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PRO: pasado, presente y futuro

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18-11-2015
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(Columna de Iván Petrella)

El desafío profundo del PRO es seguir haciendo hacia adentro lo que hace hacia afuera: escuchar, dialogar, y que el pluralismo y la diversidad siga siendo una práctica y una manera de entender la política

A final del 2001 no se vivió sólo una crisis económica sino también un enorme cataclismo político. Uno de los dos grandes partidos de nuestra democracia, la UCR, salió del Gobierno más golpeado que en ningún otro momento de su historia. El primer gran emergente de ese escenario fue la reconfiguración del tradicional Partido Justicialista como FpV, que sin contrapesos hegemonizó la política nacional hasta hace poco tiempo. Pero con un crecimiento más lento y centrado en la ciudad de Buenos Aires empezó a aparecer un segundo emergente de la crisis: PRO, el partido que hoy, como parte fundamental de Cambiemos, está cerca de alcanzar el Gobierno.

La historia es conocida: el PRO surgió en el 2005 como una alianza electoral entre los partidos Compromiso para el Cambio, presidido por Mauricio Macri; Recrear para el Crecimiento, liderado por Ricardo López Murphy y el Partido Federal. Tras la derrota en el balotaje de la CABA en 2003, en 2005 Macri ganó las elecciones legislativas y se convirtió en diputado nacional, pero el primer gran hito del nuevo partido fue la victoria en el balotaje para jefe de Gobierno del 2007. La experiencia en la administración de la ciudad de Buenos Aires se convertiría en su sello político distintivo.

En este 2015, el PRO enfrentó pruebas de fuego. En primer lugar, las elecciones de la ciudad planteaban la pregunta fundamental de si el partido era más amplio que Mauricio Macri o si terminaba con él. En segundo lugar, las elecciones en diversas provincias y la elección presidencial aparecían como una oportunidad para probar si el partido podía traspasar las fronteras de la ciudad de Buenos Aires, territorio supuestamente muy distinto al resto del país. En los dos casos los resultados fueron positivos: hoy la ciudad de Buenos Aires tiene un jefe de Gobierno electo que pertenece al partido y que no es Mauricio Macri y el frente Cambiemos ganó con María Eugenia Vidal la que parecía la provincia más difícil de todas, Buenos Aires, además de lograr gran cantidad de intendencias y crecer en muchas provincias.

En la ciudad, el éxito, consolidación y crecimiento electoral se debe, en mi opinión, a tres factores fundamentales. En primer lugar, Macri logró recuperar la capacidad transformadora del Estado y volcar esa capacidad hacia el fortalecimiento de lo público: educación, transporte, seguridad, salud y obras hidráulicsa. En segundo lugar, encabezó gobiernos que se caracterizaron por poner los hechos antes que los discursos, algo que en un distrito que sufría falta de planificación, inundaciones y emergencia edilicia educativa fue muy valorado. En tercer lugar, fue fundamental la capacidad que el jefe de Gobierno tuvo para administrar lo público con el Gobierno Nacional declaradamente en contra y sin mayorías legislativas propias.

La expansión más allá de la CABA y la proyección nacional, sin embargo, se apoyó en algo más que una buena gestión y la demostración de poder mantener la gobernabilidad. Macri encarna un liderazgo distinto al que estamos acostumbrados, un liderazgo más moderno que supo transmitir a su partido. Se trata de un liderazgo menos paternalista y mucho más horizontal, en el que el diálogo está antes que la confrontación. La construcción de representatividad política no se hace sobre grandes discursos o atriles sino desde la escucha al ciudadano, algo que se ve hasta en el modo de hacer campaña. Mientras gran parte de la política argentina tradicional se sigue definiendo a partir de la idea de un enemigo, o al menos de un otro, el PRO patea el tablero intentando ver interlocutores válidos en todos lados. Probablemente haya sido esto lo que permitió que en la figura de Macri convergieran los esfuerzos electorales de Ernesto Sanz con la UCR y “Lilita” Carrió con la Coalición Cívica y que se lograra construir el primer frente electoral que tiene serias posibilidades de ganarle al oficialismo.

Muchos analistas políticos y formadores de opinión denunciaban la supuesta debilidad ideológica de PRO: que carece de un relato y de un texto sagrado al que ajustar las acciones. Por el contrario, desde el partido vemos eso como una fortaleza. A veces decimos que PRO es más una metodología que un contenido: es escuchar, poner por delante lo que el otro tiene para decir y que permite recuperar lo mejor de todos, incluso de los adversarios políticos. Por eso resulta delirante la acusación de que se va a destruir lo que el actual Gobierno hizo bien. Plantear ese miedo es no entender qué significa el PRO en la política argentina y por qué tiene éxito electoral.

En el escenario político actual, por momentos parece que el kirchnerismo habla con un país y con una ciudadanía que existe sólo en el pasado. Que no entendió que el cambio ya se dio en la sociedad y que la política simplemente lo está acompañando y representando. Es completamente razonable querer estar mejor y muy poco atractiva la propuesta de simplemente mantener lo que se tiene. Y es en ese panorama en el que el PRO, como parte de Cambiemos, se mueve con naturalidad y convicción.

El futuro del PRO está lleno de desafíos. Los más obvios son los inmediatos: ganar las elecciones presidenciales con Cambiemos y hacer un buen gobierno en la Ciudad, la provincia de Buenos Aires y en el país. Pero este año también vimos en las PASO porteñas otras consecuencias del crecimiento político: un partido que crece es un partido en el que aparecen posturas diversas, discusiones internas y candidatos diferentes para ocupar el mismo cargo. Una gran lección que nos dejan estos meses es que suprimir esas disputas con autoritarismo y verticalismo termina siendo nocivo, como demuestra el caso del FpV. En sentido contrario, el desafío profundo del PRO es seguir haciendo hacia adentro lo que hace hacia afuera: escuchar, dialogar, y que el pluralismo y la diversidad siga siendo una práctica y una manera de entender la política.

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