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Nihil novum sub sole

Parte_posterior_del_Congreso_Nacional
22-12-2020
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Por Luis Tonelli

Hoy dice el periódico que la democracia liberal está en riesgo en todo el mundo; que por todos lados afloran grietas, polarizaciones y líderes populistas; que la nueva ideología universal es la indignación, y que consecuentemente, todos estamos indignados: los de abajo con los de arriba, los de arriba con los de abajo, y los del medio, con los de abajo, y con los de arriba también.

La prensa también nos informa (la prensa opositora, corrijo) que, por estas playas, el kirchnerismo va por todo; que están en jaque las instituciones de la democracia; y que la división de poderes se encuentra en riesgo. Incluso el diario habla de que se busca instalar un nuevo régimen político. La pregunta obligada es, entonces, ¿cuál es ese régimen que viene a reemplazar esas alicaídas instituciones de la democracia liberal para reemplazarlas por otras instituciones? ¿Cuál, al menos, es ese discurso alternativo al de las venerables instituciones que nos han regido, aun intermitentemente, aun imperfectamente?

El diario nos habla de que la disyuntiva es entre República -léase democracia liberal- y Populismo (y la otra “prensa” nos habla de una disyuntiva entre Neoliberalismo y Democracia). Sin embargo, ha sido bastante difícil definir quién es el “enemigo” de la democracia liberal que surge cuando se pensaba que ella se había quedado sin enemigos, como alertaba en su teoría de la democracia Giovanni Sartori.

Tenemos una proliferación conceptual en ese sentido desde que apareció el rótulo soft acuñado por el analista Fareed Zakaria cuando en Foreign Affairs de 1997 publicó su ensayo intitulado “Democracias Iliberales”. El amigo Steven Levitsky, quien alertó tempranamente de la variedad de “democracias con adjetivos” que aparecían en América Latina, contribuyó a ellas con el concepto de “autoritarismos competitivos”. Están los bonitos conceptos de Phillipe Schhmitter que jugando con las palabras nos habla de “dictablandas” y “democraduras” y el trabajo pionero (¿cuando no?) del siempre presente Guillermo O´Donnell sobre “democracias delegativas” y “democracias de baja intensidad”.

En el colmo de la inespecifidad conceptual (que por ser oximorónicos, no pueden ser conceptos) se encuentra la definición de “democracia hibridas”, o de regímenes semi democráticos (de Linz, Stepan, y Diamond). Para ser honestos, estos “conceptos tan poco conceptos” aparecen como fiorituras del gran clásico del gran Robert Dahl La Poliarquía en donde en su tipología en la que cruzaba liberalización con democratización electoral, reservaba para ciertos regímenes políticos el cuadrante en que se combinaba una alta participación electoral con una baja liberalización. Pero claro, en la época en que Dahl visitó a la carrera de ciencia política en la Universidad del Salvador (1971) a instancias del recordado Carlos Floria y presentó La Poliarquía, la difference estaba brutalmente delimitada por ese Muro verdadero levantado por la Guerra Fría, entre sistemas capitalistas y sistemas comunistas.

Hoy en cambio, desde la ciencia política se intenta el viejo truco de definir algo por lo que no es, generándose por cierto una frontera demarcativa para zanjear la pregunta sartoriana de “si una democracia puede ser cualquier cosa”. Sin embargo, el ardid no nos dice demasiado sobre todo lo que arrojamos del otro lado del muro que divide las democracias liberales de lo que no lo son.

La cuestión definicional se ha mostrado difícil de resolver. En primer lugar, porque los fenómenos alternativos a la democracia liberal integran una fauna variada que se resiste ser colocada en el mismo cajón. En segundo lugar, porque esos regímenes son denominados por sus mismos impulsores y defensores como “democracias verdaderas” que luchan contra conspiraciones elitistas varias. En tercer lugar, y como corolario de lo dicho antes, los practitioners que están en contra de la democracia liberal no manifiestan sus intenciones antiliberales.

Así no hay proclamas, ni documentos, ni siquiera discursos. No hay dogmas, doctrina ni ideologías formalizadas. Siquiera Veinte Verdades, o aunque sea unas cuantas o unas pocas. O sea, la ambigüedad y la hibridez es una misma táctica, en está era del fin de los grandes relatos, para el únanse todos los buenos contra los malos.

Sin relatos “legitimantes”, y solo relatos deslegitimantes, de lo que aquí hablamos es más bien de situaciones de hecho. De desvirtuaciones. De degeneraciones. Como si las nuevas identidades en la Argentina solo se pudieran a construirse a contrario: soy anti populista; soy anti neo liberal. Y lo demás, no importa nada. El populismo asi, no es más que una serie de trampas y bribonadas que los ocasionales ocupantes de la Casa Rosada tratan de hacerle a la Democracia Liberal en nombre del Pueblo. Avivadas que la oposición, sin control de ninguna cámara ni de la mayoría de los gobernadores, denuncia cayendo todo en la judicialización de la política (pronúnciese, si se es kirchnerista, lawfare, intentándose contrabandear causas penales como cuestiones políticas).

Claro que están los estudios provenientes del progresismo académico sobre el populismo, pero ellos no son relatos legitimantes. Solo dan cuenta de las características que asume supuestamente esa nueva demarcación, rescatándola en su potencialidad. Ninguno de los párrafos de la Razón Populista de Ernesto Laclau ha servido para mechar un discurso que emocione a mi Tía Nacha, a tal punto que hasta Carta Abierta se rindió ante el desafío.

A lo cual, uno se siente tentado a resucitar una antigualla en latín y afirmar “Nihil novum sub sole”. Desde la fundación misma de nuestro régimen institucional, la disputa se ha dado entre poder e instituciones, como denunció tempranamente Don Bartolome Mitre (1853) al decir del artefacto impulsado por Justo José de Urquiza que esa era “la constitución de hecho, mientras nosotros luchamos por una constitución de derecho”.

Este ha sido siempre el ordenador de la política argentina. No la izquierda y derecha. Siquiera el neoliberalismo y el populismo (que en última instancia enmascara el modo de hacerse de los dólares que siempre escasean, ya sea yendo genuflexos a Washington por un préstamo, o imponiéndoles retenciones al Campo (de allí que el Gobierno de Alberto Fernández sea una especie de chamuyo populista con ajuste neo liberal en el Excel).

País real, de las efectividades conducentes, (de los gobernadores e intendentes) y país ideal (el que creemos merecernos, el que creemos que podemos llegar a ser). El intento alberdiano de combinarlos para que esa distinción desapareciera fracasó rotundamente (la primer parte de la Constitución -la de los derechos y garantías- fue dedicada a los porteños, ese enrichissez-vous de Guizot), mientras la segunda parte, la del formato de Gobierno, con Gobernadores dominando Colegio Electoral y Congreso gracias a senadores pero también a diputados propios fue dedicada al Interior -ahora elección directa, pero con protagonismo conurbano, o sea, de un bastión peronista a otro-.

Y aquí vamos a lo concreto y obvio. Un país no puede existir sin el otro, y sin embargo seguir “funcionando” de la misma manera solo nos condena a seguir en este tren de decadencia, acelerado por la pandemia, la crisis mundial, el enfrentamiento de EE.UU. y China y la mar en coche. Repensar la Argentina nos demanda superar la grieta simplificadora y estéril, y en ese debate no solo tienen que participar la política sino que también la “dirigencia social y económica” hoy escondida, o ilusionándose con la fuga -y ni que hablar la Universidad.

Como pequeña demostración de que nada ha cambiado mucho para que todo siga peor, les dejo un párrafo, que pese a su actualidad, fue acuñado por el defensor más acérrimo del federalismo liberal “hace unos años”.

“Que sucede aquí por esa maldita tendencia centralizadora que vengo combatiendo? Que algunas provincias, viviendo de la indolencia, viviendo de prestado, perjudican a su autonomía; y puesto que todo lo piden y lo esperan del Poder Central, que tiende naturalmente a ensanchar sus atribuciones y facultades, llevando su acción y su intervención siempre que puede (?) hace sentir su influencia aún en aquellos negocios de carácter eminentemente local”.

Este fragmento esta extraído del libro del querido historiador Ezequiel Gallo, dedicado a la biografía de quien precisamente se manifestaba así en los sangrientos días de la federalización de Buenos Aires a principios de la década del '80 del siglo XIX, nada más ni nada menos que Leandro N. Alem, el fundador de la UCR.

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