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La oposición se levanta: ¿andará?

10-05-2013
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La política argentina no es ideológica ni programática sino identitaria

Carlos Menem era invencible. Durante diez años el menemismo fue para siempre, pero de repente llegó el fin y el jefe terminó preso. El arresto duró sólo seis meses, aunque marcó el límite de la impunidad. Después, en un giro menor de la historia, el kirchnerismo recicló al riojano como senador propio. Lo relevante es constatar que nada es para siempre, y si los jueces argentinos fueran como los ministros venezolanos ya estarían bautizando celdas con nombre de ministros. Por cierto, el Gobierno argentino que sancionó a Paraguay por antidemocrático no hizo declaraciones sobre la golpiza que sufrieron los diputados opositores en el Parlamento de Venezuela.

En las últimas semanas, mientras el Gobierno se desangraba cada domingo por televisión, la oposición comenzó a aglutinarse en unos pocos grupos con mayor consistencia. Dado que enfrente no hay una dictadura y que las elecciones intermedias fragmentan el voto, la unidad opositora es innecesaria e inconveniente ?salvo para el Gobierno?. Como una gran dispersión es igualmente inconveniente, la estrategia ideal está en el medio: dos coaliciones, una a cada lado del Gobierno, que no polaricen la elección sino que la centrifuguen.

Las oposiciones bilaterales que se están formando no responden al eje izquierda-derecha, aunque así intenten venderse ?o así pretenden desacreditarlas?. Reflejan, en cambio, la más tradicional de las divisiones políticas argentinas: la que separa al campo peronista del campo no peronista. Por eso no tiene sentido acusar al cuarteto de Hugo Moyano, José Manuel de la Sota, Roberto Lavagna y Francisco De Narváez de derechista o a la Unión Cívica Radical, que acaba de encolumnarse masivamente detrás de Ernesto Sanz, de socialdemócrata.

Los primeros pretenden, simplemente, disputar la representatividad y conducción del peronismo, mientras los radicales aspiran a convertirse en el imán que agregue a quienes no son peronistas. Siguiendo su propia tradición, la política argentina no es ideológica ni programática sino identitaria.

La política identitaria deja al PRO con pocas opciones. Su intento de perforar ambos espacios mediante la rapiña surtida de peronistas y radicales se ve limitado por la resiliencia de esas identidades. Por eso, y Macri lo sabe, su única forma de crecer es a través de la farandulización de la campaña y los candidatos. No existe una tercera identidad política en la Argentina, pero siempre habrá oportunidades para outsiders mediáticos al estilo de Beppe Grillo en Italia. Por cierto, siempre queda la opción de sumarse a alguno de los campos existentes; el problema es que quien viene de afuera tiene que ponerse en la fila y no a la cabeza.

Estas elecciones posicionarán a los futuros candidatos presidenciales, pero también definirán las condiciones en que Cristina Kirchner acabará su mandato. La razón es que el 2013 presenta una oportunidad única para cambiar el equilibrio de fuerzas en el Senado, donde hoy el Gobierno posee una mayoría automática. Combinadas, las ocho provincias que renuevan sus senadores han sido históricamente desfavorables para el peronismo: mientras sus candidatos o aliados han triunfado en 27 elecciones para gobernador desde 1983, los no peronistas han ganado en 32 oportunidades. Esta ligera desventaja peronista contrasta con la tendencia general: contando a todas las provincias, el peronismo ha ganado dos elecciones por cada una de la oposición.

La percepción masiva de corrupción, la informalización de la economía (sea las estadísticas o el dólar) y la fatiga del Gobierno parecen indicar un fin de época. Nada está dicho, porque 2009 también parecía el fin y la fortuna viró la taba, pero aparentemente el poder ha desgastado a sus detentores.

Resta por verse si los diversos opositores aprovechan su oportunidad o, por el contrario, le dan la razón al recién fallecido Giulio Andreotti. Cuestionado por haber participado en todas las legislaturas italianas desde 1945, así como en la mayoría de los gobiernos, le preguntaron una vez el sempiterno primer ministro italiano si el poder desgastaba. “Sí ?respondió? sobre todo a quien no lo tiene”.

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