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Kirchnerismo y movimiento sindical

23-12-2011
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La Presidenta inició su segundo mandato con una confrontación con Moyano que considera central para su estrategia.

Desde las primeras horas de su segundo gobierno, Cristina Fernández demostró varios de los rasgos que caracterizarán el nuevo ciclo de gestión. La marcha de los acontecimientos fue vertiginosa. Sus nuevas mayorías parlamentarias impusieron desde un primer momento una agenda con pocas sorpresas. En el centro, el Presupuesto 2012 y un puñado de leyes que aseguran la gestión de la emergencia. Al mismo tiempo, centenares de funcionarios, en su mayor parte pertenecientes a las nuevas generaciones, avanzaron y ocuparon espacios en las segundas y terceras líneas de la burocracia estatal, sobre todo en puestos clave y funciones críticas de casi todos los ministerios.

Una nueva agenda política, centrada en la elección de adversarios y delimitación abrupta de espacios políticos internos ocupó a su vez el centro del debate público. El papel futuro del movimiento sindical fue, acaso, el punto central de la nueva estrategia de confrontación elegida por el Gobierno. Los métodos y armas elegidas llaman la

atención en mucha mayor medida que los contenidos de la discusión. Tanto el discurso inaugural de la Presidenta, como la respuesta del secretario general de la CGT y las repercusiones a uno y otro lado de las posiciones en conflicto eran esperables. Aun así, es el tono y la intensidad lo que más ha llamado la atención de la opinión pública, al menos en estas primeras batallas de lo que amenaza en convertirse en un conflicto prolongado.

En un primer análisis, cabría prever que la tensión entre el peronismo político y el poder sindical será creciente. De hecho, el cuestionamiento crítico al papel del sindicalismo al interior de las coaliciones gubernamentales del peronismo es algo que viene de lejos. Los enfrentamientos actuales se parecen en más de un aspecto a los conflictos entre el menemismo y los sindicatos en los años '90. Si bien los contextos son muy diferentes, algunas analogías son útiles. De hecho, los temas de debate son más o menos los mismos, en la medida en que iguales causas siguen produciendo iguales efectos: la demanda de protagonismo y poder político o las relaciones entre el Estado y las obras sociales se siguen discutiendo en términos iguales o muy parecidos a los de los años '90.

Tanto Menem como hoy Cristina se han visto forzados a una etapa inicial de tensiones, enfrentamientos y pruebas de resistencia de los materiales que constituyen la nueva coalición de poder. Ambos expresan realidades que disputan espacios, recursos y herramientas de poder. Lo nuevo es tal vez el escenario social, poco favorable a la reedición de un sindicalismo cerrado, a imagen y semejanza del que supo ser “columna vertebral del movimiento” en los años de oro del primero y segundo peronismo en el poder. En la superficie, todo parece desarrollarse de acuerdo con un ritual previsible, con cierta parsimonia, sin riesgos, según pautas y procedimientos perfectamente conocidos. Bajo severo control mutuo.

La Presidenta procura enfatizar el perfil y los rasgos que le dieron la victoria en agosto y octubre: el liderazgo sobre una nueva coalición ideológicamente progresista y políticamente independiente, uno de cuyos componentes, aunque no el único, es el peronismo, en sus seis o siete fracciones actuales. Busca y logra así reforzar la imagen de una presidencia “para 40 millones de argentinos” . Consciente sobre todo de su papel arbitral. Empeñada en preservar su independencia de criterio y autonomía decisional. Sabe perfectamente que quienes la votaron reconocieron en ella a quien mejor podía garantizar el control sobre los desbordes extorsivos de lo que muchos ven como una “corporación” voraz, de conducción vitalicia y poco transparente. Confrontar con Moyano es cumplir con una promesa electoral y no romper con Moyano es otra promesa, de importancia no menor que la anterior.

Por otra parte hay una cuestión central, del tipo de lo que en el léxico familiar del peronismo suele denominarse “de respeto”. Moyano es demasiado grande, desplaza un volumen de problemas y niveles de riesgo muy difíciles de administrar. Es una situación en algún punto similar a la que se sustancia hoy con la provincia de Buenos Aires o con algunos actores de los mercados. Al confrontar, la nueva coalición de

gobierno busca reducir sus problemas y desafíos al nivel de que lo que puede de hecho administrar. La primera reacción pública es favorable y el apoyo a la Presidenta se afianza. Todos anhelan una presidencia capaz de hacerse cargo con éxito de problemas que amenazan con desbordar todo lo previsible.

Hugo Moyano sobreactúa a su vez el perfil y rasgos de un líder sindical casi arquetípico. Si bien es uno de los dirigentes más pragmáticos y con mayor sentido del Estado que haya producido el movimiento obrero, en esta ocasión se siente forzado a encarnar todo lo opuesto. Busca así reflejar la imagen de un líder abrazado a convicciones profundas, comprometido con una visión tradicional de lo que hasta los años '90 fue la “columna vertebral” del Movimiento. Lucha por la unidad y dispara una estrategia reivindicativa de máxima. Propone incluso de llegar al más amplio renunciamiento personal y político. Se ofrece casi como víctima propiciatoria de un sacrificio reparador y su discurso en el estadio de Huracán tuvo mucho de comienzo

de una verdadera ceremonia del adiós.

Como Cristina, Moyano busca también conectar también con fracciones de los sectores medios que apoyarán todo aquello que cuestione las pretensiones hegemónicas de algunos sectores del entorno oficial. Después de todo, la Presidenta tuvo tanto votos a favor como en contra y el peronismo busca abarcar a todos. Ser a un tiempo tesis y antítesis, conservación y ruptura, pasado y futuro, gerontocracia sindical y trasvasamiento generacional, en suma: gobierno y oposición. Después de todo, su objetivo está logrado. Los dirigentes sindicales no aspiran al reconocimiento, la simpatía o los porcentajes favorables en las encuestas. Sólo aspiran a que se los respete. En ese sentido Moyano refuerza una identidad y, a la vez, ocupa algunos de los vacíos abiertos por la fuga hacia la nada de la mayor parte de los líderes de la oposición.

La estrategia reconoce, sin embargo, objetivos limitados. Las grandes reformas están ya en el horizonte y de lo que se trata es más bien de ocupar posiciones en una negociación social larga, compleja y de resultados hoy por hoy imprevisibles.