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La Cámpora y el Siglo XX

20-04-2012
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(Columna de la politóloga María Esperanza Casullo)

La politización de sectores juveniles y su incorporación a movimientos políticos es más una regla que una excepción.

Para continuar con el tema de la militancia juvenil, un asunto que hoy tiene cierta centralidad por los debates acerca de la agrupación La Cámpora, es interesante hacer un recorrido histórico. Por momentos, parece que La Cámpora fuera la única o la primera agrupación política que intenta explícitamente organizar a militantes juveniles. Ciertamente, no es la primera, ni aun dentro del kirchnerismo, ya que existen otras como la Juventud Sindical que conduce Facundo Moyano o la rama juvenil del Movimiento Evita. También existen ramas juveniles dentro del radicalismo y una militancia minoritaria pero intensa de la izquierda con centro en la UBA.

Pero, aun así, ¿la militancia juvenil es algo único de esta época? ¿O existieron otros procesos movilizadores similares en el pasado con los cuales podríamos establecer comparaciones? Algo de esto se dijo en la columna de mi autoría en la edición pasada de el estadista, en donde se presentó una muy esquemática comparación de La Cámpora con la Junta Coordinadora de la Juventud Radical, que fuera uno de los puntales del ascenso alfonsinista.

Pero vale la pena remontarse un poco más hacia el pasado. De hecho, esto es lo que hacen los mismos militantes juveniles del kirchnerismo que suelen entroncar su propio activismo con el de la generación que se incorporó masivamente a las estructuras juveniles del peronismo desde la izquierda durante los '70, sobre todo la Juventud Peronista. De alguna manera, la masiva politización de la juventud que se dio durante los setenta sigue hasta hoy siendo el patrón imaginario con el cual se comparan (para hablar bien de ellas o para denostarlas) a las organizaciones juveniles actuales. Durante los años finales de los sesenta y los setenta, la JP llegó no sólo a movilizar millones de jóvenes sino, incluso, a disputar espacios de poder con las estructuras más sólidas del partido, como el sindicalismo.

Sin embargo, es posible ir más lejos aún. No hay que olvidar, por ejemplo, el fuerte componente juvenil que tuvo el radicalismo en su lucha insurreccional contra el régimen conservador y su primera llegada al poder. No casualmente los éxitos del movimiento de la Reforma Universitaria de 1918 están grabados a fuego en el imaginario radical aún hasta hoy.

En las décadas posteriores a 1890 el radicalismo supo representar a los hijos de inmigrantes que conformaron las nuevas clases medias urbanas no sólo política sino cultural e imaginariamente. Es posible que las primeras alusiones explícitas a la juventud como un actor político autónomo hayan sido realizadas por los militantes universitarios radicales del '18. Sin embargo, tampoco puede negarse que el primer peronismo tuvo también un componente juvenil.

Al ver solamente las fotos del 17 de octubre de 1945 puede apreciarse la juventud de muchos de los que, en ese momento, se hicieron peronistas. La base electoral del primerperonismo fueron jóvenes trabajadores industriales que no habían sido hasta ese momento representados políticamente de manera acabada por ningún actor del sistema político argentino, y que abrazaron sin reparos la nueva identidad peronista. Varios dirigentes eran jóvenes, como Antonio Cafiero, que llegó a cargos importantes con sólo 29 años o la misma Eva Perón, que tenía sólo 26 años en 1945.

Es natural que un gobierno que proviene “de afuera” (aunque más no sea imaginariamente, ya que Ricardo Sidicaro ha demostrado que también el peronismo abrevó de cuadros más fogueados y con experiencia de gestión en los años anteriores) deba reforzar esta imagen nombrando en cargos importantes a jóvenes outsiders para subrayar su carácter renovador. Y no puede olvidarse tampoco el componente juvenil que tuvo la coalición que derrocó a Juan Domingo Perón en 1955: si en el primer momento la Revolución Libertadora pudo presentarse como un movimiento democrático fue porque había podido hacer participar en ella a los movimientos estudiantiles radicales, liberales y socialistas de la Federación Universitaria.

Ya desde 1954, recuerda Alejandro Horowicz en su artículo “Sociología: 50 años en el ojo de la tormenta”, que “el movimiento estudiantil liberal de izquierda (radicalismo, socialismo y comunismo) había confluido con la Liga Humanista en sus esfuerzos por derrocar al gobierno legal”. Esta juventud antiperonista tuvo también su simbología y su estética propia, además de sus objetivos políticos. Sin embargo, su impacto en la política argentina fue de corto aliento, ya que su unidad era precaria y constituida por la negativa: al derrocar el peronismo, la razón de ser de la unidad se disolvió.

Entonces, si una lección deja este brevísimo racconto es que la politización de sectores juveniles y su incorporación a movimientos políticos es, más que una excepción, una regla de la historia política argentina. Podemos identificar varios momentos en los cuales una generación ingresó a la política: en el '18, a mediados de los cuarenta, en los cincuenta, a inicios de los setenta, durante el alfonsinismo y durante el primer mandato de Cristina Kirchner. Más aún, la mayoría de estas olas de activismo generacional tuvieronprofundo impacto sobre la vida política dado que, en gran medida, la socialización política juvenil tiene gran pregnancia en la historia identitaria personal futura.

Los jóvenes radicales del movimiento reformista fueron los dirigentes radicales de los cuarenta, y los jóvenes peronistas de los cuarenta fueron los dirigentes peronistas de los sesentas, así como muchos de los dirigentes principales del kirchnerismo ingresaron a la política durante los setenta. Una excepción a este patrón de politización fueron los noventa. Una hipótesis es que la militancia juvenil se desplazó desde el sistema político, visto en ese momento como un ámbito de prácticas corruptas, a las organizaciones de derechos humanos y otras de impronta barrial y cultural.

Sin embargo, encontramos también diferencias. Lo que resultó novedoso de la militancia juvenil de los setenta es la idea de pensar a la juventud como actor autónomo, por fuera de otra característica, algo que no sucedía antes. Los jóvenes universitarios radicales no eran sólo jóvenes sino, antes que nada, estudiantes (lo mismo con los sectores estudiantiles relacionados con el golpe de Estado del '55) y los jóvenes obreros peronistas siempre fueron apelados antes como trabajadores que como jóvenes. Lo que cambió durante los setenta fue menos la edad de los protagonistas que la idea de que “ser joven” es un criterio suficiente de legitimación política. Esto genera una amplitud en la apelación que es positiva, pero genera también ambivalencias.

La idea de joven es más polisémica que la idea de estudiante o trabajador, y más difícil de definir. ¿Tienen todos los jóvenes intereses comunes? ¿Cuándo se comienza y se deja de ser joven? ¿De qué manera se produce la transición entre la militancia juvenil y la militancia políticas? En definitiva, sin embargo, no puede decirse que la militancia juvenil haya sido un fenómeno negativo en la historia política argentina. El impacto último de las organizaciones depende de su articulación con las metas de un movimiento político mayor y de la dirección que le imponga su liderazgo. Mas no debería pedírsele, dado que, finalmente, se trata de organizaciones de jóvenes adultos que dan sus primeros pasos en el arte de la política.

(De la edición impresa)

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