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Macri: ¿Liberal o populista?

30-04-2012
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(Columna de María Esperanza Casullo)

Aun no queda en claro que tipo de derecha es la que encarnan Mauricio Macri y el Pro. El caso YPF.

Asumamos, por el momento, que Mauricio Macri expresa un proyecto político autónomo de la derecha argentina, en el sentido de que representa políticamente al sector de la sociedad argentina que quiere limitar la intervención del Estado en la economía y recortar las políticas de distribución del ingreso, y que es el líder de un proyecto encabezado por representantes de las clases que solían llamarse propietarias. Asumamos que Macri tiene, no sólo la intención, sino un proyecto real para construir un partido nacional con perspectivas concretas de ganar las elecciones nacionales de 2015. Asumamos que Macri encabeza un proyecto autónomo de derecha en la Argentina. Aun así, no queda claro qué clase de derecha es.

Porque así como en la Argentina existen y existieron durante el Siglo XX (al menos) dos izquierdas, la izquierda liberal y la izquierda populista, también existen y existieron al menos dos derechas. Hasta la década del setenta, dentro de la derecha argentina coexistían, no sin conflicto, dos variantes: la derecha nacionalista y la derecha liberal. La derecha nacionalista estaba asociada con sectores ligados fuertemente a la Iglesia Católica y a los sectores terratenientes: históricamente, esta derecha expresaba un proyecto centrado en un relativo cierre de los intercambios con el resto del mundo y en la implementación de agendas cultural y socialmente conservadoras: educación católica, fuerte énfasis en la naturalización de las jerarquías sociales, promoción de un mitológico pasado gauchesco y campero, etcétera.

La derecha liberal, mientras tanto, expresaba a sectores económicos ligados al capital extranjero y tenía la característica de promover el proyecto de una Argentina “integrada al mundo” como productora de materias primas y asociada de las potencias centrales. La derecha liberal tuvo la característica de centrarse en temas económicos, y ser más flexible en temas religiosos y culturales. De hecho, la derecha liberal argentina era una derecha cosmopolita, viajera, admiradora de las grandes capitales y que coqueteaba, incluso, con el laicismo. Esta situación cambió, sin embargo, luego de la década del setenta, con la derrota del sector nacionalista de la derecha a manos de los liberales. Victoria expresada por el protagonismo de los sectores liberales ligados a Martínez de Hoz en el Proceso.

El derrumbe de la dictadura, la apertura democrática de los ochenta y la derrota de los últimos vestigios nacionalistas expresados por figuras como Seineldín, volvieron irrelevante a la derecha nacionalista. La situación cambió durante los noventa. En esa década sucedió un hecho de revolucionario impacto: la derecha argentina, como la colombiana o la peruana, abrazó al populismo. Tanto la derecha liberal como la derecha nacionalista de antaño tenían un enemigo en común: el populismo, encarnado, por supuesto, en la tradición peronista. Toda derecha argentina era furiosamente antipopulista y compartía el ímpetu en reprimir y eliminar cualquier atisbo de movilización popular, ya fuese por la vía de una rígida jerarquía sostenida en valores religiosos y tradicionales o bien por la vía de la disolución individualista de las solidaridades colectivas.

La clave, sin embargo, es que este rechazo del populismo dejó a la derecha sin posibilidad de ganar elecciones nacionales libres y abiertas desde 1945 a 1983, dada la evidencia de que en nuestro país es muy difícil, sino imposible, ser electo a nivel nacional sin al menos un componente populista. Pero todo esto cambió con el advenimiento de las derechas neoliberales (o “neopopulistas,” al decir de Kurt Wayland). Súbitamente, con Carlos Menem la derecha descubrió que, mucho mejor que eliminar a su histórico enemigo, era abrazarlo. Esto no significa que la antigua derecha liberal haya desaparecido, ni mucho menos.

Antes bien, el instinto primario de la derecha vernácula y su impulso atávico es hacia el antipopulismo, expresado en el rechazo hacia el sindicalismo y todo lo que conlleve a la politización de las clases populares. El ímpetu antipopulista sigue siendo la identidad principal, sobre todo, de aquellas personas que advinieron a la vida política antes de la consolidación democrática. Sin embargo, un sector (generalmente más joven) de la derecha comprende que la aceptación de las reglas de juego electorales implica que a las elecciones hay que ganarlas, y esto requiere la capacidad de atraer al menos a una fracción de las clases populares.

En ningún partido actual es esta ambivalencia tan fuerte como en el PRO, ya que ambas tendencias conviven dentro de él y en el discurso de su principal líder, Mauricio Macri.

Por un lado, en este partido han recalado con naturalidad representantes de liberalismo antipopulista más clásico (como el del efímero funcionario Abel Posse o Federico Pinedo). Por el otro, el mismo llegó a la política mediante un uso virtuoso de tácticas claramente neopopulistas como el uso de la presidencia de Boca o su participación en programas de exitosos de televisión (el reclutamiento de Miguel de Sel para competir en la provincia de Santa Fe da cuenta también de este fenómeno). Por momentos el PRO parece oscilar en su discurso público entre una visión más jerárquica y represiva de la diferencia y una visión más capaz de acomodar las demandas populares.

Esta semana fue muy evidente esta tensión con la reacción de Macri a la noticia de la expropiación de YPF. Su cerrada y automática defensa de los intereses de Repsol está en línea, por supuesto, con una identidad política basada en una alianza estratégica con los sectores económicos más concentrados. Sin embargo, dado el abrumador apoyo popular a la medida, expresado en encuestas muy favorables, asumir una posición de vocero político de Repsol y el Gobierno español no deja de ser una posición riesgosa (como quedó claro en lo rápidamente que la UCR y el FAP aceptaron, si no la virtud, al menos la legitimidad de la medida). También los comentarios luego de los sucesos del Parque Indoamericanos llamaron la atención, cuando el PRO salió a culpar públicamente a los inmigrantes, es decir, a parte de la población que Macri había logrado interpelar exitosamente con su imagen ligada al fútbol.

El avance hacia la política nacional de Macri hace más urgente responder a esta pregunta, ya que de la respuesta a la duda entre liberal y populista dependerá la política de alianzas y de coaliciones del PRO, así como la agenda de políticas públicas de un (posible) futuro gobierno. Por ahora, pareciera que la cabeza le dicta a Macri la necesidad de popularizarse pero el corazón, en momentos de crisis, lo liga a las raíces antipopulistas de la derecha argentina.

(De la edición impresa)

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