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Museo de la política de estabilización

01-06-2013
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El "Museo de la Novela de la Eterna" parece ser hoy la inspiración de la política económica oficial

En los años '30, Macedonio Fernández concibió una novela que no se decía tal: compuesta de 56 prólogos, dos posprólogos, 19 capítulos, tres epílogos y un prólogo final que referían a la historia siempre esbozada, pero nunca del todo contada, del autor que componía la novela de la Eterna ?una amada elusiva e inefable que escapaba cada vez que el autor se acercaba a comprenderla? .

El "Museo de la Novela de la Eterna" parece ser hoy la inspiración de la política económica oficial: un programa antiinflacionario que no lleva su nombre ni acaba de atacar lo que propone, pero instala en su derrotero las reliquias de políticas de estabilización pasadas ?como si éstas alcanzaran, igual que en la obra de Macedonio, a componer el programa económico que como fragmentos eluden?. El menú de políticas económicas gubernamentales ya incluía desde hace tiempo tres piezas utilizadas en muchas experiencias estabilizadoras argentinas: las retenciones, el control de capitales y la apreciación cambiaria.

Con las retenciones se contendrían aumentos en los precios de los alimentos y de los hidrocarburos; con el control de capitales se evitaría la fuga especulativa de inversores financieros de corto plazo; con la apreciación cambiaria se abaratarían las importaciones y se presionaría así a la baja de los precios internos en mercados abiertos a la competencia.

Sin embargo, ninguna de estas herramientas estaría produciendo los efectos prometidos: las retenciones, porque el principal impulso a la inflación no parecen ser los precios de los alimentos ni de los hidrocarburos sino la combinación entre déficit fiscal, política monetaria expansiva y caída de la inversión privada; el control de capitales, porque el mix de tasas de interés reales negativas, emisión monetaria excesiva y prohibición de atesoramiento en divisas impulsa a los tenedores de activos líquidos a fugar como sea del peso a las divisas; la apreciación cambiaria, porque su ya larga duración, sumada a los desequilibrios de precios relativos y a las distorsiones introducidas en el mercado cambiario, alimentan las expectativas de devaluación e incentivan así a la indexación preventiva de los contratos.

El blanqueo de capitales recientemente lanzado incorpora nuevas piezas al museo de la política de estabilización. Por una parte, el desdoblamiento cambiario, que ahora tendría lugar a través del mercado secundario de CEDINes, los cuales, al ser intercambiables tanto por pesos como por dólares permitirían no sólo operar en el mercado inmobiliario sino también en otros mercados de bienes y servicios en los que se prefieran títulos dolarizados garantizados por las reservas del Banco Central a pesos en caída libre. Por otra parte, la redolarización de las principales transacciones, que ocurriría por la misma vía y permitiría revalorizar ya no el peso sino la nueva moneda convertible que al cabo sería el CEDIN. Con el desdoblamiento vía CEDINes, las autoridades obtendrían divisas y margen legal para maniobrar en el mercado cambiario sin incurrir en una devaluación nominal del peso; con la redolarización, podrían desalentar las expectativas de devaluación y, a través de ellas, las expectativas inflacionarias en parte impulsadas por la caída del peso.

Recorrido con la mirada fragmentada del visitante desprevenido, este museo de la política de estabilización se asemejaría a un depósito desordenado de reliquias: las retenciones de los programas de Frondizi, Krieger Vasena, Sourrouille y Remes Lenicov; el control de capitales de casi todos los gobiernos entre 1932 y 1989; la apreciación cambiaria de Frondizi, Martínez de Hoz, Menem y De la Rúa; el desdoblamiento cambiario de Justo, Perón y Alfonsín; la (re)dolarización de Martínez de Hoz y Cavallo. Sin embargo, el museo de la política de estabilización podría también recorrerse en una secuencia inversa. Por ejemplo: de funcionar la combinación de desdoblamiento y redolarización, el Gobierno podría ampliar la emisión de CEDINes contra depósitos en dólares para operaciones en nuevos mercados, hasta reducir el peso a una moneda para transacciones cotidianas y fortalecer las reservas con la captación de dólares por nuevos CEDINes. Luego podría lanzar el IPC nacional ya comprometido con el FMI, utilizarlo para negociar un acuerdo de precios y salarios con empresarios y sindicatos y un sendero de incremento de las tarifas retrasadas de los servicios públicos, y recién entonces devaluar nominalmente el peso.

Con más reservas en el BCRA para operar en el mercado cambiario, la economía reactivándose en los mercados más dinámicos, las estadísticas oficiales sinceradas y políticas de ingresos orientadas a corregir los desequilibrios de precios relativos, el gobierno podría usar eficazmente los controles cambiarios y de capitales para resistir la corrida contra el peso, y las retenciones y los acuerdos de precios, salarios y tarifas para contener el traslado de la devaluación. Las piezas del museo de la política de estabilización recobrarían así la vida pergeñada por sus autores originales y demostrarían que es posible retomar el camino del crecimiento con baja inflación que le dio al país sus años más prósperos y productivos.

Pero, tal como en arte, en política económica los visitantes no recorren los museos sólo como pretenden los curadores, ni aprecian las obras únicamente a través de los comentarios de las placas y las guías. Moldeados por experiencias previas, sesgados por sus propias ideas, apremiados o displicentes por sus propios intereses, los ciudadanos, empresarios y sindicalistas que recorren el museo de la política de estabilización montado por el oficialismo prestan atención a algunas piezas y omiten otras, valoran más éstas que aquellas, visitan un par de salas o fatigan con detalle toda la muestra, se detienen en las nuevas exhibiciones o van directo a la colección permanente ?y salen así del museo con ideas bastante diferentes acerca de lo que pueden esperar de la política económica?. Quienes operen en el mercado inmobiliario podrían ser optimistas por la reactivación de sus operaciones; quienes trabajen en los mercados financieros o cambiarios saludarían la proliferación de oportunidades para la especulación de corto plazo pero serían reacios a inversiones de mediano a largo alcance; quienes carezcan de activos o ahorros para participar de esas operaciones mantendrían su ya extendido pesimismo.

Nada de ello resulta, desde ya, novedoso ni sorprendente. La experiencia con las políticas antiinflacionarias cuyas piezas se exhiben en el museo de la política económica oficial fue, en definitiva, fallida por ineficacia o agotamiento. Presentarlas en la misma muestra evoca menos sus a veces efímeros triunfos que la volatilidad e incertidumbre que generaron al fracasar y desplazarse unas a otras. Además, para que la exhibición sea exitosa es condición necesaria ?aunque no suficiente? que los curadores del museo tengan reputación de montar buenas muestras.

Tal como en la obra de Macedonio, donde es necesario creer que el autor escribió una novela para poder leerla como tal, hoy hace falta un acto de fe para convencerse de que el Gobierno puede convertir su museo de políticas económicas en un real programa antiinflacionario.

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