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Los partidos en la década K

31-05-2013
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(Columna de Liliana De Riz)

La pérdida de confianza en los partidos y sus liderazgos, y la fragmentación del polo no peronista pos-2001, aún permanecen

La década que se inaugura con la llegada de Néstor Kirchner a la Presidencia tiene como telón de fondo las consecuencias del colapso de 2001. Parecía entonces que la Argentina se sumergía en un proceso de descomposición política irreversible anunciado en el rechazo a los partidos y la desafección ciudadana que reflejaron las elecciones de 2001.

Abundaron interpretaciones de fin de época. Los partidos, cáscaras vacías, dejaron de importar. La cuestión era encontrar los liderazgos sustentados en la opinión pública. Sin embargo, la crisis de representación no afectó a todos los partidos por igual, fueron sobre todo los votantes de la clase media que habían apoyado en el pasado al Unión Cívica Radical, los “huérfanos de la política de partidos”, según la feliz expresión de Juan Carlos Torre.

El peronismo capitalizó el fracaso del Gobierno de la Alianza desde su rol opositor. Ese fracaso condenó la estrategia de alianzas en el campo no peronista. ¿Qué cambió y qué permanece en el sistema de partidos desde entonces? Las presidenciales de 2003 amplificaron los efectos registrados en las del 2001. De la UCR se desprendieron dos nuevos partidos y un pequeño grupo de dirigentes afines a Néstor Kirchner. El peronismo se dividió en tres fórmulas presidenciales. La diferencia entre la primera y la quinta fuerza política fue apenas de 10%. La crisis electoral del radicalismo y la fragmentación del polo peronista, que en conjunto logró el 61% de los votos, dieron pábulo a las predicciones más pesimistas.

Acaso se diluían las viejas identidades sociales al compás de la volatilidad del voto.

Sin embargo, subsistió, reducido, el espacio no peronista. Las elecciones siguientes consolidaron al peronismo como partido predominante, encolumnado tras Néstor Kirchner. La operación de apertura hacia sectores no peronistas ?la transversalidad?, pronto se transmutó en alianzas pragmáticas con dirigentes peronistas con peso territorial y en el aparato sindical. La alianza del FpV con gobernadores e intendentes radicales para las elecciones de 2007 no alteró la oposición principal peronismo/no peronismo.

El ciclo histórico del peronismo realmente existente no había llegado a su fin, pese a la voluntad de Kirchner de alumbrar el posperonismo. El polo no peronista fue el que sufrió el impacto de la fragmentación alimentada por la pérdida de apoyos de la UCR y la proliferación de nuevos partidos, en su mayoría partidos personales, que recogen el voto no peronista. Resultó, entonces, un sistema de partidos desequilibrado al que sólo una estrategia de coaliciones podría devolver el equilibrio y la expectativa de la alternancia. Las elecciones legislativas de 2009 pusieron a prueba esa estrategia.

En números gruesos, el oficialismo obtuvo 31% de los votos; el Acuerdo Cívico Social, que incluyó a la UCR, 30% y el Pro y peronismos disidentes, 25%. Las coaliciones electorales no soldaron consensos de mayor aliento y la fragmentación regresó para quedarse.

Las elecciones presidenciales de 2011 arrojaron una enorme brecha de 37 puntos entre los votos obtenidos por la presidenta Cristina Fernández y los de la candidatura más votada entre las agrupaciones del polo no peronista, muy lejos del resultado a tres bandas de las elecciones legislativas de 2009. En la actualidad, los partidos de la oposición no pueden derrotar al oficialismo como lo hizo la UCR en 1983 y en 1999 la Alianza entre radicales, frepasistas y fuerzas de la izquierda.

El sistema de partidos perdió competitividad y todo gira alrededor del peronismo. La lucha por la sucesión presidencial dentro del oficialismo opaca el papel de la oposición no peronista, en inferioridad de condiciones porque no cuenta con los recursos estratégicos y el poder de presión que tiene la oposición de origen oficialista. Las consecuencias de la crisis de 2001 todavía perduran. La pérdida de confianza en los partidos y sus liderazgos, y la fragmentación del polo no peronista, permanecen. Viejos actores coexisten con nuevos protagonistas, pero la estructura de la competencia política es la misma que inauguraron las elecciones de 1946: un polo peronista y un polo no peronista.

El sistema partidario es una confederación de caudillos provinciales que se unen por conveniencia en el plano nacional y, como ocurrió entre 1880 y 1916, no se organiza alrededor de una dirección central. La UCR sobrevive con su menguado caudal electoral y el pesado lastre de no haber terminado sus mandatos en las condiciones en las que le tocó gobernar. Las demás fuerzas del polo no peronista enfrentan los obstáculos de un sistema electoral que funciona con un doble sesgo: la sobrerrepresentación de los distritos menos poblados que beneficia a los partidos que predominan en esos territorios y el carácter mayoritario de la elección por el reducido número de bancas en juego que bloquea en esos distritos el acceso a terceras fuerzas.

Con estas reglas, el peronismo resultó favorecido respecto del radicalismo y ambos partidos con relación a terceras fuerzas que siempre surgieron en la Capital o en Buenos Aires. La Argentina ha sido un cementerio de terceras fuerzas políticas. Desde el retorno de la democracia en 1983, el Partido Intransigente, la UceDé, el MODIN y la AR de Domingo Cavallo intentaron romper el bipartidismo peronista-radical. Hoy el mapa político está poblado de partidos o frentes desgajados de su tronco originario que aún no logran convertirse en partidos nacionales.

Puede afirmarse que la agitación en la superficie de la sociedad no ha logrado aún cambiar las claves de una cultura política propensa a vivir en un mundo de ilusiones a pesar de los recurrentes desencantos. La principal oposición que organiza los conflictos en la política argentina se mantiene desde 1945. Con razón Andrés Malamud advierte sobre las continuidades que registra la política argentina. La tentación de caer en una utopía regresiva persiste como activación de perennes nostalgias por idealizados tiempos pasados.

Sin embargo, esto puede cambiar. La economía ha dejado de crecer a las tasas que alimentaron la bonanza, vuelve la amenaza de perder el empleo, la inflación erosiona los beneficios sociales logrados y los escándalos de corrupción que alcanzan a altos funcionarios se cobran vidas humanas. Masivas protestas callejeras y en las redes, al margen de los partidos, expresaron el rechazo al juego de engaños. Hay condiciones para el encuentro de la indignación de los ciudadanos con la reconstrucción del sistema de partidos. Propiciarlo es responsabilidad de los liderazgos. Cabe esperar que una coalición opositora sea capaz de convertirse en un gobierno de alternativa que modifique el rumbo de la decadencia. Un sistema político equilibrado en el que la alternancia no sea un breve interregno entre gobiernos peronistas.

Las transformaciones demandan continuidad y esfuerzo, pero hoy están presentes los elementos que son detonadores de los cambios. Contra el poder de un pasado que nos condena a los corsi y ricorsi dignos de la virtud de un Sísifo, es posible imaginar que el cambio se está gestando para comenzar un nuevo ciclo político que devuelva la credibilidad perdida a las instituciones de la democracia representativa.

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