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Quiero que me uses suavemente

24-10-2014
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Primero fue Morales con Massa, después vino Canoy más seguirán. Con las fotos cruzadas pierde el que queda afuera.

Mientras en Unen arreciaba la discusión sobre Mauricio Macri, hordas de gobernadores radicales empezaron a fotografiarse con Sergio Massa. En honor a la realidad, los radicales todavía no son gobernadores. Y hay quien diga que Massa se fotografía con ellos, y no al revés. La verdad depende de la perspectiva, que es distinta a la ofrecida por los medios porteños.

La visión Obelisco-lanatiana asimila kirchnerismo a chavismo y se crispa ante la venezuelanización nacional. Tiene argumentos. La inflación es el primero y es bueno. En el podio de la incompetencia económica, Argentina y Venezuela dejaron atrás incluso a Brasil. Pero en Venezuela los diarios y los baños no tienen papel, los opositores están presos y la tasa de homicidios es la segunda del mundo. En comparación, las penurias argentinas son fiestas. Y las diferencias políticas resultan aún mayores: mientras Maduro no tiene fecha de vencimiento, el kirchnerismo dejará el poder el 10 de diciembre de 2015, nunca después. Comenzará entonces un proceso de desinfección, que en el peronismo no se manifiesta con purgas sino con cambios de camiseta.

Massa, peronista él, entiende la lógica de su partido. Harto de esperar que los caciques provinciales den el salto, decidió avanzar sin ellos. No los necesita para ganar, evalúa. Igual queMacri, piensa que las elecciones se disputan entre líderes de opinión, no entre aparatos. Pero a diferencia de Macri, sabe que Argentina no se gobierna con la opinión. Para ganar alcanza un muchacho atractivo que prometa novedad y un gurú mediático que le diseñe la campaña; para mandar hace falta más. Un presidente sin helicóptero necesita mayoría en el Congreso, gobernadores leales e intendentes conurbanos. Estos bienes tienen oferta semimonopólica: los provee mayoritariamente el peronismo. Hete aquí la perspicacia de la jugada: ganar con el radicalismo y gobernar con el peronismo. Mientras el macrismo reclutaba ex futbolistas para construir una tercera vía, alguien le sopló al tigrense que en Argentina hay sólo dos partidos que conducen a la presidencia, y uno de ellos estaba irritado con las alquimias futboleras. Lo que vino después fue casi natural.

En la vereda radical cambia el objetivo pero prevalece la misma racionalidad. Las fotos no son producto de la traición sino de la ambición. Aunque la alianza Unen bonaerense resolvió ser 100% de centroizquierda y 10% del electorado, en las demás provincias los radicales tienen hambre. Y cerebro. Están cansados de perder contra gobernadores peronistas mediocres o peores. Varios ganaron las elecciones legislativas de 2013 y no están dispuestos a perder las que importan. Y encontraron en el Comité Nacional apoyo para este combate.

El principal activo del radicalismo no reside en sus valores o sus programas sino en su capacidad para equilibrar el sistema político venciendo de vez en cuando al peronismo. Esa capacidad descansa sobre su difusión territorial. Un botón de muestra: cuando dirigentes como Jorge Capitanich o Miguel Angel Pichetto hablan de sus aspiraciones, identifican al radicalismo como el adversario. En otras provincias pasa lo mismo. Esta dinámica pasa inadvertida para el análisis dominguero porque el peronismo es irrelevante en Capital y el radicalismo lo es en provincia, pero el Congreso se llena desde las provincias y el Senado se maneja con los gobernadores.

El próximo presidente enfrentará un Congreso con mayoría peronista. Daniel Scioli y Massa se sienten del palo y confían en controlarlo. Ernesto Sanz, Julio Cobos o Hermes Binner estarán en minoría, lo que sólo compensarán con gobernadores propios. Macri, líder de bloques menguados, estará condenado a acordar con unos o con otros. En la política multinivel que retrata Facundo Cruz, la única forma de sobreponerse al peronismo parlamentario es con caja y territorio. Pero sumar provincias también es crucial para el largo plazo. Los aspirantes radicales al 2019 se proyectan desde las gobernaciones 2015. El dilema descripto por Lara Goyburu y Juan Negri muestra ahí una punta de solución: razonando hacia atrás, una victoria esperada dentro de cuatro años facilita los acuerdos actuales porque permite prometer premios para después.

Las fotos cruzadas muestran que la política no se acaba en Buenos Aires ni en la próxima elección. Usémonos mutuamente, usémonos con cariño, es su lema. El tiempo de los que quieren retratarse solos, sean gobierno u oposición, se está acabando.