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Restricción externa e independencia financiera

07-09-2012
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La escasez de divisas, un escollo estructural, ha vuelto a escena. Cuáles han sido los motivos y las respuestas políticas ante este escenario. ¿Cómo afectará el crecimiento?

"Qué bárbaro sería que uno pudiera emitir dólares”, dijo la presidenta Cristina Kirchner, flanqueada por el Nobel Joseph Stiglitz, recientemente. Las ventajas de emitir la principal reserva de valor del mundo son obvias y muchas. Salvo EE.UU., nadie las tiene. El resto de los mortales, entre los que se encuentra la Argentina, necesita dólares (o divisas) para pagar sus importaciones y su deuda y, desgraciadamente, no los emite. Cuando éstos escasean, aparece lo que los economistas llaman la restricción externa: el escenario en el cual el país se queda sin dólares (o divisas) para financiar su crecimiento o sus compromisos.

Luego de años de ausencia, esa situación retornó en 2011: la cuenta corriente volvió al equilibrio. “La restricción volvió a hacerse operativa”, dice un economista que pasó por el Gobierno. Esto explica el celo y las diversas medidas que el Gobierno ha puesto en marcha desde entonces para cuidar los dólares. El control a las importaciones y el cepo cambiario han sido los puntales de esta estrategia. El primero apuntó a preservar un superávit comercial elevado y, el segundo, a restringir la fuga de capitales. Bajo esos parámetros, ambos han tenido éxito, aunque también daños colaterales no menores. Por ejemplo, la economía pasó de crecer a tasas chinas a tasas japonesas. Empero, los últimos datos muestran que lo peor, en este tema, habría pasado y que la economía comienza, levemente, a ganar velocidad. También se han tomado medidas para que algunos sectores, hasta entonces exentos de liquidar la totalidad de las divisas en el país, lo hagan (como el minero y el petrolero), se acortaron los plazos para que los exportadores liquiden más rápidamente sus divisas (aunque luego se relajaron los tiempos) y se limitó la remisión de utilidades y dividendos al exterior. “El Gobierno se sentó sobre la cajá en dólares”, explica un consultor económico.

En el mismo año en el que la Argentina celebra su independencia financiera aparece en escena, nuevamente, la restricción externa. ¿Paradoja? Lo sería si ambas premisas fueran ciertas. Pero una de ellas no lo es. El país, es cierto, necesita menos dólares para pagar deuda y, desde ya, eso es positivo. Haberse desendeudado le ha quitado al país un obstáculo histórico, pero no todos.

VOLVIO, ¿O NUNCA SE FUE?

¿Por qué el país gambeteó, durante la primera década de la posconvertibilidad, la infame restricción y, encima, tuvo changüí para acumular reservas internacionales como nunca antes? El tipo de cambio alto y le reversión de los términos de intercambio (precios altos de los productos que más exportamos), por un lado y el menor pago de intereses y servicios de la deuda, por el otro. Sin embargo, en los últimos años ese colchón externo se fue disipando llegando al equilibrio en 2011.

Uno de los motivos fue el resurgimiento de una de las pasiones argentinas, la demanda de activos externos. La fuga de capitales en 2008 superó los US$ 23.000 millones, se moderó en 2009 y 2010 y volvió a acelerarse en 2011, cuando se fugaron poco más de US$ 21.000 millones. Según José María Fanelli, economista y miembro de la Academia de Ciencias Económicas, “haber mantenido tasas de interés negativas durante un largo tiempo fomentó la salida de capitales. Sin un depósito de valor seguro para los ahorros, éstos se dolarizaron”. Previo a las elecciones ese ritmo se intensificó y muchos consideraban que se avecinaba una devaluación, lo que aumentó aún más el apetito dolarizador. Finalmente, la gran devaluación nunca llegó (aunque el ritmo de depreciación sí aumentó). En cambio, llegó el cepo.

Otro factor es que la Argentina, cuando crece, demanda muchas importaciones. Un trabajo reciente de Paula Belloni y Andrés Wainer (“La cuenta corriente argentina 2002-2011: ¿el fin de la restricción externa?”) dice que, mientras que entre 1993 y 2001, las importaciones crecían 5% anual en promedio (sin incluir la crisis de 1999-2001, el promedio hubiera sido más alto), entre 2002 y 2011 lo hicieron al 21%. Desde la salida de la crisis, la tasa de expansión de las importaciones superó al de las exportaciones.

“Somos un país semiindustriualizado con un perfil de consumo del primer mundo. Por ello, cuando aumenta el consumo, la inversión y se expande la actividad económica se compran en el exterior una gran variedad de bienes y partes de bienes que no se producen localmente”, explica Andrés Asiain, economista de la UBA. Es por este motivo que muchos de los procesos de alto crecimiento del pasado chocaron con la restricción externa luego de un tiempo.

El superávit comercial tocó un pico y comenzó a reducirse (aunque, vale decir, sigue alto en términos históricos). Luego de los US$ 16.000 millones en 2009, bajó a un promedio de US$ 10.000-11.000 millones en 2010-2011. Este año, sin controles, habría bajado algunos miles de millones más. Pero se controlaron las importaciones, y el excedente superará los US$ 11.000 millones y las primeras proyecciones de 2013 pronostican que seguirá en esos umbrales. Según Asiain, hay tres maneras de conseguir divisas en el corto plazo: endeudarse; hacer un ajuste fiscal/monetario o cambiario (devaluación) que reduzca el consumo y frene la economía o “una política de administración del comercio exterior, evitando transferir rentas a los exportadores de elevada competitividad y racionando las importaciones para generar el menor impacto en términos de producción y empleo, que es lo que está intentando el Gobierno Nacional”. Este año, el ahorro superará, por undécimo año consecutivo, los US$ 10.000 millones.

Según Fanelli, no hay nada de original en la respuesta K a la restricción: “Ante la caída de la oferta de divisas, se optó por reprimir las importaciones, deprimir la inversión y reducir la tasa de crecimiento. Es la característica típica de cualquier ajuste macroeconómico”. Lo único novedoso, dice, es que se evitó una depreciación. Un factor insoslayable (y que el propio Gobierno reconoció) es el cambio de signo de la balanza energética. “Hemos perdido el superávit que teníamos en el sector energético. Al pasar de un superávit de alrededor de US$ 5.000 millones a un déficit superior a esa cifra en 2011, han 'desaparecido' más de US$ 10.000 millones. Hemos terminado cambiando un recurso natural por otro: soja por energía. No parece un buen negocio para industrializar a la Argentina”, interpreta Fanelli.

La “nueva” YPF tiene como objetivo central revertir el declive de la producción local y, así, evitar que se profundice el déficit energético. “Sin deuda, somos más libres”, dice el portal del Ministerio de Economía. Sin soberanía energética, el país es más dependiente: debe importar un recurso esencial para su funcionamiento y que tiene grandes fluctuaciones en su precio. ¿Qué pasaría si los precios de la energía, como en 2008, se dispararan? Pocos años atrás, una gran parte del ahorro comercial era explicado por el balance energético, entonces positivo.

Otro factor a tener en cuenta es lo que ocurre con otras categorías de la cuenta corriente, vinculadas con las empresas extranjeras (que son muchas, y muy grandes) que operan en la Argentina. “Por otro lado, ligado fundamentalmente al comportamiento del capital extranjero, las rentas de inversión se han incrementado considerablemente en los últimos años, producto principalmente de las remesas de utilidades por parte de las empresas trasnacionales que operan en el país. Según datos del Indec, las rentas de inversión han pasado de un valor promedio negativo de US$ 5.538 millones a uno de US$ 8.098 millones entre 1992-2001 y 2002-2011 mientras que la remisión de utilidades y dividendos por parte de las filiales de empresas foráneas ha pasado de US$ 1.609 millones a U$S 4.398 millones, respectivamente. En este aspecto, el déficit generado por la remisión de utilidades pasó de representar el 32% del superávit comercial en 2005 al 65% en 2011 (proporción que se incrementa al considerar la fuga realizada por dichas empresas, en especial aquella derivada de la subfacturación de exportaciones o sobrefacturación de importaciones)”, advierten Belloni y Wainer. Sólo en 2011, dicen, se remesaron US$ 7.330 millones en este concepto.

“A esta creciente salida de dólares se suma, a partir de 2007, el gran incremento de pago de intereses. Si bien estos perdieron gravitación luego del default y la renegociación de la deuda, su peso ha vuelto a incrementase considerablemente en los últimos años, agregando de este modo un elemento más de tensión en la cuenta corriente”, añaden los autores. 2013

Y MAS ALLA

¿Qué implica para la economía que ya no sobre dólares? Que se acabó el crecimiento “fácil”. “Cuando a la Argentina le sobran dólares, puede ir por encima de la tendencia”, es decir, crecer por encima de la tendencia de largo plazo, dice el último informe del Estudio Bein. En 2013 se espera un “veranito” ya que, lluvias y buenos precios mediantes, el agro (el sector de la economía que “financia”, en gran medida, al resto) aportará US$ 8.000 millones extra, o más, y el PIB podría crecer 5%. “Pero a partir de 2014 el crecimiento estará supeditado directamente a la capacidad de la economía para conseguir los dólares para financiar el crecimiento de la industria, además del pago de la deuda. Algo que sin crédito externo estará supeditado en gran medida al clima y su impacto sobre las cantidades y los precios agrícolas”, añade el informe.

CONDENADOS?¿AL EXITO?

“No tengo dudas de que si se contara con un depósito de valor para el ahorro que promueva el desarrollo de los mercados de capital y se mejorara el clima de inversión se podrían internalizar progresivamente los ahorros que están dolarizados y se los podría utilizar para construir la infraestructura que falta y explotar nuestros recursos energéticos. Con buenas reglas de juego, 'estamos condenados al éxito'. Pero nuestra historia nos dice que hay que ocuparse, y mucho, para que eso ocurra”, dice Fanelli.

“La Argentina sigue gozando de una bonanza inédita de términos del intercambio, es un país acreedor del resto del mundo y tiene suficientes reservas en el Banco Central. Con estos fundamentos no debería ser difícil lograr el equilibrio macroeconómico sin ajustar el nivel de actividad”, explica.

Según Asiain, la estrategia para alejar la restricción externa debe tener tres patas: “Sumado a la política de desendeudamiento y restricción a la fuga de capitales que implementó el Gobierno, hay que avanzar en la sustitución de importaciones y el desarrollo de exportaciones no tradicionales, apuntando al mercado regional”.

En la economía argentina ya no sobran dólares y no hay tasas chinas. La restricción externa ha vuelto a ser operativa y son módicos, cuanto menos, los cambios estructurales que se han emprendido para alejar ese fantasma. Los motivos de su reaparición y, por ende, las soluciones posibles, son varias. En adelante, la capacidad de la economía para crecer estará atada a su capacidad de generar y retener los dólares que necesita para financiarse. El crecimiento “fácil” de los primeros años de la posconvertibilidad debería dar lugar a una nueva agenda que privilegie las reformas estructurales que la Argentina necesita para conquistar la aún esquiva independencia financiera.

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