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La política exterior, un año después

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11-12-2016
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(Columna de Tomás Múgica)

El gobierno de Macri sólo pudo cumplir parcialmente con los objetivos que se planteó en su relación con el mundo.

El gobierno de Mauricio Macri cumple su primer año. También su política exterior. Su principal característica ha sido la focalización en la agenda económica en un grado mayor a lo que es habitual en los países emergentes, que suelen plantear el desarrollo como horizonte ordenador de sus vínculos externos.

La política internacional del actual gobierno puede resumirse en tres objetivos, no explicitados, pero claramente deducibles de las acciones y declaraciones de sus miembros, empezando por el propio Macri: búsqueda de inversiones; diversificación de los vínculos económicos externos; y fortalecimiento de los lazos políticos con los países occidentales.Si aceptamos que estos son los objetivos que se propuso la administración de Cambiemos en su relacionamiento con el exterior, ¿qué balance podemos hacer sobre su cumplimiento?

Empecemos por las inversiones. En cada foro internacional del cual participó-desde el Foro de Davos, pasando por la reunión del G-20 en China, hasta el Foro de Inversión y Negocios de Argentina (bautizado pomposamente como “Mini ?Davos”) organizado en Buenos Aires- Mauricio Macri hizo del llamado a invertir en Argentina el principal tema de sus intervenciones. Lo mismo sucedió en sus encuentros con mandatarios del exterior: Obama, Hollande, Merkel, Renzi, Trudeau, Xi Jinping y Shinzo Abe fueron los nombres más significativos de esa lista.

Sin embargo, la inversión extranjera directa (IED), una de las grandes apuestas de Macri para reactivar la economía y acceder a divisas a un costo menor en términos de deuda pública, sigue siendo una promesa incumplida. Hubo anuncios, muchos: por US$ 43.000 millones, de acuerdo a cifras de la Agencia Argentina de Inversiones. Pero pocos resultados concretos hasta el momento. Las razones que se esgrimen son varias, pero la mayoría tiene que ver con la incertidumbre, desde el rumbo de la política económica a la capacidad política del gobierno para garantizar la implementación de su programa. La política doméstica sigue siendo una variable de enorme importancia para explicar los resultados de la política exterior.

Segundo, el gobierno ha apostado por mantener los vínculos con China y Rusia profundizados durante la década de Néstor y Cristina Kirchner. Más allá de desacuerdos puntuales, en ambos casos la apuesta sigue siendo fuerte, tanto en materia comercial como de inversiones. El financiamiento de grandes obras de infraestructura-la rehabilitación del ferrocarril Belgrano Cargas, la represa de Chihuido y la construcción de nuevas centrales nucleares entre las más destacadas- ocupa un lugar destacado en la agenda con esos países. La adquisición del status de miembro observador en la Alianza del Pacífico, y la búsqueda de acuerdos económicos con países como Qatar y Japón forma parte de un intento de diversificar las relaciones económicas internacionales. Se observa un activismo importante de parte del gobierno en este terreno, aunque sin que haya ninguna definición clara acerca de la estrategia más general de desarrollo y del patrón de inserción económica que la acompaña. Como en otros temas, no se sabe si las señales del gobierno provienen de la convicción o son simplemente la expresión de una correlación de fuerzas en el sistema político.

Tercero, la recomposición de los lazos políticos con los países occidentales es el objetivo encuyo logro el gobierno ha avanzado más. La administración de Macri optó, de manera previsible, por la “lógica de la aquiescencia”, una de las dos grandes estrategias ? la otra es la “lógica de la autonomía”- seguidas por los países latinoamericanos en su política exterior (Russell y Tokatlián 2013). De acuerdo a esa línea de acción, el alineamiento político con la potencia hegemónica debería redundar en beneficios materiales y simbólicos para el país alineado.

Hasta el momento los resultados han sido magros. La relación con Estados Unidos, las principales potencias europeas y Japón ha mejorado: el denominador común entre los Jefes de Estado que visitaron Argentina o con los cuales Macri se reunió en el exterior fueron las expresiones de alivio por el fin del kirchnerismo?percibido como restrictivo en el terreno económico y portador de un discurso agresivo hacia los países desarrollados- y la satisfacción por la llegada de un gobierno más atento a sus intereses. Pero el acercamiento no se ha traducido en ventajas tangibles para nuestro país.

En ese camino de acercamiento no han faltado las sobreactuaciones, una marca registrada de la política exterior argentina. Las exageradas muestras de interés, rayanas en la obsecuencia, con las cuales el gobierno recibió a Obama;el comunicado conjunto con el Reino Unido; y la apuesta sin matices por Hillary Clinton en la elección presidencial norteamericana, son tres casos ilustrativos de esa tendencia. El problema con la sobreactuación es que proyecta señales confusas hacia los actores externos y contribuye a la percepción de la Argentina como un país pendular y, en definitiva, imprevisible.

Por último cabe un comentario sobre la elección de los funcionariosa cargo de la política exterior. Con el correr del año, el nombramiento de Susana Malcorrase ha revelado como una decisión desacertada del presidente. Más allá de las cualidades personales que se le reconocen, su candidatura a la Secretaría General de la ONU ?o mejor dicha la manera en que la transitó, borroneando con frecuencia los límites entre el interés personal y el interés público- le restó legitimidad frente al cuerpo diplomático, la dirigencia política y la opinión pública. Su derrota, sumada a algunos errores groseros, la dejaron en un lugar de debilidad del cual le costará volver.

Como alguna vez señaló Celso Lafer, la política exterior consiste en “traducir necesidades internas en oportunidades externas”. En países como Argentina, esas necesidades internas suelen ser, primordialmente, económicas.La pregunta, claro está, es como lograr esa traducción. Siguiendo una lógica que tiene su último antecedente en el gobierno de Carlos Menem, Macri se propone hacer del alineamiento político una herramienta de desarrollo económico. Por el momento los resultados no son los esperados. Están bastante por debajo del 8.

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