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La paradoja bonaerense

09-02-2015
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(Columna de Facundo Matos)

Aunque concentra el 37% del padrón electoral y genera el 35% del PBI nacional, la provincia carece de autonomía frente a la Casa Rosada.

La provincia de Buenos Aires está signada por una paradoja. Es el distrito de mayor peso -simbólico y real? en la política nacional. Y sin embargo, sus gobernadores han ido perdiendo autonomía frente al poder federal. Las dos cosas están conectadas: por su importancia, el Gobierno Nacional no puede dejar a su libre albedrío a la provincia de Buenos Aires y busca por todos los medios controlarla. Pero por ese mismo peso electoral, las particularidades provinciales repercuten a su vez en la política nacional.

La politóloga María Matilde Ollier advierte que esta particular imbricación entre la provincia y el Estado Nacional “entraña la existencia de una zona gris donde ambos espacios (nacional y provincial) se superponen, permitiendo detectar tres tipos de impactos: provincializador (de la provincia sobre la Nación), nacionalizador (de la Nación sobre la provincia) y cooperativo (de cooperación)”.

EL CONURBANO

El origen de este ensamble de poderes es en parte por el déficit estructural de financiamiento de la provincia de Buenos Aires, que la hace más dependiente de Nación. En el conurbano ?donde viven dos tercios de los bonaerenses, el 25 % de los argentinos? se concentran las dificultades más grandes en términos de infraestructura, niveles de pobreza y acceso a los servicios básicos. Y se concentran allí también gran parte de las asignaciones y planes sociales nacionales, lo que hace que los intendentes suelan tener mayor trato con la Casa Rosada que con el gobierno provincial.

“Por un lado, la capital política y administrativa del conurbano, la ciudad de La Plata, se halla en la provincia de Buenos Aires, y por otro, la fuerte ligazón de los habitantes del cordón bonaerense con la CABA, convierten la zona en un anillo de esta ciudad sobre la que ejerce influencia tanto cultural como política”, sostiene Ollier en diálogo con el estadista.

Además, fruto de la territorialización de la política en las últimas décadas, los votos de los intendentes no dependen del gobernador sino de su propia fortaleza. El signo político del poder nacional ayuda a fortalecer o debilitar a los jefes comunales y, en ese marco, la figura del gobernador pierde peso frente a la de quien ocupa la Casa Rosada. La provincia aportó en cada elección presidencial de las últimas tres décadas un promedio del 38% de los votos del candidato electo. Las excepciones fueron dos: por encima del promedio, las elecciones de 2003, en las que Kirchner recibió el 44%; por debajo, las de 1999, en las que el aporte de la provincia a Fernando De la Rúa fue de apenas 35%.

Tanto es así que la provincia siempre compartió el signo del Gobierno Federal. Las únicas excepciones desde 1983 se dieron durante el periodo de la Alianza y en los dos años de Cafiero como gobernador y Alfonsín en la Rosada.

Por la superposición de ambos gobiernos, las elecciones bonaerenses son tradicionalmente poco atrayentes. Los candidatos a la gobernación saben que dependen de los votos que puedan empujar de abajo hacia arriba los intendentes y del arrastre de la boleta presidencial.

Una prueba de ello es que los candidatos a presidente suelen medir mejor en la provincia que sus propios candidatos a la gobernación. Actualmente, tanto Scioli como Massa y Macri triplican o cuadruplican en intención de voto al candidato mejor posicionado de su espacio.

A su vez, los votantes perciben que quien gane la gobernación podrá cambiar muy poco la situación en la que viven. En consecuencia, el porcentaje de votos en blanco ha sido tradicionalmente elevado, en comparación al de otras provincias y a elecciones presidenciales. Esto contribuyó a dar la falsa ilusión de que algunos gobernadores bonaerenses (como Armendáriz en 1983 y Scioli en 2011) tuvieron más votos que su candidato a presidente cuando en verdad, la diferencia en el porcentaje se debió más que nada a que la cantidad de sufragios positivos fue menor como consecuencia de un mayor número de votos en blanco.

LA GOBERNABILIDAD

El temor al efecto provincializador de la provincia de Buenos Aires sobre el conjunto de Argentina ?dada su fortaleza electoral?, llevó a los gobiernos nacionales a hacer lo imposible por controlarla. “Todo indicaría que para mantener la estabilidad del Gobierno Nacional hace falta tener el control de Buenos Aires”, deduce Ollier. “De hecho, las dos veces que los presidentes no tuvieron gobernadores propios (Alfonsín y De la Rúa) se han tenido que ir antes de tiempo, y los problemas estuvieron en la provincia”, agrega. En ese sentido, los injustos parámetros de coparticipación y el reparto discrecional de Aportes del Tesoro Nacional para el rescate fiscal, operan como las dos partes de una política de palos y zanahorias.

Pero es en el peronismo en el que se da con mayor visibilidad. Buenos Aires ha sido por excelencia y desde siempre su bastión y desde 1987 es gobernada ininterrumpidamente por el justicialismo. En la actualidad, además, prácticamente todos los intendentes del conurbano bonaerense tienen origen justicialista. Quien quiera ser el líder del PJ a nivel nacional debe primero asegurarse el control del peronismo bonaerense, una lección que sin lugar a dudas aprendió Kirchner de los enfrentamientos entre Menem y Duhalde años atrás.

Otra consecuencia de la imbricación que define Ollier es que el distrito no produce figuras políticas de peso. “Todos los gobernadores han sido figuras nacionales, en muchos casos vicepresidentes, como Duhalde, Ruckauf o Scioli. Figuras con muchísima visibilidad puestas por el candidato a presidente y no surgidas de una carrera política en la provincia”, señala.Las máximas expresiones de este fenómeno fueron Graciela Fernández Meijide, Carlos Ruckauf y Daniel Scioli, que comenzaron su carrera política en la ciudad de Buenos Aires pero se lanzaron luego a la política bonaerense.

Donde se ve claramente la escasez estructural de figuras bonaerenses de peso es en el Frente Renovador y el FpV. Ambos espacios se reparten la gran mayoría de las intendencias, pero carecen de un candidato que se imponga sobre el resto. Jesús Cariglino, Darío Giustozzi, Felipe Solá, Mónica López y Francisco De Narváez suenan en el massismo; Fernando Espinoza y Diego Bossio, en el FpV. Aunquelo que moverá el amperímetro en los dos espacios en última instancia será la decisión que tome finalmente Martín Insaurralde.

En cambio, en el espacio que encabeza Mauricio Macri, el mayor inconveniente es la falta de candidatos competitivos. Sólo los tiene en Vicente López, Bahía Blanca, Tres de Febrero y Lanús. La única precandidata a la gobernación es María Eugenia Vidal aunque se podría sumar Posse, en caso de que decida abandonar el massismo y retornar al macrismo.

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