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Institucionalizar las coaliciones

28-04-2014
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Un gobierno de coalición puede tener éxito. Para eso, los actores deben fijar reglas claras para que funcione el acuerdo.

En la nota “Coaliciones inteligentes” aparecida en el estadista en 2013 señalaba que el panorama político fragmentado del país invitaba a la conformación de una coalición opositora para competir en las presidenciales de 2015. Las coaliciones ya no son un patrimonio de los sistemas parlamentarios sino que son frecuentes en los presidencialismos latinoamericanos. ¿Por qué? No sólo por los sistemas de partido imperantes en algunos países, sino también por razones tan prácticas para los gobiernos como la necesidad de conseguir mayor apoyo legislativo para llevar adelante sus políticas, mantener la gobernabilidad y protegerse de acciones parlamentarias que pudieran poner en jaque su estabilidad y hasta su continuidad.

En la referida nota diferenciaba entre “coaliciones bobas” e “inteligentes”. Las primeras no trascienden una tosca distribución de cargos y reina la discrecionalidad, la improvisación y la informalidad. Las segundas implican un diseño y un modo de funcionamiento en base a reglas claras y consensuadas que las hacen viables para gobernar. El éxito de las últimas se explica, en parte, por su grado de institucionalización, lo que requiere la formalización de contenidos, reglas y procedimientos.

El 22 de abril se presentó en sociedad el Frente Amplio UNEN (FAU). Este espacio político lo integran la UCR, Coalición Cívica, Partido Socialista, Proyecto Sur, el PSA, GEN, Libres del Sur y Frente Cívico (Córdoba) y reúne a cinco presidenciables: Hermes Binner, Julio Cobos, Elisa Carrió, Pino Solanas y Ernesto Sanz. En el lanzamiento se evitaron los discursos personales para evitar competencia de protagonismos y dos dirigentes de cada partido firmaron un acta de compromiso. El texto fue leído por el ex legislador Luis Brandoni y decía: “Los partidos y dirigentes políticos que suscribimos la presente manifestamos nuestra firme voluntad de conformar una coalición política en el orden nacional que brinde a la Argentina una alternativa de gobierno en procura de una sociedad solidaria, participativa e igualitaria”. La aclaración sobre el tipo de sociedad que se desea y busca es un dato importante, pero falta una pista mínima acerca de cómo debería diseñarse y funcionaría esta nueva coalición.

Con un estilo que ya es marca registrada del kirchnerismo cristinizado, el jefe de Gabinete dijo respecto de la flamante coalición: “Muchos de sus referentes tienen experiencia en el combate al narcotráfico porque han tenido a las fuerzas policiales como uno de los miembros más activos de las bandas delictivas; a la inflación porque han experimentado en carne propia llevar al país a la hiperinflación o la recesión y, también, han experimentado la traición en carne propia porque, cuando les ha tocado formar parte de coaliciones, lo primero que hicieron fue vulnerar esos principios con la traición política” . Las poco sutiles referencias aludían a nombres y apellidos de presidenciables de la coalición. Artillería de fogueo que no revierte el plano inclinado en que se desliza la imagen del funcionario.

Pero no sólo el oficialismo puso dudas a la flamante coalición. Sus propios integrantes se trenzaron en un inoportuno contrapunto centrado en una posible o bien inaceptable incorporación de Mauricio Macri. Y luego del lanzamiento alguno de los presidenciables de la agrupación no ahorraron palabras para descalificar a otros. Carrió estuvo más imprudente que lo esperable en alguien que si bien tiene en la provocación un arma de construcción ?y destrucción- política, suma en su haber inteligencia y honestidad, lo cual no es poco en el páramo político, yermo de materia gris y desolado de sustancia moral.

Así las cosas, nuevamente se plantea una propuesta que intenta ser algo más que una coalición electoral y convertirse en una coalición de gobierno. En este rubro, en la Argentina hay una cuenta pendiente. Sin tradiciones en gobiernos de coalición, con un partido más que centenario (UCR) que durante mucho tiempo fue reacio a los acuerdos, que fueron vistos como contubernios y la otra fuerza política, el peronismo, que hizo del frente un verdadero simulacro de reunión de agrupaciones asimétricas, no existen demasiados antecedes que auguren un seguro éxito.

Y la última experiencia de coalición fue un prototipo de coalición boba. La experiencia frustrada de la Alianza sirve para reflexionar sobre lo que no hay que repetir y sobre lo que debería hacerse. Debe lograrse un acuerdo sobre el programa de gobierno y ser la hoja de ruta si resulta electa. En la experiencia de la Alianza, el trabajo del Instituto Programático de la Alianza no fue tenido en cuenta para gobernar, como si nunca hubiera existido. El acuerdo programático sirve como hoja de ruta, y también como compromiso entre las fuerzas que integran el acuerdo y con la sociedad. Es sabido también que la existencia de una importante distancia ideológica entre los integrantes es un factor que puede ser letal para una coalición construida sin compromiso ni identidad o bien cuando sus integrantes carecen de flexibilidad en su accionar. Poner sobre la mesa un programa implica clarificarse y transparentar posiciones entre los socios. No se trata sólo de constituir una coalición negativa como lo fue la Alianza, que nació para oponerse y ser alternativa del menemismo. Es importante que la coalición tenga sus reglas de juego muy definidas, en este sentido, un compromiso es el primer paso.

Pero no sólo debe escribirse un texto o acta de compromiso. Como expresé en oportunidades anteriores, debe formalizarse la coalición, su programa y sus reglas de funcionamiento. El objetivo es no sólo tener reglas de juego claras y que obren como ley para los integrantes del acuerdo, sino también evitar confusiones, malentendidos y lagunas. El comienzo de institucionalización de una coalición requiere la formalización de cuestiones tales como los criterios que se tendrán en cuenta para distribuir los cargos entre los socios; las previsiones y reglas aplicables a la sustitución de altos funcionarios de la administración y los mecanismos de participación de los partidos en la toma de decisiones de la coalición, entre otros.

Este conjunto de ideas ya ha sido recepcionado por el constitucionalismo regional. No parece desacertado que la reforma constitucional de México, formalizada en febrero, haya incorporado normas explícitas sobre las coaliciones. Señala el artículo 89 en relación con las facultades y obligaciones del Presidente que el mandatario podrá “en cualquier momento, optar por un gobierno de coalición con uno o varios de los partidos políticos representados en el Congreso de la Unión. El gobierno de coalición se regulará por el convenio y el programa respectivos, los cuales deberán ser aprobados por mayoría de los miembros presentes de la Cámara de Senadores. El convenio establecerá las causas de la disolución del gobierno de coalición”.

Un gobierno de coalición es posible y puede tener éxito. Pero para que ello ocurra los actores no sólo deben diseñar adecuadamente la coalición, sino también institucionalizar el acuerdo, que incluye desde lo programático hasta las reglas de funcionamiento y toma de decisiones. Está en la conducción del FAU optar entre ser una coalición boba más o desarrollarse como coalición inteligente.