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Juventud y política

20-04-2012
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(Columna del politólogo Andrés Escudero)

Los jóvenes que participan en política, muchas veces estigmatizados por los adultos, han escrito páginas importantes de la Historia.

A mediados de 2004 escribí un artículo sobre juventud y política para un libro que nunca se editó. Allí retomaba la sentencia de Cornelius Castoriadis acerca de que la característica distintiva de nuestra época era que había dejado de cuestionarse a sí misma. En seis páginas hacía cinco referencias al “cinismo de las nuevas generaciones”, entre ellas la siguiente: “La década del '90 perpetúa la desmovilización que comienza con la última dictadura militar, abriendo las puertas al cinismo y la apatía”. Y trazando un paralelismo con la cultura popular, agregaba: “Esta diferencia entre generaciones es la misma que existe entre Mafalda y Bart Simpson”.

La Argentina de los noventa se burló de buena parte de la sociología de la participación política: los jubilados fueron mucho más activos y contestatarios que los sindicatos tradicionales y los jóvenes. Tuvimos una Norma Plá, pero ninguna Camila Vallejos.

Los actores sociales de los cuales cabía esperar una ceñuda resistencia al ajuste fueron incorporados a la alianza de gobierno menemista o simplemente adhirieron al zeitsgeist individualista y pragmático de la década. Sin embargo, surgieron otras resistencias: las no tan esperadas. Apareció un día una carpa blanca llena de guardapolvos que se quedó en la Plaza por muchos años. Se movilizaron abuelos y abuelas contra las jubilaciones de hambre. Irrumpió una nueva central sindical en desacuerdo con la actitud complaciente de la vieja central. Y avanzada la década, algunos trabajadores sin trabajo ensayaron los primeros cortes de ruta. Al tiempo que docentes, jubilados, trabajadores y piqueteros fueron izando la bandera de la protesta social, los jóvenes parecían mantenerse relegados.

Empezó a popularizarse la imagen de una generación apática, desinteresada, frívola y hedonista. Para los jóvenes que aún así fueron punzados por el bicho de la política, el horizonte no era muy prometedor. Durante la adolescencia ?un momento de la biografía individual en que se estructura la subjetividad? es mucho más sencillo definirse por la positiva (como ricotero, surfer o hincha de un club de fútbol) que definirse como “militante”, lo cual implica delimitar, antes que nada, todo lo que uno no es: corrupto, ventajero, chanta, haragán, etcétera. Las cosas cambiaron: esa generación que amarró en una islita de política circundada por un mar de apatía hoy está en el corazón del poder. No me refiero a toda esa generación, claro está, sino a algunos de sus miembros.

Aquellos que por esa mezcla de virtud y fortuna que es la política llegaron a los sillones importantes. Es demasiado pronto para hablar de cambios estructurales. Pero hay un dato empírico insoslayable: mientras que en Europa y EE.UU. los jóvenes se concentran en las plazas para repudiar a los políticos, en la Argentina, algunos de ellos, concurren tres o cuatro a veces al año a la Plaza de Mayo para manifestarle su apoyo a la Presidenta de la Nación. Reducir este dato a un fenómeno de manipulación actoral/clientelar es un reduccionismo ofensivo y un error de apreciación.

La presencia en esferas de la gestión pública con poder real es cualitativamente más exigente que la protesta social. Llenar bien el saco de funcionario requiere desarrollar habilidades políticas muy finas y competencias administrativas muy sólidas. Muchísimos jóvenes en el Gobierno Nacional, varios en el Gobierno de Santa Fe y algunos en el Gobierno de la CABA y el Congreso de la Nación, entre otros lugares, están escribiendo todos los días una historia con final incierto.

Así como la imagen de la juventud escéptica es funcional al no-cambio político, la de la juventud cándida también lo es. Un ex candidato a Presidente sostuvo en su campaña que “los jóvenes no debían ser corrompidos con cargos”, como si la edad fuese per se una variable que aumenta el peligro de corrupción. Según esta visión, el lugar político reservado para los jóvenes sería la protesta irresponsable, el seguidismo en segundo plano o la ejecución de aquellas acciones para las cuales los estadistas adultos carecen de interés, como la orgánica de la juventud partidaria o salvar a las ballenas. Los jóvenes han escrito páginas importantes de la Historia Argentina: los alzamientos radicales de fines del Siglo XIX y principios del XX; la reforma universitaria del '18; la militancia de los años '60 y '70 y el primer gobierno de la transición a la democracia fueron protagonizados por gente joven.

En el devenir de estas historias, la juventud fue puesta bajo la mira por aquellos actores cuyo poder se sentía socavado. Roca y Pellegrini maniobraron para cooptar dirigentes radicales. La reforma del '18 se erigió sobre los magullones de años de represión estudiantil. La juventud de los '60/'70 sufrió la solución final del terrorismo de Estado y fue físicamente aniquilada. Los jóvenes radicales de La Coordinadora fueron señalados por los poderosos actores enemistados con el gobierno de Raúl Alfonsín.

En nuestros días, La Cámpora es el nuevo demonio surgido del averno para azotar a la administración de Cristina con ideas marxistas y una desmesurada apetencia de cargos. Lo llamativo es que todos estos procesos dejaron huellas estructurales. Los movimientos radicales ampliaron los límites de la inclusión política; la reforma universitaria democratizó la cultura y el gobierno del '83 sentó las bases de nuestra democracia moderna. Sobre los jóvenes de los setenta, cualquier cosa que se diga es poco. Desde luego, entre las experiencias mencionadas hay grandísimas diferencias. Pero lo que quiero significar es que en todas ellas se ha recurrido al mecanismo de estigmatizar y demonizar a los jóvenes. Alexis de Tocqueville, un agudísimo aristócrata, observó en 1838 que la democracia y la igualdad se habían convertido en fuerzas históricas irrefrenables.

A la luz de la Historia, debería tenerse muy en cuenta que el mejor de los mundos es aquel en que la inclusión política de los jóvenes se hace a través de mecanismos legítimos y democráticos. A diez años del que se vayan todos, y a ocho años de sospechar que el cinismo generacional podía ser un mal de largo aliento, la sensatez política hace presumir que es positivo que una camada de jóvenes esté ganando experiencia de gobierno. Una sensatez de la que muchos adultos cazajóvenes parecen carecer.

(De la edición impresa)

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