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Intereses agropecuarios, conflicto distributivo y las PASO

Soybean-Sterols
30-09-2015
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(Columna de Carlos Freytes)

El FpV se compone de una coalición metropolitana anclada en los sectores populares urbanos y una coalición periférica con base en las provincias

La distribución del voto a nivel de departamento en las PASO revela un patrón claro: mientras que Daniel Scioli se impuso en la mayoría de las provincias, las fórmulas opositoras se hicieron fuertes en las provincias metropolitanas. Como muestra el excelente mapa de Andy Tow, Mauricio Macri y Cambiemos fue la opción más votada en el interior de la provincia Buenos Aires, sur de Entre Ríos y Santa Fe, y extremo sur de Córdoba. En tanto que el FR, con el impulso decisivo de la candidatura de José Manuel de la Sota, se impuso en los restantes departamentos de Córdoba. Un hecho que no ha recibido suficiente atención en los análisis posteriores es que esas zonas concentran el grueso de la producción agrícola nacional. En efecto, el predominio de las opciones opositoras a nivel departamental coincide aproximadamente con las áreas núcleo de producción de soja, maíz y trigo.

En este sentido, una de las principales novedades que la consolidación del PRO y su alianza con la UCR en Cambiemos vendría potencialmente a aportar es la de dotar a los intereses agropecuarios de la zona central de una expresión política electoralmente viable. En perspectiva comparada, una peculiaridad de la Argentina es la escasez de recursos políticos institucionalizados con que cuentan los productores y el sector agropecuario en general. No hay en Argentina un partido de centroderecha programático o de implantación territorial que exprese consistentemente esos intereses en el sistema político, ni un bloque ruralista en el Congreso. Esto contrasta, por ejemplo, con el caso de Brasil, donde la existencia de un frente agropecuario interbloque en un Congreso muy fragmentado garantiza a los productores rurales capacidad de veto sobre cualquier iniciativa del Ejecutivo que amenace sus intereses. En Argentina, la concentración de la producción agropecuaria en las provincias centrales; los incentivos electorales para cortejar el voto urbano en esos distritos y los controles verticales que el peronismo en el Gobierno es capaz de ejercer sobre las instituciones federales contribuyen a explicar la debilidad política y electoral del sector, no obstante su importancia económica, y a pesar de la extraordinaria bonanza asociada a altos precios internacionales que caracterizó la última década.

Recuperando un tema clásico en la descripción politológica de la coalición peronista, la coalición electoral del FpV que revelaron las PASO puede ser descripta en términos de una coalición metropolitana claramente anclada en los sectores populares urbanos, y una coalición periférica que integra verticalmente a un electorado sociológicamente más diverso con base en las provincias. La distribución geográfica del voto a Scioli expresa precisamente esa doble coalición: el candidato del FpV se impuso por amplio margen en las provincias no metropolitanas (excepto San Luis) y en el tercer y primer cordón del GBA (exceptuando la franja norte adyacente al Río de la Plata). Como es sabido, la captura por parte del Estado de una porción importante de la renta agropecuaria y su redistribución a las provincias fue clave durante los últimos dos gobiernos para viabilizar esa coalición. Desde comienzos de 2009, el Fondo Federal Solidario (FFS) transfiere a las provincias el 30% de las retenciones a las exportaciones de soja. En valores per capita, todas las provincias son ganadoras netas del FFS, excepto Córdoba, Santa Fe, Buenos Aires, Entre Ríos y Santiago del Estero [1]. La performance electoral del kirchnerismo ha reflejado fielmente dónde se ubica cada distrito en ese conflicto distributivo: según datos elaborados por Javier Zelaznik, desde 2005 el voto por los candidatos del FpV en las provincias periféricas ha sido significativamente más alto (47,7% en promedio) y ligeramente menos volátil (desvío estándar 7) que el voto en las provincias metropolitanas (29,7% y 8,4, respectivamente).

Por supuesto, el kirchnerismo ha sido capaz de obtener triunfos electorales incluso en las provincias metropolitanas (la última vez, en 2011). Lo que explica la distancia entre aquella elección y los resultados de las PASO es el papel pivotal que juegan los sectores medios de esas provincias, entre ellos, los de las zonas agrícolas. En 2011, esos sectores apoyaron al FpV en el contexto de una prosperidad general asociada a una política fuertemente expansiva.

El agotamiento de esa política en los últimos años explica la defección de ese electorado y su disposición a acompañar a una fuerza política que más o menos veladamente promete revertir las opciones distributivas que caracterizaron los gobiernos kirchneristas. El agotamiento de las políticas expansivas presenta así el conflicto distributivo entre unidades territoriales por la apropiación de la renta agropecuaria como un conflicto de suma cero. Tomar nota de ese conflicto contribuye a echar luz sobre los resultados de las PASO. Sugiere, por ejemplo, que la estrategia de PRO puro elegida por Macri sacrificó en nombre de una vaga apelación al cambio las profundas afinidades entre sus votantes y los de De la Sota en Córdoba. Ilustra también la dificultad que tienen fuerzas políticas que no ocupan el vértice del Estado para superar los problemas de coordinación y articular una opción verdaderamente nacional, incluso allí donde existe un clivaje socioeconómico a priori favorable. Explica también la performance deslucida de Scioli en el interior de la provincia que gobierna.

Contribuye, por último, a introducir un matiz en el análisis de la política en las provincias argentinas. Es habitual en la reflexión politológica atribuir el predominio del PJ a nivel subnacional exclusivamente a relaciones clientelares o al carácter no competitivo de la política provincial. Ambas son, sin duda, dimensiones reales de la política en las provincias. Sin embargo, esos análisis tienden a obviar que el kirchnerismo, y el peronismo en general, ha sido y es redistributivo en términos geográficos, y que ha tendido a favorecer a su coalición periférica a expensas de otros actores de las regiones metropolitanas. Los votantes del PJ en las provincias votan en parte por la continuidad de esa redistribución, y a los gobernadores como gestores eficientes de la misma. Si ese es el caso, lo que está en la base del voto de las provincias por Scioli y el FpV no es sólo clientelismo o restricción de la competencia electoral, sino un voto estratégico en el marco de un conflicto distributivo entre unidades territoriales de la federación.

[1] IARAF 2010, Informe Económico N° 87.

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