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Opositores, es la gobernabilidad

gob
13-10-2015
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(Columna de Néstor Leone)

Las dificultades de las fuerzas rivales al FpV para ofrecer una alternativa sustentable políticamente marcan el techo de su crecimiento.

No fue un buen arranque para Daniel Scioli la inmediata posprimaria. El candidato del Frente para la Victoria tuvo que sobrellevar el mal trago que le depararon las inundaciones en la provincia que gobierna, con denuncias sobre ausencia de obras suficientes; las erráticas excusas por su viaje a Europa, en ese contexto, que se daban de bruces con su conocido sentido de la oportunidad, y los coletazos de la elección en Tucumán, donde quedó atrapado tangencialmente en el lodazal de impugnaciones, irregularidades y cuestionamientos cruzados en que devino el camino al recuento final. La iniciativa de campaña parecía ajena y la posibilidad de imponer su timing, por cierto, atravesaba demasiados contratiempos.

A tres semanas de las elecciones generales el que parece atrapado en esa encrucijada de iniciativa ajena y tiempos impuestos por lógicas extrañas es el universo opositor. Sobre todo Cambiemos, el espacio que más posibilidades parecía tener de acotar distancias y canalizar el voto reacio al oficialismo. Las dificultades para polarizar las preferencias en favor de Mauricio Macri, su candidato a presidentey la persistencia de Sergio Massa, su rival del Frente Renovador,para evitar un “voto útil” en su contra, hasta aquí, dominan la escena. Sin que puedan avizorarse grandes golpes de timón, atrapado el PRO todavía en las implicancias del affaire Niembro, y demasiado a la defensiva, y menos acechado Scioli, en procura de evitar un riesgoso balotaje.

En cuanto a las explicaciones posibles, los consultores de opinión han esbozado varias, por estos días, al actualizar sus guarismos de intención de votos, bastante estables, por cierto, y no muy diferentes a los resultados de las primarias. Explicaciones válidas en muchos sentidos y diferentes según los casos. Y relacionadas, por supuesto, con atributos y defectos de los distintos candidatos, aprobaciones y rechazos en grado diverso respecto de la política del Gobierno y preferencias variadas respecto de cuánto de continuidades y cuánto de rupturas tendría que contener una propuesta que pudiera construir la mayoría en cuestión.

Pero quizá, como razón complementaria, haya que detenerse más en cierta incapacidad demostrada hasta aquí por la oposición en su intento por ofrecer los rudimentos básicos de una gobernabilidad concreta y posible.

CUESTIONES

La sociedad vota distinto según el tipo de elecciones. Resulta una ley de hierro de nuestra democracia. Además de una verdad de Perogrullo. En las legislativas (las de mitad de mandato, preferentemente) se permite márgenes mayores de audacia. No demasiados, pero los suficientes como para favorecer cierta heterodoxia, cierta representación más ampliada. Busca generar contrapesos. Se presume más protagonista al establecer algunos límites al poder político instituido. Y penaliza con mayor celo desprolijidades y desaciertos de los distintos ejecutivos. A los oficialismos, por cierto, les cuesta más convencer sobre los beneficios de respaldos contundentes en estas circunstancias. Mientras que a las segundas y terceras fuerzas les permite pensarse con posibilidades mayores en un esquema más fragmentado.

En las elecciones ejecutivas, provinciales y nacionales, en cambio, el voto suele ser más conservador. Se vota poder, más que cualquier otra cosa. A menos que medie alguna circunstancia extraordinaria. El raid de comicios de este año vuelve a demostrarlo. Es cierto, en cada provincia se elige con lógica distinta a la nacional. Pero también es cierto que la suma de esas experiencias parciales hace al conjunto. El escueto mapa de triunfos que la oposición tiene para mostrar hasta aquí (ciudad de Buenos Aires, Mendoza, Córdoba y no mucho más), muy inferior a la performance que cualquiera de sus referentes hubiese vaticinado a principios de año, no permite sumar buenos augurios. Y los percances que tuvo el PRO para extender su presencia a nivel nacional le resta sustento territorial. Sobre todo, el no triunfo de Miguel del Sel en Santa Fe, donde un batacazo posible se convirtió en un punto de inflexión en término de expectativas. Bastante más que la ajustada forma como retuvo el Gobierno de la ciudad.

La difundida foto de Macri con Hugo Moyano, en ese sentido, aparece más como un indicador de esa debilidad que como una muestra de fortaleza. Por más que el jefe de Gobierno porteño obtenga su rédito. El escaso anclaje de su figura entre las distintas vertientes del fragmentado sindicalismo y la módica ascendencia de sus aliados entre los movimientos obreros y/o sociales se suma a aquella vulnerabilidad territorial. Mientras que la presencia en desventaja que tendría la coalición de Gobierno en el Congreso Nacional, dado que esos escaños se disputan en el turno general, donde en el mejor de los casos Cambiemos sería segunda minoría, y no en el eventual turno de balotaje triunfante, complica las cosas, aun si los contornos de la entente se mantuvieran consolidados y sin nubarrones internos amenazantes.

Es cierto que la marcha de buena parte de las variables económicas no llega en su mejor forma a final de mandato. Y que la relación tirante del kirchnerismo con el núcleo empresario más concentrado, en su búsqueda de mayor autonomía relativa, sigue en pie. Deliberadamente, de ambos partes. Pero tampoco ahí Cambiemos ha podido hacer pie, como podía esperarse. Las reuniones de equipos de trabajo en áreas económicas entrelos distintos aliados han intentado mostrar esa unidad de comando diferenciada, pero no un programa convincente. Y elsentido de pertenencia, por cierto, que liga al “círculo rojo” con Macri parece no bastar para apoyos consustanciados. Y aquí, la perspectiva de gobernabilidad posible(o su dificultad para generarla) quizá también aporte alguna cuota parte de explicación posible. En este caso, la sospecha resulta parecida: la insuficiencia delcapital político acumulado en lo que va del año y la dificultad para que ello pueda construirse fácilmente en el ejercicio del poder acotado que tienen los gobiernos. Los fantasmas del final de la Alianza, aunque no sean explicitados, para conjurarlos, operan subrepticiamente. Y la eventualidad de un peronismo derrotado, en búsqueda de saldar cuentas a su interior y no tan dispuesto a contribuir a ese esquema de gobernabilidad necesario, siempre juegan como contraparte.

Por otro lado, Scioli no resulta un anatema para estos sectores. Y hasta puede pensarse en la inclinación de algunos segmentos de este círculo por el gobernador bonaerense, prefiriéndolo como mal menor, como promesa de gobernabilidad más sustentable. Sobre todo, si el que resulta electo es un Scioli necesitado de apoyos más amplios, que trasciendan al kirchnerismo más duro. Como producto de un triunfo acotado y una legitimidad de origen, si no cuestionada en sus aspectos formales, por lo menos más baja de lo habitual. O como producto de un contexto más adverso.

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