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Las potencias y sus satélites: el caso de la Argentina y Brasil

12-06-2012
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(Columna del politólogo Ezequiel Avila)

La relación entre Brasil y la Argentina se encamina a ser un vínculo de potencia-satélite. Desafíos, objetivos y posicionamientos.

En general, los países que son potencias mundiales tienen, geográficamente cerca, otro país que opera como un socio menor en aspectos comerciales, que se beneficia de sus logros pero que también sufre sus penurias. Algunos de esos territorios satélites se asocian sólo comercialmente, mientras mantienen profundas diferencias en su estructura societaria y en sus aspectos culturales. Otros adicionan al vínculo comercial algún tipo de lazo relacionado con la cultura política, identidad religiosa o comunión de valores sociales.

Es cierto que gran parte de esos roles son condicionados por la historia de cada una de las naciones y también que los sucesivos gobiernos pueden intentar imprimir pequeños cambios que, a la postre, si tienen continuidad pueden configurar nuevas situaciones estructurales. La relación potencia-satélite depende de diversos factores, los cuales pueden agruparse en tres: modelo económico, régimen político y sistema de valores culturales. Estos tres campos de fuerza cristalizan momentos de tensiones dadas por juegos de suma cero, en muchos casos de alcance bélico; pero también transitan períodos de calma en los que ambas partes se benefician ya sea en el plano económico o en el político.

Veamos algunos ejemplos. EE.UU. y China, dos de las principales potencias mundiales en la actualidad, cuentan con países satélites con los cuales mantienen ligazones muy fuertes. Los Estados Unidos de América con México y Canadá. China con varios, entre ellos Mongolia y Corea del Norte. Los países satélites encuentran en el país potencia un mercado accesible para sus productos o bien uno desde el cual importar lo que, por razones de competitividad, no pueden producir. Pero también las potencias suelen “socializar” los costos de su éxito con sus satélites. Por ejemplo, el éxito económico suele verse acompañado de una necesidad de mano de obra barata poco calificada que algún vecino puede proveer o de una fuente de producción de bienes poco costosa económicamente pero altamente perjudicial para el medio ambiente de ese país cercano. El consumo de drogas ilegales en los países potencia suele generar factorías en países satélite que no ejercen un poder de control eficaz ni implementan políticas públicas transparentes en materia de seguridad y narcotráfico.

Tal vez pueda ser doloroso reconocerlo, pero un análisis realista de la política internacional de la región nos da cuenta claramente de que la relación Brasil-Argentina se encamina a ser un vínculo de potencia-satélite. Brasil es ya la sexta economía del mundo y, según proyecciones, de estirarse la crisis económica mundial que afecta principalmente a Europa, en 2015 podría ocupar el lugar de Francia, hoy en el quinto puesto. Con una tasa de desempleo del 6% y con 370.000 millones de dólares de reserva, presenta una solidez económica que cualquier potencia le envidia. Además, Brasil trata de que este buen momento no sea una construcción sobre arena ni un castillo de naipes que cualquier ventisca internacional pueda, en el mediano o largo plazos, derribar. Por ello cabe destacar su política en ciencia y tecnología, que ha ido cobrando más importancia dentro de su Presupuesto, así como sus avances en la inclusión de nuevos segmentos de la población en el sistema universitario.

CAMINOS DE CONVERGENCIA

Es en este contexto que debería ser analizada la relación con el país vecino, es decir, evaluando cuál es el posicionamiento que conviene fabricar en torno a una potencia económica emergente y construyendo un parentesco que contemple dos cuestiones. La primera es que la relación ponga en acto las tres esferas mencionadas anteriormente: el régimen político, el modelo económico y el sistema de valores culturales. La segunda es tomar en cuenta que vivir cerca de uno de los BRICS puede ser altamente beneficioso, pero también puede perjudicarnos si no logramos construir un sistema de matrices de complementariedad. Esas matrices aparecen en nuestra historia más hegemonizadas por elementos de tipo comercial que políticos o culturales.

Si uno observa muchos de los estudios académicos o de análisis de coyuntura, también nos encontramos con una lógica de tratamiento predominantemente reduccionista a los aspectos económicos. Existe una deuda importante en estudios sobre cómo complementarnos con Brasil en base a nuestro sistema político y cómo sostener una comunidad de valores compartidos que nos fortalezcan ante el mundo. En cuanto al régimen político, una de las mayores divergencias se da en el plano de los sistemas de partidos políticos.

En este caso, el desafío tiene un mayor peso en nuestro país. Contar con un régimen de partidos con capacidad de alternancia, de predicamento entre la sociedad, con estructuras de dirigentes de alcance nacional, con posibilidades ciertas de acceso a cargos ejecutivos de altos niveles, con programas doctrinarios o ideológicos claros, que condensen las perspectivas de diferentes grupos de interés, son algunas de las metas. Pero también cabe preguntarse acerca de cómo se relacionan internacionalmente los partidos políticos y, más específicamente, cuál es el vínculo, si es que existe, entre nuestros partidos y los de la potencia BRIC más cercana.

Más allá de los foros internacionalistas que discuten grandes temas, no es un lugar común la búsqueda de una integración y discusión conjunta de programas políticos concretos que marquen las opciones de política y las directrices en temas como el medio ambiente, la relación con los medios de comunicación, las perspectivas en cuanto sistema de salud o las nuevas ideas respecto a la educación, entre otros temas. Si estas cuestiones ya tienen un tratamiento superficial en las cumbres entre representantes de Estados, muchos más inmadura se presenta la cuestión en el nivel partidario, donde se discute más en el plano de las ideas que de las realizaciones concretas. Por último, ¿cuáles son los esfuerzos, a través de entidades públicas o privadas, para trabajar juntamente con Brasil en la articulación de una comunidad de valores y de elementos culturales compartidos?

En una entrevista reciente, el ex canciller Rafael Bielsa se refería a la ciudadanía estadounidense, caracterizándola como extremadamente encerrada en lo que sucede en su comunidad local y, a lo sumo, en Washington; pero lejana de lo que sucede más allá de sus fronteras. En ese sentido, vale cuestionarse si, como comunidad latinoamericana, los argentinos y brasileños no estamos demasiado encerrados en nuestras fronteras, sin experimentar un vínculo que, de complementarse y expandirse en lo político, cultural y económico, podría ayudarnos a construir una relación potencia-satélite más homogénea, horizontal y de ganancias mutuas que las que, en general, pueblan el globo en la actualidad.

(De la edición impresa)

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