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Los caminos divergentes de la región

28-05-2013
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La debacle en estéreo de la Argentina y Venezuela amenaza con arrastrar a Brasil

"Sin pensamiento estratégico vamos a perder lo que construimos”. Eso afirmó Lula en un encuentro reciente con intelectuales argentinos, según tituló Página12. El ex presidente no hablaba sólo de Brasil sino de la región, y para dejarlo claro agregó: “O crecemos juntos o nos quedaremos pobres todos juntos”. Las frases del gran estadista revelan dos preocupaciones. Por un lado, indican que hoy no existe pensamiento estratégico: si lo hubiera, no sería necesario alertar sobre su ausencia. Por otro lado, reflejan la convicción de que el destino de Brasil es indisociable del de América del Sur. Lula está en buena posición para sostener la primera afirmación, pero los hechos desmienten la segunda.

Que falta pensamiento estratégico, falta; pero los países de la región no emergen o se hunden en bloque. Al contrario, esta década es testigo de una novedad histórica: por primera vez en medio siglo, los caminos de la región se bifurcan. Desde hace cincuenta años, América del Sur se mueve casi siempre en bloque. La década del '70 se caracterizó por el retroceso democrático (golpes de Estado en la Argentina, Brasil, Chile y Uruguay) y shocks petroleros que afectaron a cada país en función de sus recursos (Venezuela se benefició mientras la Argentina y Chile sufrieron y el milagro brasileño se detuvo). Los '80 trajeron la recuperación masiva de la democracia, y al mismo tiempo fueron conocidos como “la década perdida” por la crisis de la deuda. En los '90 la democracia resistió en todos los países (salvo Perú) tornándose ligeramente populista, y también en todos los países el neoliberalismo dominó las políticas económicas. Como reacción al ajuste y consecuente desempleo, los 2000 giraron a la izquierda: una ola rosada barrió al continente y la centroderecha se recluyó en enclaves como Colombia.

La novedad llegó en la década actual: los países sudamericanos, lenta pero consistentemente, empiezan a flotar en distintas direcciones. UNASUR, un invento brasileño con pocos años de edad, se desgarra y diluye dentro de América Latina. Y la responsabilidad no es del culpable tradicional, los EE.UU., sino de la potencia que tiende a substituirlo: China. El cambio de hegemonía esconde una constante: el país que ordena a la región sigue siendo exterior a ella.

Hoy, los que eligieron integrarse al mundo a través del libre comercio crecen más que los demás. La Alianza del Pacífico, que relegitima a México como miembro de la región, es la sensación del momento. Enfrente está el ALBA: aunque no todos sus miembros son proteccionistas, el líder del grupo se hunde. El futuro político de Venezuela es incierto, pero su futuro económico es tétrico. La Argentina, aunque no pertenece a ninguno de los dos bloques, se parece cada vez más al segundo. El tercer grupo es Brasil, tironeado entre un corazón proteccionista y un cerebro aperturista. Su desempeño económico es mediocre, y como consecuencia el Gigante apenas puede con sí mismo. Brasil carece de capacidad para intervenir en el vecindario so riesgo de desenmascarar su impotencia, así que se limita a ejercer una suave y endeble influencia.

Pero la debacle en estéreo de la Argentina y Venezuela amenaza con arrastrarlo y el debate interno se calienta: si Brasil no puede rescatarlos, ¿deberá acompañarlos? La respuesta es negativa, y comienzan a estudiarse alternativas. Una de ellas es que el Mercosur imite a la Comunidad Andina y, manteniendo la ficción de la integración, habilite mediante una decisión conjunta que sus miembros firmen tratados comerciales con terceros países. Es cierto que la situación de la Argentina aún no es tan grave como la de Venezuela: ambas gozan de malos gobiernos, pero sólo Caracas sufre la maldición de los recursos.

En otras palabras, el daño argentino es autoinfligido y reversible. El riesgo es que Brasil no quiera esperar, y cuando llegue la reacción nacional el bondi haya pasado. En ese caso sólo quedará un consuelo: levantar la Copa del Mundo en el Maracaná. Por supuesto, entre ganar el Mundial y generar un pensamiento estratégico muchos argentinos elegirían la primera opción. A ellos, el Gobierno los representa bien.

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