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Rupturas y continuidades

31-05-2013
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(Columna de María Victorial Murillo)

La expansión de derechos marcó una ruptura positiva. El cambio en las reglas y la concentración de poder, una continuidad negativa

Una década de kirchnerismo ha producido transformaciones que profundizaron el camino iniciado hace treinta años con la llegada de la democracia y, al mismo tiempo, ha sostenido continuidades históricas que el proceso de democratización no pudo interrumpir. La muerte del dictador Jorge Rafael Videla cumpliendo su condena en la cárcel marca un hito y termina un proceso que comenzó en 1985 cuando éste debió sentarse por primera vez en el banquillo de los acusados. Los militares han salido definitivamente de la escena política interrumpiendo lo que parecía una constante de la Historia Argentina.

Durante esta década hemos sido testigos de una significativa expansión de derechos que incluyó la universalización de las jubilaciones y las asignaciones familiares así como el matrimonio igualitario y la ley de identidad sexual. La expansión de estos derechos ha abierto un camino que no se puede desandar. Tal como lo vemos en las movilizaciones de indígenas y ambientalistas, si el gobierno de turno no garantiza los derechos, los actores involucrados tienen fuertes incentivos para defenderlos.

En otros aspectos se percibe una continuidad histórica, donde la oportunidad de un cambio no llegó a concretarse o se agudizaron patologías tradicionales de la Argentina. Entre las continuidades, se distingue la costumbre de cambiar las reglas del juego con inusitada frecuencia, y la de aplicar las normas legales selectivamente. Como las políticas adoptadas en un período no necesariamente son mantenidos en el período siguiente, los ciudadanos anticipan cambios permanentes y actúan en consecuencia, ignorando las reglas en espera de la próxima ronda de cambios.

Como el Ejecutivo discrimina cuales reglas seguir y a quién se le aplican las leyes, los ciudadanos internalizan esas expectativas en su consideración del funcionamiento del sistema democrático, acentuando, en muchos casos, su cinismo respecto a la política. En este contexto, es de esperar que los cambios de humor de los votantes (generalmente más relacionados con la evolución de la economía que afecta su bolsillo que con la calidad de las instituciones) sean igualmente drásticos y acentúen los incentivos de los políticos para definir estrategias cuyo máximo horizonte es la próxima elección.

El Gobierno y la oposición comparten estos incentivos como lo muestran los problemas compartidos para construir organizaciones (con potencial duradero e identidades claras) que puedan salir de la dependencia en personalidades. El cortoplacismo electoral conspira en contra de la atención a problemas que requieren políticas públicas de largo plazo, como la caída de la movilidad social y la creciente segmentación social, las consecuencias de políticas actuales para las generaciones venideras o el futuro del sistema jubilatorio dado el cambio demográfico y las prácticas actuales en la administración del mismo.

Entre las continuidades que se agudizaron, tal vez por la influencia de los recursos generados por la soja, me parece importante señalar la concentración de poder en el Ejecutivo y la polarización de la cultura política. En esta década se agudizaron las características institucionales en lo que Guillermo O'Donnell calificó como “democracia delegativa” en la Argentina. El voto popular es el último árbitro de la contienda y el Ejecutivo se somete a esa voluntad, pero los otros poderes han sido debilitados o ignorados.

El Congreso sigue sin ser el centro de debate sobre la política pública, erosionando la calidad de la discusión deliberativa en el lugar donde más pluralidad de voces se debería escuchar. Pese a que una reforma inicial de los procedimientos para elegir jueces de la Corte Suprema produjo un tribunal independiente, el Ejecutivo ha sabido ignorar los fallos que le incomodaban mientras que la reciente reforma al Poder Judicial demuestra una vocación por imponer una voluntad mayoritaria, que en este momento le favorece, sobre las minorías. Y esta concentración de poder acentúa una polarización de la cultura política que permanentemente plebiscita la figura presidencial y genera una cacofonía de voces que no se comunican entre sí.

Peor aún, esta polarización ha desbordado de la esfera política ?donde erosiona la discusión técnica de las políticas públicas y la formación de consensos? a la cotidianeidad de la ciudadanía, recordando dicotomías culturales de etapas previas de nuestra historia. En los dos años que restan del período presidencial se vislumbra entonces un futuro frágil, dependiente del humor de la opinión pública. Las estrategias políticas de concentración de poder requieren más que nunca mantener el apoyo de un electorado cuya volatilidad es imprevisible. Atraer su atención se ha vuelto crucial.

Debemos esperar entonces que lo que resta de esta representación sea una escena de permanente movimiento que no nos dé la oportunidad de reflexionar hasta que se termine la obra.

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