómetro y otras más alejadas como Management&Fit.

Puede ser que muchos prefieran a Cristina por sobre Scioli pero, luego de ella, es el preferido por sobre cualquier otro dirigente K, desde Gabriel Mariotto hasta Amado Boudou, Julián Domínguez o Randazzo, cuatro hombres con ganas de sucederlo. Y si la estrella de Scioli y el simbolismo del PJ tradicional que él representa para el círculo más cercano a la Presidenta están en baja, la de Hugo Moyano directamente se ha extinguido. El líder camionero pasó de ser un actor central en la coalición, con un pico de protagonismo en el acto en River (presencia de Cristina incluida) en 2010 y anuncios sobre un “futuro presidente puesto por los trabajadores” a tener que conformarse con el undécimo puesto de la lista para su hijo Facundo, ver a su rival interno Carlos Gdansky en el curto y lugares tan irrisorios para hombres suyos en otros distritos (Julio Piumato en Capital y Juan Schmidt en Santa Fe), que terminaron rechazando el convite. Pero la ruptura con Moyano parece no ser sólo una cuestión ideológica o de imagen que separe al pensamiento K actual (es decir, el pensamiento de Cristina) de la figura personal del camionero, sino que todo indica que es el rol de “un Moyano” lo que el Gobierno siente que es prescindible. El nuevo esquema no contempla un hombre fuerte en el sindicalismo, con control sobre las movilizaciones y la presencia callejera ni con un sustento en un puesto neurálgico a nivel partidario.

Ideológicamente, hoy el Gobierno piensa que puede mantener el apoyo de las bases sindicales sin necesidad de mantener a alguien cuyo rol y figura lo separan del progresismo y otros aliados menores, tanto desde lo electoral como desde lo simbólico. Porque el análisis debe contemplar que los trabajadores registrados han tenido una mejora en su nivel de ingresos que los aleja cada vez más del concepto histórico de “clases populares”. Hoy los que están bajo convenio en muchos rubros, especialmente los fabriles y de transporte, representan a la élite de la clase trabajadora. Y si bien es cierto que lo lograron bajo una conducción sindical determinada, igual de cierto es que lo hicieron bajo dos gobiernos kirchneristas. Ese es el análisis que hacen en la Casa Rosada y con el que aspiran a poder sacrificar a Moyano sin perder los votos que hoy representa.

Es que el movimiento obrero (sus bases) es otro de los puntales de la coalición kirchnerista, en línea con la composición histórica del voto peronista. Claro que para eso habrá que monitorear de cerca cómo evoluciona la política de “sintonía fina” que repercute en la economía diaria y que se suma al mayor problema del kirchnerismo en los últimos años: la inflación.

CRISTINA, MAS VOLATIL QUE NESTOR

En esa línea, el analista Enrique Zuleta Puceiro suele repetir que la imagen de la Presidenta ha sido históricamente más oscilante que la de Néstor Kirchner. Cristina Fernández tiene una mayor capacidad para recuperarse de las crisis, explica, pero es igual de cierto que es menos regular y muestra mayor tendencia a los altibajos. Es así como deben leerse las fluctuaciones que han comenzado a aparecer desde que se impuso el 23 de octubre. Las medidas que se tomaron desde entonces, necesarias pero imposibles de adoptar en una campaña, como la paulatina quita de subsidios, ya comenzaron lentamente a incidir en la imagen presidencial.

“Será a medida que la gente comience a percibir el freno de la economía cuando episodios como la tragedia ferroviaria, las denuncias de corrupción y el aumento de las tarifas de los servicios públicos pueden comenzar a influir significativamente en la imagen de la Presidenta”, explica Rosendo Fraga, titular de la consultora Nueva Mayoría. En similar sintonía, la socióloga y analista Graciela Römmer estima que “en un momento en que el clima de malhumor parece aumentar, las medidas impopulares pueden formar un combo altamente peligroso para la imagen del Gobierno. Del 54% de los votos que logró la Presidenta, al menos 20 puntos provienen de una clase media que no tiene identificación ideológica con el kirchnerismo. Es un sector social que la votó por la situación económica y por las falencias de la oposición”.

La ecuación de inflación en torno al 25% y crecimiento cerca del 8% que sirvió electoralmente al Gobierno en los últimos años se verá modificada: si bien no serán los nubarrones que algunos agoreros locales y extranjeros describen, el crecimiento para este año será al menos 3-4 puntos menor, mientras que la inflación, que venía mostrando una desaceleración desde mitad de 2011, puede comenzar una nueva curva ascendente. De cómo se vaya armonizando esa relación dependerá si el sustento social al Gobierno aumentará, se mantendrá o menguará.

Por eso, es en materia económica en la que se vienen dando las mayores novedades, en un año que el estadista definió anticipadamente como “el año de la economía”. Este año no será 2011 o 2010, cuando se vivieron climas de euforia económica que el Gobierno aprovechó con éxito e inteligencia desde lo político, pero tampoco será un período de recesión como la época posterior a la crisis financiera internacional en el primer semestre de 2009.

La única medida concreta anunciada por Cristina durante el discurso de apertura de sesiones (la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central) va en esa línea y supone una institucionalización de un modelo de gestión con la que el Gobierno se siente mucho más cómodo desde lo ideológico. El kirchnerismo cierra así un ciclo que comenzó con Alfonso Prat-Gay, que defendía la autonomía a rajatabla del Central y las metas de inflación, continuó con el pragmatismo de Marín Redrado y ahora termina en el extremo opuesto al del inicio de su gestión. Pero esto también tiene una lectura política en torno a los cambios en los aliados del Gobierno. Ya sea por razones ideológicas o pragmáticas ante un escenario internacional que será levemente más adverso, la intención de reformar la Carta Orgánica del BCRA responde a una inclinación hacia las posturas de un sector del equipo económico del Gobierno encabezado por Mercedes Marcó del Pont y Guillermo Moreno, éste convertido en los hechos en el hombre fuerte en la materia.

El ascenso de estos dos funcionarios ?más el de Axel Kicillof? tiene su contrapeso en la caída del peso relativo de Amado Boudou y su sucesor en Economía, Hernán Lorenzino. En el caso del actual ministro, es una cuestión puramente de diferencias de lecturas sobre cuál debe ser el rumbo económico. Lorenzino, de amplia experiencia en el área financiera y en negociación de deudas, es partidario de tomar préstamos para cubrir los pagos que el país debe hacer durante 2012-2013. Pero, es evidente, no ha podido hacer primar su postura sobre la del tándem Moreno-Marcó del Pont, más afín a maximizar el superávit comercial controlando las importaciones.

Lo del vicepresidente es muy distinto. Convertido en figura estelar del kirchnerismo durante la campaña, al punto de tener un protagonismo altísimo, su estrella está en claro descenso desde que asumió. Siguiendo la rutina histórica, la desconfianza mandó a otro vicepresidente K al freezer apenas asumido. Uno (Scioli) pudo volver; el otro (Cobos), no. Y el futuro de Boudou no aparece muy promisorio, al menos en el corto plazo, mientras sigan en agenda los casos sobre supuesto tráfico de influencias que lo tienen en tapa de los diarios desde mitad de febrero. La desconfianza de La Cámpora por su origen ucedeísta tampoco lo ayuda para que Cristina, Máximo y Zannini vean en él un elegido para bloquearle el paso a Scioli de cara a 2015.

Con los cercos sobre Scioli y Moyano ya diseñados, en la Casa Rosada saben que la cantidad de funcionarios “ultraleales” con los que pueden llegar a rodear y controlar desde ahora a los aspirantes a suceder a Cristina no son muchos. Por eso la estrategia de ir cerrando cada vez más el núcleo de decisiones y confianza pude quedarse sin ejecutores a medida que se vaya definiendo el panorama de alianzas que irá dejando el camino a las legislativas de 2013.

El kirchnerismo parece haber encontrado a lo largo del segundo semestre de 2011, y en especial desde que comenzó este año, su momento histórico en el que más coincide lo que podría señalarse como su identidad propia y las políticas y alianzas ejecutadas. Ya sea por puro pragmatismo (empujado por la situación mundial), o por estrictas afinidades ideológicas, el plantel de nombres que hoy están en la primera línea del kirchnerismo (Moreno, Marcó del Pont, La Cámpora, Kiciloff) son los que parecen tener una mayor afinidad con la ideología de la Presidenta. Esto no sucedía, y se notaba, en el mandato de su antecesor y en las primeras épocas de su primer Gobierno.

Pero una de las interrogantes que quedan por responder es cómo encarará el próximo proceso de alianzas que año a año engloba esa ?cada vez más? heterogénea coalición que es el Frente para la Victoria. ¿Habrá menos lugares (o sea ninguno) para los hombres del sindicalismo de Moyano? ¿Seguirá apostando la Presidenta al puente generacional, esperando una rápida y hoy improbable maduración completa de un grupo político que pueda hacerse cargo, nada más y nada menos, de gestionar el Estado enfrentado al PJ y a la CGT? Muchas de esas respuestas irán apareciendo a lo largo de este primer semestre, cuando repercutan en los aliados del Gobierno las primeras medidas de lo que se espera que sea un mandato lleno de “sintonía fina”. La mayoría de esas decisiones ya se sienten en el plexo solar de su estructura electoral: los trabajadores, que además ven que se suman a antiguos problemas no resueltos, como la inflación.

Pero la Presidenta parece tener muy en claro con quién quiere atravesar los próximos años, e irá puliendo cada vez más un Gabinete del que entiende ?con razón? que tras el 54% de octubre le deben todo a ella. De haber nuevos cambios, entonces, es de esperar que siga apostando por gente que responda a algunos de estos perfiles de nuevos socios que busca para transitar el camino hasta la que hoy parece ser la próxima fecha clave de la política argentina: el recambio legislativo del año próximo, que puede suponer un barajar y dar de nuevo dentro del peronismo y, por eso, en toda la política nacional.

(De la edición impresa)

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